sábado, 14 de julio de 2018

Evangelio del Domingo 15 de Julio del 2018 (XV Domingo de Tiempo Ordinario)

DOMINGO XV CICLO B 15 de Julio de 2018
Evangelio Segun San Mc 6,7-13
"Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les encargó que no llevaran más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que fueran calzados con sandalias pero que no llevaran para el camino dos túnicas. Les decía Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen. Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos. Se fueron y predicaban que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite muchos enfermos y los sanaban"


1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos en este evangelio
 
Inmediatamente después de ser rechazado por sus paisanos de Nazareth, Jesús retoma su actividad misionera recorriendo las poblaciones de los alrededores y enseñando. Y además de esto, también llama y envía a predicar a los doce apóstoles. 


El texto comienza diciendo que Jesús "llamó a sí" (proskaleitai) a los doce, número que simboliza a las doce tribus de Israel presentes en el Sinaí para la alianza con Dios (cf. Ex 24,4) y, con ello, se indica que Jesús está formando el nuevo pueblo de Dios en la nueva alianza. Son los mismos doce que había llamado “para que estén con Él y para enviarlos a predicar (cf. Mc 3,13). Lo nuevo está aquí en lo que sigue: "y comenzó a enviarlos de dos en dos". El verbo “comenzar” seguido de infinitivo (a enviar) tiene aquí un sentido durativo. Se trata de constituirlos en misioneros de una manera permanente, de modo que su misión no se agota en este envío concreto. El detalle de que fueron enviados de "dos en dos" tendría un doble significado. En primer lugar responde a la exigencia de que haya dos testigos concordes para que sea atendible el testimonio (cf. Dt 19,15, 17,6). En segundo lugar, y recordando que la llamada también la ha hecho Jesús a parejas de hermanos (cf. 1,16-20), se insinúa el tema de la fraternidad. Por tanto van de "dos en dos" para ayudarse mutuamente y para vivir entre ellos la realidad del amor fraterno que han de testimoniar en su predicación.
"Y les daba poder sobre los espíritus impuros". Jesús les confiere un poder real, una autoridad dependiente de él mismo. Sólo puede dar autoridad el que la tiene; y Jesús tiene esa autoridad como propia; y está además capacitado para transmitirla a sus discípulos.

Les comparte su propio poder y autoridad sobre los espíritus impuros, que implica todo lo que hace daño al hombre (física, psíquica y espiritualmente) y que tiene su raíz en una fuerza maligna presente y actuante en el mundo impidiéndole vivir en comunión con Dios, consigo mismo y con los demás. En síntesis, la misión confiada por Jesús a los apóstoles es “derrotar el reino del mal, para establecer el reino de Dios”

Una vez que los doce han cumplido el primer objetivo de la elección (estar con Él; 3,14a), les llega entonces el momento del envío por parte de Jesús. Nos encontramos en un momento especial para los doce apóstoles por cuanto es la primera vez que Jesús hace partícipes a los hombres de su misión, de modo que pasan a ser los colaboradores asociados a su obra. Es de resaltar aquí la continuidad entre la actividad de Jesús y la de los Apóstoles que se expresa mediante el uso del mismo vocabulario: anunciar; expulsar demonios; enseñar y curar enfermos.

Junto a estas semejanzas es necesario notar que sólo Jesús enseña con autoridad (1,22) y es comparado al hombre fuerte capaz de vencer a Satanás y su reino (1,12-13; 3,23-27). Y esto porque los doce participan de la misión de Jesús a título de enviados o de “apóstoles”, pues así se los llama por primera vez cuando vuelven a Jesús después de su misión (6,30).

Siguen luego una serie de instrucciones concretas sobre el estilo de vida del misionero. Jesús se ocupa de cuestiones muy prácticas y elementales: vestido, alimento y alojamiento. No pueden llevar ni pan, ni dinero ni provisiones. Sólo se les permite llevar un bastón y sandalias, elementos necesarios a todo peregrino. Fuera de esto, sólo una túnica, vestimenta corriente de los hombres de aquel tiempo. En cuanto a la vivienda, deben aceptar la hospitalidad de la gente, permaneciendo en la casa dónde los reciban. En síntesis, cuando el Señor los llamó por primera vez, los discípulos lo dejaron todo y lo siguieron. Y así deben seguir, libres de todo.

Luego les da instrucciones sobre el modo de obrar, de reaccionar ante la posibilidad real del rechazo. Si no son recibidos ni escuchados, deben marcharse sacudiendo hasta el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Este gesto lo realizaban los judíos cuando regresan a Israel después de haber caminado por tierra de paganos, como para indicar el corte entre el mundo pagano y la tierra santa. Aquí significa que deben exteriorizar el hecho de que han sido despreciados; y dejan en claro que al cerrar sus puertas y sus corazones se han perdido algo importante para sus vidas y son responsables por ello. El rechazo de los mensajeros es un rechazo a Jesús mismo.

Sigue el cumplimiento de la orden de predicar con sentido final: “proclamaban el evangelio para que se arrepientan”. Y también la realización de los distintos hechos de poder: expulsión de demonios y curación de los enfermos mediante la unción con aceite.

2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor? La vocación del discípulo y misionero de Jesucristo es configurarse con Él, construir la comunión y evangelizar. Es importante notar el estilo que ha de tener el misionero del Reino. Marcos pone en labios de Jesús el talante que tuvieron los profetas y predicadores itinerantes de la primera época cristiana, y anima a todas las iglesias a que vivan y anuncien el evangelio así: con un desprendimiento tal que solo tienen puesta la confianza en Dios, y no en el dinero, las seguridades y las comodidades.

Hay que destacar la insistencia del texto en la pobreza como condición indispensable para la misión. Este estilo de predicar confiere credibilidad por sí mismo: el misionero está tan convencido por dentro de la importancia de la misión que es capaz de prescindir de todo, incluso del dinero. Como Jesús tiene su corazón y su confianza solo en Dios y en la comunidad donde se sabe cordialmente acogido en su tarea de anunciar y testimoniar el Reino.

Se trata de una pobreza que es libertad y nos descubre el valor de andar ligeros de equipaje. Un discípulo cargado se hace sedentario, conservador, incapaz de captar la novedad de Dios, demasiado dado a encontrar mil razones utilitarias y a considerar irrenunciable la casa donde se ha instalado y de la que no quiere salir.

La Iglesia y los cristianos, siguiendo el ejemplo de Jesús, han de realizar la misión sin triunfalismos. Con lo justamente necesario, respetando la libertad humana y religiosa de toda persona o pueblo, huyendo de la instalación o acomodamiento burgués. Con signos liberadores para que no degenere en repetición vacía de contenido.

Los consejos que aquí aparecen tienen un profundo sabor al Jesús histórico y tras ellos se esconde, posiblemente, palabras pronunciadas personalmente por el Maestro.

El anuncio no es una instrucción teológica, sino una palabra que compromete, que sacude, que suscita contradicciones, que parece llevar la división donde había paz, el desorden donde había tranquilidad. La misión es una lucha contra el maligno. Por eso el discípulo no es únicamente un maestro que enseña, sino un testigo que se compromete en una causa que puede costarle la vida.

Ayer, hoy y siempre, la misión cristiana tiene como objetivo único la conversión de la persona. Por ello, la misión evangélica comprende la lucha contra todas las formas de mal, y exige cualquier esfuerzo para mejorar la situación social, sanitaria o cultural. Evangelizar no es solo predicar un mensaje, sino posibilitar y promover la liberación del ser humano de cualquier injusticia o esclavitud.

El mensajero debe romper, necesariamente, con cuantos no reciban su mensaje para encontrar su casa donde el evangelio encuentre oyentes. Donde haya enfermos que curar y gente que evangelizar, allí tiene su hogar el enviado de Jesús. Ese es el reto.

3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy, al Señor?
  • ¿Nos hemos sentido llamados por el Señor?
  • Nos hemos capacitado para ser testigos creíbles de Cristo?
  • Llamados, capacitados, y enviados como testigos, ¿Tiene al que ver contigo?  


Autor: CELAM Lectio Divina, P. Felipe Mayordomo Álvarez sdb. 
Sintesis: Jorge Mogrovejo Merchan


domingo, 8 de julio de 2018

Evangelio del XIV Domingo de Tiempo Ordinario (8 Julio 2018)

Evangelio Segun San Mc 6, 1-6
XIV Domingo de Tiempo Ordinario

"1 Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, y sus discípulos se fueron con él.
2 Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: "¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué pensar de la sabiduría que ha recibido, con esos milagros que salen de sus manos?
3 Pero no es más que el carpintero, el hijo de María; es un hermano de Santiago, de Joset, de Judas y Simón. ¿Y sus hermanas no están aquí entre nosotros?" Se escandalizaban y no lo reconocían.
4 Jesús les dijo: "Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su tierra, entre sus parientes y en su propia familia."
5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos.
6 Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer.
Jesús recorría todos los pueblos de los alrededores enseñando."

1. Qué nos quiere decir Marcos en este Evangelio?

Según nos tiene acostumbrado el evangelista san Marcos, el texto comienza con una indicación espacial o geográfica. Jesús sale de la casa de Jairo y se dirige a su pueblo, Nazareth, ubicado a unos 30 km al oeste del mar de Galilea en cuyas orillas tuvieron lugar los relatos precedentes. Otra indicación importante es que lo siguen sus discípulos, los cuales, si bien no juegan ningún papel activo en esta narración, están presentes y aprendiendo en vistas de su próximo envío misionero (cf. Mc 6,7-13 que leeremos el próximo domingo).

También según su costumbre (cf. Mc 1,21.39) Jesús el sábado enseña en la sinagoga. Entonces, muchos de los que lo escuchan, primero quedan maravillados y luego comienzan a manifestar su extrañeza por la falta de adecuación entre el Jesús que conocieron y el que tienen delante ahora. Al principio tenemos la impresión de que se trata sólo de asombro o extrañeza, pero al final vemos claro que se trata de desconfianza y descalificación de la persona de Jesús. J. Gnilka considera que se trata de una "actitud crítica" y la explica de la siguiente manera: "La crítica se articula en cinco preguntas. Tres de ellas se refieren a la actividad de Jesús y dos a sus parientes. El estilo predicativo de las tres primeras preguntas pretende reflejar la excitación en que han caído las gentes. La primera pregunta le juzga de manera general, la segunda su vida y la tercera sus milagros. La pregunta acerca del de dónde – casi juánica – pregunta por el origen. De esta manera los parientes entran ya en escena. La fe sabe acerca de la identidad de Jesús. Este es Hijo de Dios. El conocimiento del entorno donde Jesús residió se convirtió para sus paisanos en impedimento casi insuperable para reconocer su pretensión de revelación".

Es interesante lo que deduce M. Navarro sobre la familia de Jesús a partir de este texto: "La pregunta sobre el origen de sus palabras y sus gestos indica que para los paisanos nada predecía su futuro. Bien porque Jesús había sido un hombre normal, bien porque no han sabido leer los signos que iba emitiendo. Lo cierto es que la pregunta se convierte en luz acerca de su familia, pues indica que en ella no había nada de particular. Una familia normal, sin antecedentes especiales".

El verbo escandalizar (skandalízomai), en voz activa, significa ser ocasión de pecado en el sentido de provocar escándalo (cf. Mc 9,42.43.45.47). En voz pasiva, como en nuestro texto, significa caer, ser engañado u obstaculizado, irritarse, contrariarse. En los evangelios es frecuente que las personas se escandalicen (skandalízomai) de Jesús; por ejemplo, los discípulos ante la pasión (cf. Mc 14,27); o Juan Bautista ante su mesianismo misericordioso (cf. Mt 11,3-6); o los fariseos ante la doctrina de Jesús (cf. Mt 15,12). En San Pablo se trata principalmente del "escándalo de la cruz" (cf. 1Cor 1,23; Gal 5,11).

El texto más cercano para ayudarnos a comprender el sentido del término lo encontramos en Mc 4,17 cuando Jesús explica el fracaso de la semilla que cae en terreno pedregoso. Allí dice: "los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumben enseguida." “Sucumben” o “caen” es la traducción habitual en este versículo del verbo skandalízomai. En cierto modo se describe la misma actitud de los nazarenos pues comienzan por el entusiasmo o maravilla ante las palabras de Jesús, pero luego se escandalizan. Y esto porque no tienen raíces, son inconstantes, lo cual implica que son superficiales, que se quedan en la apariencia y no van a lo profundo.

En síntesis: el origen humilde de Jesús, su falta de preparación intelectual o académica, el hecho de haberlo conocido como alguien normal en una familia normal; todo esto representaba para los nazarenos un obstáculo para la fe. La sabiduría y el poder de Jesús "no les cierra" con lo que conocen de él. Y esto los irrita, les molesta. Chocan contra la humanidad de Jesús y no pueden o no quieren dar el salto a la fe.
La respuesta de Jesús ("Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa") está presentada más bien como una enseñanza para los discípulos, quienes deberán estar preparados para sufrir el rechazo de su propio "ambiente". Esta frase o refrán condensa la experiencia histórica de Israel con su repetido rechazo de los profetas. Literalmente el texto habla de "deshonra" (á-timos) o desprecio, en referencia a no considerarlo, a no reconocerlo como enviado de Dios.

Luego el narrador comenta que Jesús no pudo obrar allí sino muy pocos milagros. La causa de esto estaría en el versículo siguiente: la falta de fe (a-pistía). Notamos también, y es la única vez que pasa en el evangelio, que Jesús se asombra de la incredulidad de los nazarenos.

Recordemos que en Marcos los milagros son ante todo son actos de poder (dinamis) que dan autoridad a las palabras y obras de Jesús; y verifican el anuncio de la llegada del Reinado de Dios entre los hombres. Por ello los milagros, más que despertar la fe, la suponen.
ALGUNAS REFLEXIONES:
Vemos que el evangelio identifica, en cierto modo, escándalo con incredulidad. Esto requiere una explicación por cuanto no es la idea habitual que tenemos del escándalo. En efecto, el diccionario español lo define como: "Dicho o hecho que causa gran asombro o indignación en alguien, especialmente por considerarlo contrario a la moral o a las convenciones sociales".

Este sería un primer tipo de escándalo, de raíz moral, evitable y condenable; y que Jesús mismo condena en el evangelio (cf. Mc 9,42-47; Mt 13,41; 18,7). Pero existe también un escándalo propio del evangelio, de la sabiduría de la cruz, de la pedagogía de la Encarnación, que es en cierto modo metafísico y casi inevitable. De este segundo tipo de escándalo nos habla el evangelio de hoy. Es, en cierto modo, la reacción natural del hombre ante el misterio de la Encarnación, de Dios hecho hombre; de la Divinidad presente en la humanidad de Cristo. H. U. von Balthasar lo define así: "El escándalo consiste en rechazar con razones penúltimas lo que habría que aceptar con razones últimas (que se conocen muy bien)".

El Papa Benedicto XVI ha hecho una lúcida descripción de estos dos tipos de escándalos y de su mutua relación: "la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía. Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros" (Discurso a las asociaciones católicas comprometidos con la Iglesia y la sociedad. Domingo 25 de septiembre de 2011).

Estos dos tipos de escándalo continúan presentes en la Iglesia y en la vida de los cristianos. El inherente a la fe o metafísico es consecuencia de que la Iglesia prolonga en la historia el misterio de la Encarnación y, por ello, es necesariamente realidad humana y divina. La fe va necesariamente a sufrir el acoso de la duda y de la tentación del escándalo, ya que la inteligencia se resiste a aceptar serenamente esta "revelación". Sólo el amor y la entrega confiada en Dios permiten superar correctamente la prueba.

En cuanto al rechazo que a veces sufrimos cuando queremos anunciar el evangelio en nuestra familia o en nuestro ambiente, donde nos conocen demasiado como para tomarnos en serio, lo importante es no desanimarse. Al respecto, el Papa Francisco nos previene para no desanimarnos con los fracasos pastorales, que también tuvo Jesús: “El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82). En vez del desánimo, nos invita a agudizar la mirada para reconocer que la obra de Dios sigue misteriosamente presente: “Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5)” (EG 279).


2. Qué mensaje nos trae este pasaje?
Los estudios que se vienen publicando estos últimos años sobre el futuro de la humanidad no son nada halagüeños. Una y otra vez se repiten las mismas palabras y preocupaciones: crisis de la cultura moderna, decadencia de la sociedad occidental, ocaso de valores, disolución de la identidad humana, amenaza de aniquilación mundial... Muchos siguen pensando que el hombre podrá superar esta crisis por medio de alguno de los sistemas existentes (capitalismo, socialismo, democracia...) o tal vez por medio de alguno nuevo que podamos descubrir. Otros lo esperan todo del desarrollo tecnológico, de una revolución económica profunda o de un replanteamiento de las relaciones internacionales. Dicha crisis no es solo un problema ideológico, tecnológico o económico, es el hombre mismo el que está enfermo y necesita ser curado en su raíz.
El hombre moderno ha empobrecido su existencia creyendo que el pensamiento racional es lo único válido y definitivo, y se ha ido quedando ciego interiormente para captar lo más esencial. Ha desarrollado de manera insospechada sus técnicas de observación y análisis de la realidad, pero ha perdido el sentido de lo trascendente. Han crecido cada vez más sus posibilidades de comunicación, pero no acierta a encontrarse consigo mismo y con su yo más profundo. Resuelve múltiples problemas, pero no sabe resolver el problema de su libertad interior. El hombre se está acercando a un «punto crucial» (F. Capra) en el que, si quiere sobrevivir, ha de aprender a vivir de manera nueva. La humanidad necesita reencontrar su «patria religiosa» (Enomiya Lasalle). Es urgente una «transformación de la conciencia» (Sri Aurobindo).

¿No estamos necesitando una vez más de Jesús para redescubrir la sabiduría y el arte de vivir de manera más humana? Hoy se desprecia en Occidente la sabiduría del Profeta de Galilea, como lo hicieron sus propios vecinos. Sin embargo, ¿no será esa precisamente la sabiduría que andamos necesitando?

APRENDER A VIVIR DE JESÚS La vida de un cristiano comienza a cambiar el día en que descubre que Jesús es alguien que le puede enseñar a vivir. Los relatos evangélicos no se cansan de presentarnos a Jesús como Maestro. Alguien que puede enseñar una «sabiduría única». Los cristianos de hoy tenemos que preguntarnos si no hemos olvidado que ser cristianos es sencillamente «vivir aprendiendo» de Jesús. Ir descubriendo desde él cuál es la manera más humana, más auténtica y más gozosa de enfrentarnos a la vida. Cuántos esfuerzos no se hacen hoy para aprender a triunfar en la vida: métodos para obtener el éxito en el trabajo profesional, técnicas para conquistar amigos, artes para salir triunfantes en las relaciones sociales. Pero, ¿dónde aprender a ser sencillamente humanos? Son bastantes los cristianos para quienes Jesús no es en modo alguno el inspirador de su vida. No aciertan a ver qué relación pueda existir entre Jesús y lo que ellos viven a diario. Jesús se ha convertido en un personaje al que creen conocer desde niños, cuando en realidad sigue siendo para muchos el «gran desconocido».Y, sin embargo, ese Jesús mejor conocido y más fielmente seguido podría transformar nuestra vida, alguien vivo que, desde el fondo mismo de nuestro ser, nos acompaña con paciencia, comprensión y ternura.


LA FE PUEDE CURAR Durante mucho tiempo, Occidente ha ignorado casi totalmente el papel del espíritu en la curación de la persona. Hoy, por el contrario, se reconoce abiertamente que gran parte de las enfermedades modernas son de origen psicosomático. Muchas personas ignoran que su verdadera enfermedad se encuentra en un nivel más profundo que el estrés, la tensión arterial o la depresión. No se dan cuenta de que el deterioro de su salud comienza a gestarse en su vida absurda y sin sentido, en la carencia de amor verdadero, en la culpabilidad vivida sin la experiencia del perdón, en el deseo centrado egoístamente sobre uno mismo o en tantas otras «dolencias» que impiden el desarrollo de una vida saludable. Ciertamente, sería degradar la fe cristiana utilizarla como uno de tantos remedios para tener buena salud física o psíquica; la razón última del seguimiento a Jesús no es la salud, sino la acogida del Amor salvador de Dios. Pero, una vez establecido esto, hemos de afirmar que la fe posee fuerza sanadora y que acoger a Dios con confianza ayuda a las personas a vivir de manera más sana. La razón es sencilla. El yo más profundo del ser humano pide sentido, esperanza y, sobre todo, amor. Muchas personas comienzan a enfermar por falta de amor. Por eso la experiencia de sabernos amados incondicionalmente por Dios nos puede curar. Los problemas no desaparecen. Pero saber, en el nivel más profundo de mi ser, que soy amado siempre y en cualquier circunstancia, y no porque yo soy bueno y santo, sino porque Dios es bueno y me quiere, es una experiencia que genera estabilidad y paz interior.

A partir de esta experiencia básica, el creyente puede ir curando heridas de su pasado. Es bien sabido que gran parte de las neurosis y alteraciones psicofísicas están vinculadas a esa capacidad humana de grabarlo y almacenarlo todo. El amor de Dios acogido con fe puede ayudarnos a mirar con paz errores y pecados, puede liberarnos de las voces inquietantes del pasado y ahuyentar espíritus malignos que a veces pueblan nuestra memoria. Todo queda abandonado confiadamente al amor de Dios. Por otra parte, esa experiencia del amor de Dios puede sanar nuestro vivir diario. En la vida todo es gracia para quien vive abierto a Dios; se puede trabajar con sentido a pesar de no obtener resultados; la experiencia más negativa y dolorosa puede ser vivida de manera esperanzada; todo se puede unificar e integrar desde el amor. El evangelista Marcos recuerda en su relato que Jesús no pudo curar a muchos porque les faltaba fe. Ese puede ser también nuestro caso. No vivimos la fe en Jesús con suficiente hondura como para experimentar su poder sanador. No le seguimos de cerca y no puede imponer sus manos curadoras sobre nuestras vidas enfermas.


3. Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
  • Nosotros como seguidores de Jesús somos incrédulos que rechazan al hombre superior que les habla en nombre de Dios o lo aceptamos como auténtico hijo de Dios y Salvador?
  • Aceptamos o rechazamos la voz profética de la Iglesia cuando a través de nuestros pastores cuando denuncian la maniuplación genética, las guerras, la indiferencia religiosa, el hedonismo?
  • Somos evidencia palpable con nuestros actos de la presencia del Reino de Dios inicio por Cristo?



Fuente: Celam Lectio Divina, P. Jose Pagola
Elaboración: Jorge Mogrovejo M.

domingo, 24 de junio de 2018

Evangelio del Domingo 24 de Junio 2018 (XII Domingo Tiempo Ordinario)

Evangelio segun San Lucas 1, 57-66.80
XII Domingo de Tiempo Ordinario
Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista
Cuando a Isabel se le cumplió el tiempo del parto, dio a luz un hijo. Los vecinos y parientes, al enterarse de que el Señor la había tratado con tanta misericordia, se alegraron con ella. Al octavo día fueron a circuncidarlo y querían llamarlo como su padre, Zacarías. Pero la madre intervino: —No; se tiene que llamar Juan. Le decían que nadie en la parentela llevaba ese nombre. Preguntaron por señas al padre qué nombre quería darle. Pidió una pizarra y escribió: Su nombre es Juan. Todos se asombraron. En ese instante se le soltó la boca y la lengua y se puso a hablar bendiciendo a Dios. Todos los vecinos quedaron asombrados; lo sucedido se contó por toda la serranía de Judea y los que lo oían reflexionaban diciéndose: —¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor lo acompañaba. El niño crecía, se fortalecía espiritual- mente y vivió en el desierto hasta el día en que se presentó a Israel.

1. Que nos quiere decir Lucas en este Evangelio?
Importa recordar que el evangelio de Lucas comienza narrando la concepción de Juan el Bautista y, para ello, presenta primero a sus padres: “un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada” (Lc 1,5-7). Queda claro que Dios ha intervenido especialmente en este nacimiento y que el mismo es el cumplimiento de lo anunciado por el ángel: "Pero el Ángel le dijo: "No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento" (Lc 1,13-14). Con todo esto se quiere señalar que este nacimiento forma parte del plan de Dios sobre el mundo.

Luego se desarrolla la sorpresa en relación al nombre del niño que fue dado por el Ángel: Juan. En aquellos tiempos la imposición del nombre era un derecho del padre, por ello la intervención de Zacarías termina toda discusión al respecto. El nombre de Juan tiene su valor simbólico pues significa: Dios es clemente o Dios muestra su gracia. Este nombre, puesto por inspiración divina, indica que su misión será anunciar un tiempo de gracia de parte de Dios: el tiempo de la venida del Mesías.

El texto termina señalando que esta misión se manifestará a su debido tiempo, pues se respeta el proceso natural del crecimiento humano de Juan Bautista. Mientras tanto, Juan Bautista se retira al desierto para prepararse a su misión, pues los grandes profetas y líderes se han preparado en la soledad donde resuena más y mejor la Palabra del Señor.

En el contexto del evangelio lo importante es que "en torno a Juan y luego con Jesús, la salvación vuelve a hacerse actual y la palabra de Dios se hace oír de nuevo. Sin embargo, este cumplimiento no tiene lugar inmediatamente; hay que contar con el tiempo. Los meses de gestación de Isabel son señal de esto. La Biblia cuenta por tanto con una maduración natural del milagro", sin embargo hay que tener en cuenta que mientras para Marcos el tiempo del evangelio comenzaba con la predicación de Juan Bautista (Mc 1,1-8), Lucas sitúa a Juan todavía en el tiempo de la promesa ya que el tiempo del cumplimiento, del hoy salvífico, comienza en Lc 4,21.
 
Puede que tenga razón H. U. von Balthasar cuando dice que no hay figura más solitaria en la Biblia que Juan el Bautista ya que no pertenece del todo ni al Antiguo ni al Nuevo Testamento, su misión es: ser un profeta de transición. Recibió el encargo de preparar el camino del Señor que viene y, por tanto, llegado el gran momento, fue necesario que el disminuyese para que Cristo creciera (cf. Jn 3,30). Con suprema humildad dejó que el verdadero Salvador de los hombres ocupase su lugar. Y se alegró de ello como el amigo del novio se alegraba al oír la voz del novio (cf. Jn 3,29). Y más aún, según A. von Speyr "en su figura captamos la esencia de toda misión y testimonio. Por eso ocupa una posición tan importante en el prólogo y emerge con su misión antes incluso de que la Palabra aparezca en la carne".

Cada año celebramos el nacimiento de Juan el Bautista para ayudarnos a reconocer que no hemos llegado a la plenitud, que en parte seguimos anclados en el Antiguo Testamento; pero con la certeza que lo nuevo ya ha comenzado para nosotros. Por ello se festeja en un clima de gran alegría, sobre la que insisten tanto las oraciones como el prefacio de la misa de esta solemnidad. Así, también en nosotros como Iglesia, Juan el Bautista ejerce su misión profética ayudándonos a pasar de lo antiguo a lo nuevo y enseñándonos, en síntesis, que Dios sorprende, pero no improvisa.

Y más actual aún es la misión de Juan Bautista por cuanto nosotros hoy estamos viviendo una etapa de transición en el mundo. No sólo una época de cambios sino un cambio de época (NMA nº 24). Hay un modo de sentir, de vivir y de expresarse que está desapareciendo; y está dejando lugar un modo nuevo que está surgiendo.

Esta nueva situación requiere, sin lugar a dudas, profetas de transición que preparen el camino del Señor en esta cultura que está en plena gestación y, ante la cual, todavía no terminamos de ver qué dará a luz. Por eso la actitud básica que necesitamos es el discernimiento entre lo esencial de mi fe que no pasa y lo accidental que pasa.

Un ejemplo claro de esto es la propuesta para la pastoral juvenil que hizo el Papa Francisco en diálogo con los jesuitas durante su viaje apostólico a Colombia: “Ponerlos en movimiento, en acción. Hoy la pastoral juvenil de pequeños grupos y de pura reflexión, no funciona más. La pastoral de jóvenes quietos no anda. Al joven lo tienes que poner en movimiento: sea o no sea practicante, hay que meterlo en movimiento. Si es creyente, te resultará más fácil conducirlo. Si no es creyente, hay que dejar que la vida misma sea la que lo vaya interpelando, pero estando en movimiento y acompañado; sin imponerle cosas, pero acompañándolo... en voluntariados, en trabajos con ancianos, en trabajos de alfabetización… en todos los modos que son afines a los jóvenes. Si nosotros ponemos al joven en movimiento, lo ponemos en una dinámica en la que el Señor le empieza a hablar y comienza a moverle el corazón. No seremos nosotros los que le vamos a mover el corazón con nuestras argumentaciones, a lo más lo ayudaremos, con la mente, cuando el corazón se mueve.”
 
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor? A diferencia de los demás santos, de Juan Bautista celebramos la fiesta de su nacimiento, porque en este hecho el evangelio de Lucas ve ya presente la alegría de la salvación mesiánica. Juan es el precursor del Mesías, es decir, el que invita al pueblo a la conversión para recibir la venida del Señor. En el Jordán se reúne un amplio número de gente que busca esa conversión que él certifica con el rito del bautismo. Hombre austero y totalmente entregado a su misión. Por su rectitud será encarcelado y ejecutado por Herodes.

El Benedictus que Lucas pone en labios de Zacarías, nos ayuda a comprender el sentido que tiene la venida del Mesías. Los nombres de la familia del Precursor son todo un programa: Isabel significa “Dios juró”, Zacarías, “Dios se ha acordado”, y Juan, “Dios hace misericordia”. En el Benedictus cantamos que todo lo anunciado por los profetas se ha cumplido en la casa de David, su siervo. Y en el nacimiento de Jesús es cuando definitivamente se ha mostrado la fidelidad y el amor de Dios.

Este hermoso canto la ha hecho suyo la comunidad eclesial desde hace más de dos mil años. Lo canta cada día en la oración matutina de Laudes, recordando “el sol que nace de lo alto”, que para nosotros es Cristo Jesús, que quiere iluminar a todos los que caminamos en la tiniebla, y comprometiéndonos a servirle en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz a lo largo de la jornada.

El canto de Zacarías constituye un testimonio de la profunda unidad de la historia de la salvación: promesas y cumplimiento. La exigencia social de las promesas de Israel, justicia, paz, victoria sobre las fuerzas opresoras que se realizan en el proyecto de Jesús.

a.- Niños no deseados.
El nacimiento de Juan, niño no esperado, se vivió con júbilo y alegría a pesar de que rompía todos los esquemas de la tradición. Hoy son muchos los niños no deseados cuyos nacimientos ya no son buena noticia ni producen alegría, sino que aparecen como cargas pesadas. Esos niños, no deseados, han dejado de ser una manifestación de la bondad de Dios y de la alegría de los nuevos tiempos.

b.- Situarnos en la historia.
Hay personas que viven ancladas en el pasado o al margen de los acontecimientos históricos. No esperan ninguna novedad, ni la liberación de Dios. Unas han perdido la esperanza, otras no la necesitan porque, aparentemente, lo tienen todo y lo que anhelan es perpetuar su actual situación y su calidad de vida. Han olvidado que el plan de Dios es una oferta que nos renueva e impulsa cada día a construir un mundo más humano y mejor para todos. No creer en su promesa es vivir mudos como Zacarías. Entrar en la dinámica del proyecto de Dios es recuperar el habla y encontrar la luz en medio de las tinieblas y sombras.

c.- Dios se hace presente en los acontecimientos de la vida. Frente a la extendida costumbre, e insensata inclinación psicológica, de ver la presencia y la visita de Dios en los acontecimientos catastróficos, accidentes, desgracias, calamidades, enfermedades, Lucas nos lleva a percibir dicha presencia y visita en acontecimientos llenos de vida y alegría, en las manifestaciones positivas de la historia cotidiana: en un niño que nace, en un anciano que cambia, en una mujer que es liberada de su oprobio, en un pueblo que disfruta los momentos felices.

d.- Aprendiendo de un viejo. De Zacarías podemos aprender muchas cosas. La primera y más elemental es a convertirse, a cambiar, a pasar de la incredulidad a la fe. No fue fácil el camino que tuvo que recorrer: dar crédito a Dios conlleva, casi siempre, romper muchos esquemas y costumbres que han adquirido cara de ciudanía. También podemos aprender el silencio, el no estorbar, el no ser obstáculo para el proyecto de Dios. Pero también podemos aprender la alabanza y la alegría, el no callarnos cuando Dios nos manda hablar Y el estar siempre en el lugar preciso para escuchar, recibir, callar, afirmar o cantar.

f.- Vivir en santidad y justicia.
Es inútil soñar en liberaciones personales y sociales si no somos capaces de vivir/servir en santidad y justicia. Se trata de dos palabas de neto corte bíblico que es necesario explicar para no caer en una ingenua interpretación: vivir en santidad es vivir con toda la dignidad de hombre, hijo de Dios, de la mujer hija de Dios, cuyo prototipo es Jesús. Por su parte, la justicia bíblica implica que todo ser humano pueda llegar a ser, lo que Dios quiere que sea. Justicia es poder crecer física, intelectual, social, cultural, moralmente. Justicia es tener una casa y un trabajo digno para sustento de la familia. Justicia es vivir con dignidad de hijos de Dios e intentar dar esa dignidad a todos, sobre todo a los más necesitados, en términos bíblicos: a la viuda, al huérfano y al extranjero.

3.- ¿Qué respuesta le voy dar, hoy, al Señor?
 
  • ¿He sentido alguna llamada de Dios en mi vida? 
  • ¿He entonado alguna vez mi Benedictus, mi canto de alabanza y agradecimiento al Señor?  
  • Viendo la misión de Juan, ¿cuál será la misión que me confía a mí el Señor?  

Fuente: Celam Lectio Divina, P. Felipe Mayordomo
Recopilacion y Transcripcion: Jorge Mogrovejo M. 

domingo, 17 de junio de 2018

Evangelio del Domingo 17 de Junio 2018 (XI Tiempo Ordinario)

Domingo XI Ciclo B 17 de Junio 2018

Evangelio: Mc 4,26-34

"Les decía: El reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha. Decía también: ¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves pueden anidar a su sombra. Con muchas parábolas semejantes les exponía la palabra adaptándola a la capacidad de sus oyentes. Sin parábolas, no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos, les explicaba todo."


1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos, qué mensaje nos trae en este evangelio, hoy?
El tema del Reino de Dios es esencial en la predicación y en la misión de Jesús tal como nos lo presenta el evangelio. Como contrapartida, suponemos que Jesús se dirigió a un público que estaba interesado en la llegada del Reino. Por esto, al Reino de Dios dedica Jesús sus primeras palabras (Mc 1,15); y su primera acción es enfrentarse a Satanás para vencerlo (1,12-13), lo cual preanuncia la lucha contra el mal y sus manifestaciones para poder instaurar el Reino de Dios (3,24-27). Sigue luego la creación del discipulado (1,16-20), con lo cual indica la llegada del Reino que es esencialmente comunitario pues está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. En este sentido la expresión Reino de Dios indica la comunidad con Dios en la comunidad de los hombres que se han unido a Jesús.
En castellano la palabra "reino" nos sugiere, en un primer momento, la idea de un 'estado' o un 'lugar', pero cuando los evangelios hablan del Reino de Dios se refieren más bien a la situación que surge del gobierno o reinado de Dios sobre los hombres: al ejercicio de la soberanía o señorío de Dios. Reino de Dios es lo mismo que Dios reina entre los hombres. Por tanto, “cuando se dice reino de Dios, se designa un estado de cosas donde solamente se hace lo que Dios quiere y se evita totalmente lo que Dios no quiere” . Recordemos que en la oración del Padrenuestro la súplica “venga a nosotros tu Reino”; va seguida de “hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”. Es decir, para que se establezca el reino de Dios entre los hombres, tenemos que estar dispuestos a cumplir Su Voluntad.


Ahora bien, en este capítulo cuarto Marcos nos presenta a Jesús que desde la barca describe mediante parábolas el "desarrollo" o la "dinámica" propia del Reinado de Dios. En total son tres parábolas, la del sembrador o de los terrenos; la de la semilla que crece por sí misma y la del grano del mostaza. Sólo estas dos últimas se leen en la liturgia de hoy.
En primer lugar, Jesús dice que el Reino de Dios es como un hombre que arroja el grano en la tierra. Notemos que esta es la única actividad de "este hombre", que permanece anónimo. Una vez sembrada la semilla, el tiempo va pasando, noche y día, mientras la semilla va siguiendo su ritmo de desarrollo de modo autónomo o automático en relación con la actividad y el saber humano. En aquel tiempo el crecimiento de la semilla se consideraba un misterio que sólo Dios conocía y controlaba; y aquí está el centro de atención de la parábola. Como bien nota J. Gnilka, el hombre puede aparecer como un holgazán pero la intención es justamente poner la atención en la actividad propia de la semilla, más allá de la obra, del conocimiento y del control del labrador.
Este proceso de crecimiento "automático" (cf. Mc 4,28 donde utiliza el término griego αὐτóματos) se describe telegráficamente: tallo, espiga y grano. Alcanzado este grado de desarrollo tenemos el grano abundante en la espiga y luego viene la cosecha con la hoz.
Visto esto, el mensaje de la parábola sobre la dinámica del Reino de Dios es claro y nos lo explica bien E. Bianchi: “Esta es la gran fe de Jesús en Dios, que debe ser también la nuestra: lo que importa es sembrar la buena simiente del Reino, o sea, predisponer todo en la propia vida para que el Reino de Dios pueda comenzar a manifestarse en la historia. Una vez realizado lo que está en nuestra mano sólo queda tener paciencia […] El labrador que ha arrojado la simiente ni debe preocuparse de ella ni debe esforzarse por controlar su crecimiento, ya que amenazaría los brotes: el tiempo de la siega, o sea la hora del juicio final (cf. Jl 4,13), llegará irremediablemente; y no a causa de los esfuerzos del agricultor, sino como don de Dios que hace crecer el Reino y prepara la hora de su plena manifestación”.
En cierto sentido esta parábola completa la del sembrador (cf. Mc 4,1-9) por cuanto quien ha sembrado en una persona la semilla de la Palabra debe seguir con paciencia el proceso de su crecimiento dejando que la fuerza de la semilla se desarrolle por sí misma.
El relato sigue con otra introducción (4,30) para la siguiente parábola. También se precisa aquí que el tema sobre el cual nos ilustrará mediante la misma es el Reino de Dios.
La parábola se centra y concentra en la semilla de mostaza, cuya pequeñez era proverbial en tiempos de Jesús. La mostaza negra tiene un diámetro de 1,6 mm; la blanca tiene el doble de diámetro. Y también se sabía de su gran crecimiento, pues en el lago de Genesareth, por ejemplo, la planta de mostaza crecida puede llegar hasta los tres metros de altura. Por tanto, supera a todas las hortalizas y puede servir de cobijo para los pájaros.

En síntesis, el reino de Dios es presentado como algo inesperado, incontrolable e irreversible. El crecimiento del reino de Dios sobre la tierra no depende del ser humano, sino de Dios". Por ello, “los cristianos no deben dejarse seducir por lo grandioso ni abatir por lo pequeño: la fuerza del Reino, la fuerza del Evangelio no se mide con criterios del mundo” 
 

2.- ¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso nos pide, hoy el Señor?
Marcos habla del reino de Dios y pone mucho énfasis en el vigor de sus comienzos y de su capacidad de crecimiento. La virtud operativa de Dios no depende de la voluntad del hombre, ni puede éste ponerla a disposición suya. La virtud de Dios es fecunda en el mundo sin que pueda limitar su eficacia, pero la confianza en el poder de Dios puede hacer más fructífera la actividad humana. Pensemos en la lucha de los países del tercer mundo reclamando igualdad, justicia y democracia. No tienen un proyecto concreto, pero intuyen que pueden romper el esquema político y social que los oprime y margina, y abrir nuevos caminos a la convivencia y a la organización social y política.
El reino de Dios tiene sus propias leyes ocultas que condicionan el proceso de su crecimiento. Muchas veces esas leyes se desarrollan a ritmo lento y con ello desconciertan la impaciencia humana que desea y exige resultados inmediatos, contantes y sonantes. La Iglesia está ahí con sus enormes contrastes: sus grandezas y flaquezas, lo divino y lo humano, sin que la anulen sus propias sombras. La Iglesia sigue siendo una semilla con virtualidad de crecimiento, una luz que atrae y una fuerza que arrastra aunque sea con la indignación de muchos. La Iglesia tiene la misión de sembrar infatigablemente la semilla, pero es Dios quien da el crecimiento. Lo importante es sembrar y regar aunque sean otros los que, a su tiempo, vengan a meter la hoz en lo que no han sembrado. El dueño de la viña es Dios. La creatividad humana es actividad de siembra y esperanza confiada porque Dios hace su parte y la hace bien, cuando nosotros hemos hecho nuestra parte.
El reino de Dios ha llegado con la presencia de Jesús, y se desarrolla. Se puede hablar de logros, desarrollo y crecimiento, de servicios prestados a la causa del hombre, que es también la causa de Dios. El reino de Dios se desarrolla y gana ciudadanía cuando se implantan en la compleja realidad social, valores humanos de pura raíz evangélica, como la justicia social, la igualdad de todos los seres humanos, la solidaridad, el deseo de paz, la corresponsabilidad, el respeto a la persona.
Estamos pasando de una sociedad de creencias, en la que los individuos actuaban movidos por una fe que les proporcionaba sentido, criterios y normas de vida, a una sociedad de opiniones donde la religión va perdiendo la autoridad que ha tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que orientaban el comportamiento de las personas y de la sociedad. Se abandonan las antiguas razones de vivir, y estamos viviendo una situación inédita. Ya no sirven los antiguos puntos de referencia, y los nuevos aún no están bien definidos. Vivimos una crisis de valores, sin puntos de referencia, sin límites: cada uno tiene su propia opinión y decide su vida, a su manera. La libertad personal es la ley suprema. Se toman decisiones, que no implican asumir responsabilidades. Los valores fundamentales se definen por las decisiones de la mayoría, por los votos electorales: el matrimonio homosexual, el aborto, la eutanasia....Ya no es necesario que los valores humanos primarios se fundamenten en ninguna tradición ni en un sistema religioso.
El reino de Dios se desarrolla, pero cuesta creer en la actividad de Dios. En medio de una mentalidad secular, religiosamente indiferente, surgen apasionadas preguntas sobre el sentido de la vida. Es la semilla que germina, porque el que pregunta sobre el sentido de la vida está preguntando por Dios sin darse cuenta. En todo lo humano late la presencia del Dios-Padre creador.
El reino de Dios no es gestión de las políticas humanas. No debemos reducir el misterio y la acción de Dios sólo a lo que nosotros vemos y percibimos. Es importante el trabajo de siembra que realiza el labrador, pero en la semilla hay algo que no ha puesto él. Experimentar la vida como regalo es probablemente una de las cosas que nos hacer vivir de manera nueva, más atentos no sólo a lo que conseguimos con nuestro trabajo, sino también a lo que se nos va dando de manera gratuita.
La acción de Dios y la fuerza vital de su Reino va más allá del ámbito visible de la Iglesia. En ella todos los bautizados, pero muchos bautizados no viven como cristianos. El reino Dios es más amplio y acoge a todos los que están con Cristo, los que viven como discípulos porque promueven y defienden la verdad, la justicia, la igualdad y la dignidad de la persona. Porque Cristo se identifica con las víctimas de toda marginación humana. Y le encontramos también a Cristo actuando en las personas que defienden a las víctimas de todo tipo de injusticia y discriminación.
El grano de mostaza subraya el sorprendente y grandioso resultado final de la acción de Dios, que alienta la esperanza en un futuro esplendoroso, pero insistiendo al mismo tiempo en el decisivo valor del momento presente. En la simplicidad y normalidad de cada día se esconde el germen del reino de Dios y, si descuidamos lo cotidiano, corremos el riesgo de perder la cita con lo eterno. Estamos en tiempo de siembra. Sembrar los valores del evangelio, esa es ahora nuestra tarea.
Hoy, casi todo nos invita a vivir bajo el signo del activismo y la productividad. En el fondo de nuestra conciencia moderna existe la convicción de que, para dar el máximo sentido y plenitud a nuestra vida, lo único importante es trabajar para sacarle el máximo rendimiento y utilidad. Pero pensar y vivir así es estar al borde de dos graves peligros. El primero es ahogarnos en el activismo y el trabajo. Supervalorando nuestro poder y obrar, terminamos por creernos indispensables, pues, pensamos que somos nosotros los que tenemos que hacerlo todo. El segundo es hundirnos en el pesimismo y la resignación al descubrir nuestra propia incapacidad y quedar aplastados por una tarea que nos desborda. El que solamente pone el sentido de su vida en la actividad, en el trabajo, en el rendimiento, corre el peligro de sentirse inútil y fracasado cuando no consigue lo que había planificado.
No es raro que a muchos les resulte difícil y embarazosa esta extraña parábola de Jesús, donde se nos habla de una semilla que crece por sí sola, sin que el labrador le proporcione con su trabajo la fuerza para germinar y crecer. Es una parábola que no se presta a aplicaciones prácticas ni nos dice lo que tenemos que hacer. Sólo nos recuerda que en la semilla hay una fuerza vital que no se debe a nuestro esfuerzo. La vida no se reduce a actividad y trabajo, es un misterio más profundo. Está impregnada de gracia. Es regalo y don. Lo gratuito nos envuelve. Nuestra primera ocupación es respetar y acoger la acción del Espíritu capaz de hacer crecer el Reino en nuestra existencia. Por eso, el estado de ánimo propio del creyente no es el activismo y el esfuerzo, sino la admiración maravillada y el gozo agradecido por todo o que hemos recibido, y seguimos recibiendo.
¿Qué podemos hacer frente a la avalancha de malas noticias? ¿Qué podemos hacer para que el reino de Dios se manifieste y crezca? La mayoría pensamos que muy poco, y que ya tenemos de sobra con librarnos nosotros de la problemática que nos rodea. Y no es así. La parábola del grano de mostaza es una llamada dirigida a todos, una invitación a seguir sembrando las pequeñas semillas de los valores del Reino para que nazca la nueva humanidad. Jesús no habla de grandes cosas. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como un grano de mostaza. Pero es algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizá necesitemos todos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. Probablemente no estemos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir sembrando felicidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo.
Estas parábolas no quieren decirnos que el reino de Dios vendrá en el futuro, o que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos mañana. Quieren hacernos comprender el significado decisivo del tiempo presente, del aquí y el ahora de nuestra historia. Nos invitan a tomar en serio todas las oportunidades presentes, por pequeñas que parezcan. En ellas se esconde la presencia del Reino, y ese es el campo de nuestra siembra, en medio de las oposiciones, los fracasos y los triunfos.
A pesar de todo, detrás de esta sociedad hay un colectivo admirable que nos recuerda también hoy, la grandeza que se encierra en el ser humano. Son los voluntarios. Esos hombres y mujeres que saben acercarse a los que sufren, movidos solamente por su voluntad de servir. En medio de un mundo competitivo, ellos son portadores de una cultura de la gratuidad.
No trabajan por ganar dinero. Su vocación es hacer el bien gratuitamente. Los podemos encontrar acompañando a jóvenes toxicómanos, cuidando ancianos solos, atendiendo a vagabundos, con los chicos de la calle, o trabajando en diferentes servicios sociales.
No son seres vulgares, pues su trabajo está movido por el amor. Por eso no cualquiera puede ser un verdadero voluntario. Al final de la vida se nos juzgará por el amor: “Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed”… Ahí está la verdad última de nuestra vida. Sembrando humanidad estamos abriendo caminos al reino de Dios.
El discípulo ha de ver en todo esto la presencia de Dios y asumirlo, como creyente, en actitud de paciencia histórica. Una visión superficial de lo que sucede en el mundo y de lo que nosotros hacemos puede llevarnos a la desazón y desesperanza. Sólo quien vive y discierne como Jesús, comprende los caminos de Dios, y sabe vivir con gozo y paciencia las situaciones oscuras de la vida y de la historia, esperando, con vencidos, que el resultado final será maravilloso.
Creer en Dios, creer en las personas, creer en el Reino, respetar los ritmos y confiar en la dinámica de su realización aquí, es mucho más que hacer lo que nos toca a cada uno: Es dejar hacer y dejarse hacer por Cristo

3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
¿Soy consciente de que mi tarea como cristiano es sembrar los valores del Reino en el ambiente en que vivo, con obras y con palabras?
El Reino, que empieza como una pequeña semilla, se convierte en una estructura grande de acogida y de servicio a los demás. ¿Cómo me ubico en este proceso, como simple acogido, o como agente de acogida y como artífice de ese mundo nuevo?
¿Soy consciente de ser esa semilla que está creciendo y madurando? ¿Tengo paciencia conmigo mismo para dejarme crecer y hacerme más persona, y abierta a los demás?



Fuente: P. Jose Pagola, P. Felipe Mayordomo, CELAM
Resumen: Jorge Mogrovejo

Comentario al Evangelio del Domingo 27 de marzo del 2022

 IV Domingo de Cuaresma. 28/03/2022 Pericopa: Lc 15,1-3.11-32  En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para es...