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domingo, 3 de marzo de 2019

Comentario al Evangelio del VIII Domingo de Tiempo Ordinario (3 de Marzo del 2019)


Domingo VII Ciclo C 3 de Marzo 2019
Evangelio Lc 6,27-38
                A ustedes que me escuchan yo les digo: Amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica; da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames.  Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a sus amigos. Si hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen. Si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan para recobrar otro tanto. Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, que es generoso con ingratos y malvados. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante. Porque con la medida que ustedes midan serán medidos.
1.- ¿Qué nos quiere decir Lucas en este evangelio?
            El Evangelio de hoy es la continuación de los ejemplos del domingo pasado y debemos leerlo a la luz de las Bienaventuranzas. El amor a los enemigos es el núcleo más original y revolucionario, es el culmen del Evangelio. Tanto por las exigencias que representan ese salto cualitativo en la escala de valores, como por las motivaciones que nos ofrece: “sean perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, y “así serán hijos de vuestro Padre del cielo”.

            El estudio de este pasaje nos sitúa en el centro del evangelio de Jesús y nos descubre el verdadero sentido de Dios y de la vida de los hombres. El judaísmo ofrecía una norma de justicia para tratar a cada uno según su comportamiento. El marxismo, con su dialéctica de la revolución, practica la destrucción del enemigo para alcanzar la armonía final. En todos los sistemas políticos se defiende el interés de los grupos de poder sobre el derecho de los pobres. Y a todo nivel, el egoísmo humano, tan arraigado en el corazón, vive el amor a los demás solo cuando representa un valor para su propia vida.

            Frente a estas concepciones, el evangelio de Jesús nos ofrece un ideal de nitidez y fuerza escalofriante: “Amen a sus enemigos”. Jesús reconduce los mandamientos a su raíz y su objetivo último: el servicio a la vida, a la justicia, al amor, a la verdad. No opone a la Ley antigua unanueva ley, sino que la transforma y la lleva a una radicalidad sin precedentes, rompiendo todos los moldes y criterios humanos. En el centro de este pasaje del “Sermón de la llanura” está el respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aún camuflado de artificio legal, atente contra la dignidad del ser humano.



            Es muy duro lo que nos pide Jesús. Si nos hubiera dicho que no  devolvamos mal por mal, que no nos venguemos, o que no recurramos a la violencia. O incluso que perdonemos, como en el caso de David…. Pero Jesús nos pide que perdonemos a nuestros enemigos. Su enseñanza nos interpela y nos invita cambiar nuestro estilo de vida. El odio y el rencor son malos consejeros y pueden bloquear el corazón. La no-violencia es la única respuesta para romper la escala de odio y deseo de venganza   

            Las leyes humanas fueron humanizando el trato con el enemigo desde (Gn 4,24), con un 77x 1, que hace justicia con 77 muertos por 1 muerto. En (Gn 4,15), con 7x1, ya es menos duro el castigo. La Ley del Talión del Código de Hammurabi, rey de Babilonia, hacia el año 1760 a.C. frena la violencia, pone límite a la venganza y hace más humana, la convivencia exigiendo que el castigo no sobrepase la ofensa.


¿No será utópica una sociedad sin esta ley? En realidad, la ley del Talión ha existido en todas las culturas, como mecanismo para que la sociedad controle el caos de una violencia indiscriminada. Su cruda aplicación ha desaparecido de nuestro mundo actual, pero la ley del Talión, por más sofisticada que se muestre en nuestros comportamientos individuales o en los códigos legales, sigue vigente y es considerada necesaria para asegurar una aceptable convivencia humana. Esta violencia legalizada y más o menos controlada parece ser la única respuesta para hacer frente a todo otro tipo de violencia que amenace al individuo, o a la colectividad. Un ejemplo de estas contradicciones, es la pena de muerte.

Jesús propone la subversión de este principio porque corrompe las relaciones de las personas entre sí y con Dios. Este cambio radical sólo podrá partir de la fuerza creadora del amor y será la única respuesta que pondrá fin a toda violencia. No sólo se trata de una no-violencia pasiva, sino activa: “amad a vuestros enemigos”. Esta es la utopía evangélica que propone el Sermón de la Llanura: el amor a todos, tal y como es el amor de vuestro Padre del cielo. El amor no tiene límites como no tiene límites la perfección a la que debemos aspirar. Este ideal de convivencia humana no se basa en la pura filantropía humana, ni por la afinidad temperamental, sino por la imitación de Dios: “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo”. Imitando de esta manera a Dios podremos crear una sociedad justa, radicalmente nueva, marcada por el mandamiento nuevo: Que nos amemos como Cristo nos amó.

Amar sin esperar respuesta, dar sin esperar recompensa, devolver con bien los males recibidos es algo tan novedoso que los primeros cristianos tomaron una palabra griega, “Ágape” para expresar ese contenido. Ágape, amor, para los griegos, consistía en aspirar a la propia plenitud humana. Pero, los cristianos, cambiaron el contenido de la palabra: el amor no es aspirar a la propia plenitud humana, sino, amor es el sacrificio de dar la vida por los otros. Amar es comprometerse a hacer feliz a la persona amada.

Desde esta perspectiva, el amor al enemigo no es un dato marginal, sino el centro del amor cristiano. Todas las demás actitudes esconden egoísmo y búsqueda del propio yo a través de los demás. Sólo cuando se da sin esperar recompensa, cuando se ama sin que el otro lo merezca, cuando se pierde para que el otro gane, sólo entonces se ha llegado comprender y asumir el misterio del amor que nos enseña y nos ofrece Cristo. Vivir esta realidad significaría la verdadera revolución de nuestra historia.
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor?
Tal vez nos parezca que nuestra sociedad aún no está preparada para que la ley evangélica del amor sustituya a la Ley del Talión; pero precisamente porque hemos tocado fondo en los horrores de la violencia y porque la violencia se ha institucionalizado, Jesús nos invita, hoy, a poner en práctica la utopía del amor evangélico como levadura que producirá el cambio: “si te dan una bofetada …  si te quitan” … Las respuestas podrán parecer absurdas; pero solo ellas llevan en sí el poder de cambiar el mundo.

Cuando nos sentimos ofendidos, tenemos una doble opción: o adoptar una postura de venganza más o menos declarada, o perdonar, asumiendo con humildad todo lo que haya habido de ofensa. Esta página de Lucas tiene el inconveniente que se entiende demasiado, pero resulta difícil llevarla a la práctica. Por eso Jesús nos avisa de que “la medida que usemos la usarán con nosotros”. Si pedimos que nos perdone como nosotros perdonamos, deberemos imitar en nuestra vida, su corazón misericordioso. 

            El amor a los enemigos nos señala la voluntad de Dios y la cima de perfección a la que se nos invita. No podemos quedarnos en una lectura literal de los textos, sin entender y asumir el espíritu radical de las palabras de Jesús que invitan a salir de la mezquina dinámica de la venganza y los mínimos morales y entrar en la generosa dinámica del amor sin fronteras ni límites.

            Jesús nos invita a renunciar a toda violencia, no a la acción de la justicia. La no-violencia no se identifica con la no-justicia.  Los derechos humanos son irrenunciables porque marcan los límites de la convivencia humana. Debemos descubrir el mensaje del Evangelio, sin confundirlo con el lenguaje y sin interpretar ciertas expresiones verbales al pie de la letra. Jesús reclamó sus derechos cuando en el juicio ante Caifás, le abofetearon. No presentó la otra mejilla, sino que reclamó: “por qué me pegas”. No toleró la hipocresía de los que llamó “sepulcros banqueados”, ni la frivolidad de Herodes a quien llamó “zorro”.

            Lo que Jesús quiere subrayar es que el mal no se elimina sumando otro mal, sino con el contrapeso del bien: con el amor, el perdón y también con la justicia. Mirar hacia dentro del corazón, donde brotan los sentimientos de “autodefensa”, para compararlos con el ideal evangélico. Nos parece normal el “ojo por ojo” para responder con violencia a la violencia; pero la violencia genera más violencia. “Ganarse un enemigo es la mejor manera de destruir un enemigo”.

            Lo importante es saber qué es lo que se pide y qué no se pide cuando se manda amar a los enemigos. Los sentimientos no los podemos controlar, se escapan de nuestra libertad; pero sí podemos controlar las ideas, los pensamientos. Aunque mi corazón esté lleno de sentimientos de venganza, yo puedo, libremente, pensar en perdonar, y perdonar. Y como amor y perdón son convertibles, el que ama está dispuesto a perdonar y el que perdona es porque ama. Perdonar al enemigo es ya amarle, aunque los sentimientos vayan en otra dirección, por no ser libres. Se nos pide superar la ley del Talión que es una formulación de las exigencias de los reflejos puramente humanos, y se nos pide crear reflejos divinos que no buscan la revancha pero que tampoco excluyen, ni renuncian a los procedimientos conducentes al restablecimiento de la justicia, el orden o la seguridad.

Al enemigo: al violento, al asesino, al preso político no lo rehabilitamos quitándole la vida, sino ayudándole a rehacerla, dándole otra oportunidad. Los derechos humanos nos dicen cómo tratarlos, como encarcelarlos, juzgarlos y castigarlos para que se rehabiliten, pero sin matarlos.

Jesús nos enseñó a perdonar con su ejemplo: Él perdonó, y pidió perdón en la cruz para sus verdugos. Y después de resucitado no habló de revancha ni abrió proceso contra su ejecutores y jueces. Tampoco echó en cara a sus apóstoles su infidelidad, sino su incredulidad. No les dejó abandonados, no eligió otros discípulos. Se apareció a ellos mismos y los eligió de nuevo.

            Amar al enemigo, no nos exige introducirle en el círculo íntimo de nuestras amistades; pero sí aceptarlo como persona, aunque haya perdido el derecho de ser tratado con justicia y humanidad. Amar al enemigo, no significa tolerar las injusticias y retirarse cómodamente de la lucha contra el mal, sino combatir la injusticia y el mal sin destruir al adversario, porque a pesar de todo es una persona, haya hecho lo que haya hecho, reaccione como reaccione. Este es el campo de los derechos humanos que nos señalan las exigencias del amor a los enemigos y del respeto que todo ser humano se merece.

            El criterio para verificar el amor cristiano no son las palabras afables, sino el comportamiento solícito y humanitario por el otro. El amor cristiano, que nace del corazón de la persona como expresión del amor del Padre, no sólo hace el bien, sino que lo hace bien, con cariño. Amar al prójimo es aceptarlo como es y respetarlo: descubrir lo bueno que hay en él, y hacerle sentir nuestra cogida nuestro respeto.

            Frente a la profunda crisis de valores que vive nuestra sociedad, el Evangelio nos pide un cambio y un salto cualitativo de valores. Entendiendo por valores aquellas creencias o convicciones que motivan nuestra vida y nos ayudan a conocer y discernir lo que es bueno y lo que es malo; lo que da sentido auténtico a nuestra existencia y lo que debe marcar las pautas de nuestra conducta.

            Los valores que configuran nuestra sociedad: el dinero, el placer, el triunfo sobre los demás, la lucha poder y el bienestar material, crean un clima de agresividad, de envidia, de violencia y de venganza, como medios para conseguir esos objetivos y como consecuencias de esa lucha para conseguirlos

La calidad de nuestra vida depende del nivel de los valores que hemos asumido. La propuesta de Jesús no es de “mínimos”, sino de
“máximos”. No vino a bajar e listón de las exigencias morales, sino a ponerlo a la altura de la persona auténticamente humana creada a imagen y semejanza de Dios.

El Evangelio no nos ofrece soluciones técnicas para solucionar los conflictos, pero nos ayuda a descubrir con qué actitudes debemos abordarlos. El otro no es un enemigo. Es un ser humano, alguien que salió de las manos de Dios para disfrutar de una vida plena, como yo. El enemigo empieza a ser otra totalmente diferente de cómo lo veíamos, cuando le aceptamos y le tratamos como persona.

“Debemos abstenernos e toda violencia de los puños, lengua y corazón” M. Lutero King.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar al Señor, hoy?
  • ¿Seremos demasiado generosos si tratamos a los enemigos como a seres humanos, respetando sus derechos? ¿El Evangelio no nos pide ir un poco más allá?
  • Pero, ¿cómo tratamos a los que no son enemigos y viven a mi lado?
  • Hacer una escala de valores para ver cómo vamos a tratar a los que viven a nuestro lado.
Autor: Varios
Transcripcion: Jorge Mogrovejo

domingo, 10 de febrero de 2019

Comentario al Evangelio del V Domingo de Tiempo Ordinario (10 de Febrero del 2019)

V Domingo de Tiempo Ordnario
Evangelio según San Lc 5, 1-11

1 Cierto día la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. 2 En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los pescadores habían bajado y lavaban las redes. 3 Subió a una de las barcas, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y empezó a enseñar a la multitud desde la barca.
4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar.» 5 Simón respondió: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes.» 6 Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces, que las redes casi se rompían. 7 Entonces hicieron señas a sus asociados que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían.
8 Al ver esto, Simón Pedro se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador.» 9 Pues tanto él como sus ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. 10 Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.
10 Jesús dijo a Simón: «No temas; en adelante serás pescador de hombres.» 11 En seguida llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús.

1.- ¿Qué nos quiere decir Lucas en este Evangelio?
Más allá del fracaso de Jesús en su primera "aparición pública" en su pueblo Nazaret (cf. Lc 4,21-30), el texto de hoy comienza dándonos noticia de una multitud que lo rodea junto al lago de Genesaret "para escuchar la Palabra de Dios". Al verse rodeado por la multitud, Jesús decide subirse a la barca de Simón (Pedro) que estaba con otros pescadores limpiando las redes. 

Se aparta un poco de la orilla y, desde este improvisado "púlpito", comienza a enseñar a la gente. Notemos el valor simbólico que implica que el Señor utilice la "barca de Pedro", o sea la Iglesia, como cátedra para anunciar su palabra. Y notemos también que Jesús no restringe su enseñanza a la sinagoga o al templo, como si fueran los únicos espacios sagrados. El espacio y el tiempo son de Dios y, por tanto, todo lugar y momento son propicios para que Dios comunique su Palabra. Terminada la enseñanza, Jesús se dirige ahora a Simón ordenándole: "navega mar adentro y echen las redes para pescar". La primera expresión, literalmente, dice "vuélvete o lánzate a lo profundo (ἐπανάγαγε εἰς τὸ βάθος)", que algunos traducen: “métete, avanza hacia las aguas profundas”. Por el contexto bien vale la traducción: "navega mar adentro" (“duc in altum” en la Vulgata). Simón le responde que han trabajado toda la noche y no han logrado sacar nada, pero que en su palabra echará las redes. El verbo kopia ,w que con que expresa Simón su "trabajo fatigoso" lo encontramos en el NT en varios textos refiriéndose a la "fatiga apostólica" (cf. 1Cor 15,10; 16,16; Gal 4,11; Flp 2,16; Col 1,29; 1Tes 5,12; 1Tim 4,10; 5,17). 

Como bien nota F. Bovon, primero habla el Simón pescador de oficio asegurando que no es momento de pesca, no hay pique; luego habla el Simón discípulo que confía en la Palabra de su maestro o jefe. Por tanto, Simón y sus compañeros se encuentran en una situación de fracaso, de desaliento por una noche de pesca fallida. En este contexto se hace más explícita la fe de Simón en la Palabra de Jesús: "pero si tu lo dices, echaré las redes". 

Los pescadores ponen manos a la obra recurriendo a su experiencia y técnica. En efecto, la descripción de la pesca corresponde a las prácticas de las regiones mediterráneas donde se utilizan las redes para encerrar o cercar a los peces (tal el sentido de une ,kleisan en 5,6). Ante la gran cantidad de peces encerrados, necesitaron ayuda de otros para subirlos a las barcas sin romper las redes; y las señas son porque los gritos hubieran ahuyentado los peces. La pesca es sobreabundante, fruto del trabajo fundado en la fe en la Palabra de Jesús. La reacción de Simón Pedro no deja de sorprendernos: ante la manifestación del poder de Jesús cae de rodillas y, reconociendo su condición de pecador, le pide que se aleje de él. A la luz del Antiguo Testamento (Moisés en Ex 3,6 e Isaías en la primera lectura de hoy, por ejemplo) podemos comprender que se trata de un relato de revelación. Pedro ha visto (5,8) la "pesca milagrosa o el milagro de la pesca" y ante esta "manifestación sobrenatural" se siente sobrecogido en su pequeñez y limitación personal; se siente un "hombre pecador", necesitado de redención. Es de notar que en 5,5 Pedro llamó a Jesús Maestro o Jefe (e vpista ,ta); mientras que aquí, después de la pesca milagrosa, lo llama Señor (ku,rie), título que hace referencia a la divinidad de Jesús. En 5,9 nos dice el evangelista que esta reacción de Pedro se debió al temor (qa ,mboj) que se apoderó de él y de los demás ante la pesca superabundante.

Se trata, por tanto, de un temor o asombro religioso. Entonces el Señor invita a no temer (ahora sí con el clásico mh . fobou/) y, además, de cara al futuro, lo llama para ser "pescador de hombres" (literalmente el verbo zwgre,w se refiere a capturar seres vivos). Si bien la llamada aparece hecha personalmente a Pedro, todos los que estaban en la barca responden dejándolo todo y siguiendo a Jesús. Esta radicalidad en el seguimiento del Señor es subrayada por Lucas a lo largo del camino a Jerusalén (cf. 9,62; 12,33; 14,26-33). El relato tiene como centro la metáfora de la pesca, por lo que contiene una invitación a la misión, a la evangelización de la mano de Jesús y en la barca de Pedro, la Iglesia. Al mismo tiempo se resalta que la fecundidad en la misión viene de la confianza en la Palabra del Señor y exige, al mismo tiempo, una radicalidad en el seguimiento del Señor.

2.¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso nos pide hoy, el Señor?

Al llegar al lago de Genesaret, Jesús vive una experiencia muy diferente a la que ha vivido en su pueblo. La gente no lo rechaza, sino que se «agolpa a su alrededor». Aquellos pescadores no buscan milagros, como los vecinos de Nazaret. Quieren «oír la Palabra de Dios». Es lo que necesitan.


La escena es cautivadora. No ocurre dentro de una sinagoga, sino en medio de la naturaleza. La gente escucha desde la orilla; Jesús habla desde las aguas serenas del lago. No está sentado en una cátedra, sino en una barca. Según Lucas, en este escenario humilde y sencillo «enseñaba» Jesús a la gente.




Esta muchedumbre viene a Jesús para oír la «Palabra de Dios». Intuyen que él les habla desde Dios. No repite lo que oye a otros; no cita a ningún maestro de la ley. Esa alegría que sienten en su corazón solo puede despertarla Dios. Jesús les pone en comunicación con él.

Años más tarde, en las primeras comunidades cristianas, se dice que la gente se acerca también a los discípulos de Jesús para oír la «Palabra de Dios». Lucas vuelve a utilizar esta expresión audaz y misteriosa: la gente no quiere oír de ellos una palabra cualquiera; esperan una palabra diferente, nacida de Dios. Una palabra como la de Jesús.

Es lo que se ha de esperar siempre de un predicador cristiano. Una palabra dicha con fe. Una enseñanza arraigada en el evangelio de Jesús. Un mensaje en el que se pueda percibir sin dificultad la verdad de Dios y donde se pueda escuchar su perdón, su misericordia insondable y también su llamada a la conversión.

Probablemente muchos esperan hoy de los predicadores cristianos esa palabra humilde, sentida, realista, extraída del Evangelio, meditada personalmente en el corazón y pronunciada con el Espíritu de Jesús.


Cuando nos falta este Espíritu jugamos a hacer de profetas, pero en realidad no tenemos nada importante que comunicar. Con frecuencia terminamos repitiendo con lenguaje religioso las «profecías» que se escuchan en la sociedad.



Pedro es un hombre de fe seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia, sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús, y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes»; es al mismo tiempo un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce ante todo su pecado y su indignidad para convivir con Jesús.

Está muy extendida la idea de que la culpa es algo introducido por la religión. Bastantes piensan que, si Dios no existiera, desaparecería el sentimiento de culpa, pues no habría mandamientos y cada cual podría hacer lo que quisiera.
Nada más lejos de la realidad. La culpa no es algo inventado por los creyentes, sino una experiencia universal que vive todo ser humano como ha recordado con insistencia la filosofía moderna (Kant, Heidegger, Ricoeur). Creyentes y ateos, todos nos enfrentamos a esta realidad dramática: nos sentimos llamados a hacer el bien, pero una y otra vez hacemos el mal.


Lo propio del creyente es que vive su experiencia de la culpa ante Dios. Pero, ¿ante qué Dios? Si se siente culpable ante la mirada de un Dios resentido e implacable, nada hay en el mundo más culpabilizador y destructor. Si, por el  contrario, experimenta a Dios como alguien que nos acompaña con amor, siempre dispuesto a la comprensión y la ayuda, es difícil pensar en algo más luminoso, sanador y liberador.

Pero resulta todavía más deplorable que bastantes cristianos no lleguen nunca a acoger con gozo al Dios de perdón y de gracia revelado en Jesús. ¿Cómo se ha podido ir formando entre nosotros esa imagen de un Dios resentido y culpabilizador? ¿Cómo no trabajar con todas las fuerzas para liberar a la gente de tal equivoco?

No pocas personas piensan que el pecado es un mal que se le hace a Dios, el cual «impone» los mandamientos porque le conviene a él; por eso castiga al pecador. No terminamos de comprender que el único interés de Dios es evitar el mal a sus hijos e hijas, pues el pecado es un mal para el ser humano, no para Dios. 
Lo explicaba hace mucho santo Tomás de Aquino: «Dios es ofendido por nosotros solo porque obramos contra nuestro propio bien».

Quien, desde la culpa, solo mira a Dios como juez resentido y castigador, no ha entendido nada de ese Padre cuyo único interés somos nosotros y nuestro bien. En ese Dios en el que no hay egoísmo ni resentimiento solo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser más humanos. Somos nosotros los que nos juzgamos y castigamos rechazando su amor.

La culpa como tal no es algo inventado por las religiones. Constituye una de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes que aflore el sentimiento religioso se puede advertir en el ser humano e sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.

Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus actos, lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte del crecimiento de la persona hacia su madurez.


3.- ¿Que respuesta le voy a dar hoy al Señor?
  • ¿Reconozco los errores y pecados en mi vida, y tengo una actitud de querer cambiar?
  • ¿Considero que Dios es solo amor y quiere lo mejor para mi, la felicidad y el bien.?
  • ¿Me siento culpable por mis pecados cometidos, como una motivación para ser mejor? ¿o como una carga que no me deja hacer lo que quiera? 
  • ¿Soy consciente que estoy en una constante lucha entre el bien y el mal dentro de mi?




Fuente: Varios Autores

Sintesis: Jorge Mogrovejo

domingo, 16 de diciembre de 2018

Comentario al Evangelio del III Domingo de Adviento (16 de Diciembre del 2018)

III Domingo de Adviento
Evangelio segun San Lc 3, 10-18


10 En aquel tiempo la gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer?» 11 El les contestaba: «El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer, haga lo mismo.»
12 Vinieron también cobradores de impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» 13 Respondió Juan: «No cobren más de lo establecido.» 14 A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les contestó: «No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su sueldo.»
:B:15 El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, 16 por lo que Juan hizo a todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. 17 Tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus gra neros, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.»
18 Con estas instrucciones y muchas otras, Juan anunciaba la Buena Nueva al pueblo. 19 Pero como reprochara al virrey Herodes que estuviera viviendo con Herodías, esposa de su hermano, y también por todo el mal que cometía, Herodes 20 no dudó en apresar a Juan, con lo que añadió otro crimen más a todos los anteriores.

1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos en este Evangelio?
La paz es el signo de la presencia de Dios en el alma. La paz es fruto y condición de la Venida del Señor al corazón de los hombres. Evangelio (Lc 3,2-3.10-18): El domingo pasado leímos la primera parte de la predicación de Juan Bautista invitando a la conversión, a preparar el camino para la venida del Señor. 

Hoy, salteando una parte del discurso (Lc 3,4-9), se nos presenta al mismo Juan Bautista que responde por tres veces a la misma pregunta: "¿qué debemos hacer?" De este modo especifica cuáles son los gestos concretos, en la vida, que expresan la conversión interior. 

Como dice J. M. Lagrange : "A menudo se la ha calificado (a esta sección) como una predicación para los diversos estados (de vida). Pero sería más justo considerarla como una monición sobre la manera de hacer penitencia… No se pretende regular todas las situaciones, sino mostrar que la penitencia es compatible con todas, con la condición de vivir sin cometer injusticias". Faltaría aclarar que penitencia y conversión se utilizan aquí como sinónimos por cuanto traducen la misma palabra griega metanoia. La primera pregunta proviene de la multitud, de la gente en general, y la respuesta del Bautista es una invitación a compartir lo que se tiene, haciendo referencia en primer lugar a dos necesidades básicas como son el vestido y el alimento. 

Hoy diríamos que es un llamado a ser solidarios, a no dejarse dominar por el egoísmo. Según J. M. Lagrange: "La mejor penitencia es la práctica de la caridad". Sigue la pregunta de los publicanos o recaudadores de impuestos a quienes el Bautista responde exhortando a la honradez y a la justicia; a no dejarse dominar por la avaricia o el afán de dinero. Por último, preguntan los soldados y el Bautista les responde que no deben abusar de la propia fuerza ni recurrir al engaño, o sea no abusar de su autoridad. 

Según F. Bovon la finalidad del abuso de poder es la adquisición ilegítima de dinero, por ello "tanto para los soldados como para los publicanos, Lucas se interesa por una ética de la justa adquisición de bienes y del buen uso del dinero". Esto refleja que para el evangelista la codicia es un pecado dominante. 

Importa señalar la dimensión comunitaria ya que las tres respuestas del Bautista tienen en común la relación con los demás. También es de notar que la mención de los publicanos o cobradores de impuestos (y tal vez también de los soldados tanto si se trata de mercenarios de Herodes Agripa como de la guardia romana) indica que no se excluye a nadie del arrepentimiento; todos están llamados a la conversión pues "todos verán la salvación de Dios" (Lc 3,6). 

Con respecto a los últimos versículos podemos decir que buscan diferenciar y subordinar el bautismo y la figura de Juan al bautismo cristiano y a la figura de Cristo (Mesías). Su finalidad es corregir las expectativas erróneas de la gente acerca del Mesías, por cuanto Juan declara abiertamente que no es el Mesías y que esté vendrá después de él. 

Al respecto comenta L. H. Rivas: "Al terminar su misión, Juan Bautista se reconoció inferior a Jesús diciendo que ni siquiera era digno de desatarle la correa de sus sandalias. En la antigüedad, esta tarea se consideraba tan humillante que sólo la realizaban los esclavos. Recurriendo a esta figura, el Bautista dice que, frente a Jesús, él es tan inferior que se siente menos que un esclavo ante su dueño. Esta diferencia responde a la función que cada uno cumple: Juan Bautista bautiza, es decir sumerge sólo en agua. Pero Jesús es el que tiene la potestad de bautizar (sumergir) en el Espíritu Santo, dando vida divina a todos los que crean en él". 

La acción de Jesús que Juan promete, la realizará Jesús resucitado cuando envíe el Espíritu en Pentecostés (He 2,33). Sucesivamente este Espíritu será dado en el bautismo realizado por los apóstoles, bautismo que, como el de Juan, es también para la conversión de los pecados pero que, a diferencia de aquél, concede lo que Juan sólo podía anunciar para un futuro (He 2,38).  

2.¿Què mensaje nos trae este pasaje y què compromiso nos pide hoy, el Señor?

Juan Bautista proclamaba en voz alta lo que muchos sentían en aquel momento: hay que cambiar; no se puede seguir así; es necesario volver a Dios. Según el evangelista Lucas, algunos se sintieron cuestionados por su predicación y se acercaron al Bautista con una pregunta decisiva: ¿qué podemos hacer?

Por muchas llamadas de carácter político o religioso que se escuchen en una sociedad, las cosas solo empiezan a cambiar cuando hay personas que se atreven a enfrentarse a su propia verdad, dispuestas a transformar su vida: ¿qué podemos hacer?

El Bautista tiene las ideas muy claras. No les invita a acudir al desierto a vivir una vida ascética de penitencia, como él. Tampoco les anima a peregrinar a Jerusalén para recibir al Mesías en el templo. La mejor manera de preparar el camino a Dios es, sencillamente, trabajar por una sociedad más solidaria y fraterna, menos injusta y violenta.

Juan no habla a las víctimas, sino a los responsables de aquel estado de cosas. Se dirige a los que tienen «dos túnicas» y pueden comer; a los que se enriquecen de manera injusta a costa de otros; a los que abusan de su poder y de su fuerza.

Su mensaje es diáfano: no se aprovechen de nadie, no abusen de los débiles, no vivan a costa de otros, no piensen solo en su bienestar: «El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo». Así de simple. Así de claro.
Aquí termina nuestra palabrería. Aquí se desvela la verdad de nuestra vida. Aquí queda al descubierto la mentira de no pocas formas de vivir la religión. ¿Por dónde podemos empezar a cambiar la sociedad? ¿Qué podemos hacer para abrir caminos a Dios en el mundo? Muchas cosas, pero nada tan eficaz y realista como compartir lo que tenemos con los necesitados.

REPARTIR CON EL QUE NO TIENE
La palabra del Bautista tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión para iniciar una vida más fiel a Dios despertó en muchos una pregunta concreta: ¿qué debemos hacer? Es la pregunta que brota en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.
El Bautista no les propone ritos sagrados, tampoco normas ni preceptos. Lo primero no es cumplir mejor los deberes religiosos, sino vivir de forma más humana, reavivar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.
Lo más decisivo es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista resume su respuestacon una fórmula genial por su sencillez y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo». Un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria, luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de alimentos?

¿NOS ATREVEMOS A COMPARTIR?
Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en todos los países. 

Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de un mundo egoísta e injusto. Incluso puede despertar un sentimiento de vaga culpabilidad.
Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia. Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia que la que podemos remediar connuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestra conciencia ante una sociedad tan deshumanizada: «¿Qué podemos hacer?».

Juan Bautista nos ofrece una respuesta terrible en medio de su simplicidad. Una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejarnos interpelar. Son palabras que hacen sufrir. Aquí termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela la verdad de nuestra solidaridad. Aquí se diluye nuestro sentimentalismo religioso. 

¿Qué podemos hacer?
Sencillamente compartir lo que tenemos con los que lo necesitan.
Muchas de nuestras discusiones sociales y políticas, muchas de nuestras protestas y gritos, que con frecuencia nos dispensan de una actuación más responsable, quedan reducidas de pronto a una pregunta muy sencilla. ¿Nos atreveremos a compartir lo nuestro con los necesitados?

De manera ingenua creemos casi siempre que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás, y cuando se transformen las estructuras sociales y políticas que nos impiden ser más humanos.

Y, sin embargo, las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a casi todos. Reproducen con fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.


3.- ¿Que respuesta le voy a dar hoy al Señor?

¿Y qué podemos decir los seguidores de Jesús ante esta llamada tan
sencilla y tan humana? 
¿No hemos de empezar por abrir los ojos de
nuestro corazón para tomar conciencia de que vivimos sometidos a un
bienestar que nos impide ser más humanos?
¿podemos los cristianos de Occidente acoger cantando al niño de Belén mientras cerramos nuestro
corazón a estos niños del Tercer Mundo?


Fuente: Varios Autores

Sintesis: Jorge Mogrovejo

domingo, 2 de diciembre de 2018

Comentario al Evangelio del I Domingo de Adviento (2 de Diciembre del 2018)

I Domingo de Adviento 2018
Evangelio segun san Lc 21, 25-28.34-36\

25 Entonces habrá señales en el sol, la luna y las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. 26 La gente se morirá de espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las fuerzas del universo serán sacudidas. 27 Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre venir en la Nube, con gran poder e infinita gloria.»
28 «Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación.»
34 Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, 35 pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. 36 Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.»
37 Durante el día Jesús enseñaba en el Templo, y luego salía e iba a pasar la noche al aire libre al monte de los Olivos. 38 Y desde muy temprano todo el pueblo acudía donde él al Templo para escucharlo.

1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos en este Evangelio?
El evangelio de este domingo nos pone de modo inmediato frente a la consideración del fin del mundo. En este fragmento del discurso escatológico de Lucas, utilizando la simbología propia del género apocalíptico, se nos dice que aquellos astros (sol, luna y estrellas) que Dios colocó para regir el tiempo (cf. Gn 1) nos darán las señales de la llegada del fin. 

Estos signos apocalípticos, en cuanto reveladores, generan división entre los hombres. Así tenemos, por un lado, la reacción primera y primaria ante esta realidad del fin por parte de los pueblos que será la angustia; y por parte de los hombres que será el pánico (“los pueblos serán presa de la angustia...los hombres desfallecerán de miedo”). 

Por otra parte, todo este cuadro de conmoción cósmica no es más que el marco del anuncio de la llegada del Hijo del hombre "lleno de poder y de gloria". El título de "Hijo del Hombre" que Jesús se aplica aquí está inspirado en Dn 7,13-14 y representa al Mesías como juez escatológico. Se trata, por tanto, de su venida al fin de los tiempos para juzgar al mundo. 

Ante esta manifestación, los discípulos deberán "tener ánimo y levantar la cabeza". El contraste con la reacción de "los pueblos y los hombres" es claro; y es la esperanza la que hace la diferencia. Mientras los hombres en general serán presa del pánico, los cristianos son invitados a la confianza, a tener ánimo porque la venida del Señor les trae la liberación.   
En el marco de nuestro adviento, el gesto de levantar la cabeza es muy rico de significado. Se trata de mirar más allá de lo cotidiano, de lo inmediato que muchas veces nos aprisiona quitándonos perspectiva, sentido de la vida. Levantar la cabeza, erguirse, es sinónimo de recuperar la dignidad gracias al sentido trascendente de la vida. En fin, ver más allá para tener una valoración correcta de nuestra realidad. 

Para lograr esto se requiere una actitud vigilante, de allí la advertencia del evangelio de hoy a “no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”. Literalmente el texto dice: "no se vuelva pesado o cargado el corazón por…". El término griego para expresar el primer vicio - exceso, libertinaje o disipación - se encuentra sólo aquí en todo el NT. En la literatura griega su sentido está vinculado al exceso de alcohol con todas sus consecuencias.

Puede que esté formando una unidad de sentido con el término siguiente, la embriaguez, que aparece en la lista de vicios de San Pablo en Rom 13,13 y Gal 5,21. En cuanto a las "preocupaciones de la vida" recordemos que ya apareció esta expresión en la parábola del sembrador, simbolizada por las espinas que ahogan la semilla de la Palabra (cf. Lc 8,14). 

Justamente el mayor daño que esto causa es la pérdida de la atención y su consecuencia será que el día de la venida del Señor nos tome por sorpresa, sin estar esperándolo debidamente. 
La actitud requerida es entonces una conciencia atenta y vigilante, la cual es fruto de la oración, de la súplica o ruego incesante, que pide aquí el Señor a sus discípulos. Recordemos que la necesidad de una oración vigilante es un tema recurrente en Lucas (cf. 6,12; 18,1; 22,40.46). Quien alimenta la espera atenta con la oración incesante podrá escapar de todas las convulsiones cósmicas que sobrevendrán y podrá "permanecer en pie delante del Hijo del hombre". 

Es importante resaltar la actitud "corporal" de los discípulos ante el día final, pues expresa su estado "espiritual" o "interior": levantar la cabeza, estar en pie ante el Señor. Para los judíos el estar en pie y con la cabeza alta era la actitud del orante, del que se presenta con confianza ante Dios pues tiene su conciencia tranquila y en paz.


2.¿Què mensaje nos trae este pasaje y què compromiso nos pide hoy, el Señor?

Los discursos apocalípticos recogidos en los evangelios reflejan los miedos y la incertidumbre de aquellas primeras comunidades cristianas, frágiles y vulnerables, que vivían en medio del vasto Imperio romano entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús, su amado Señor. También las exhortaciones de esos discursos representan en buena parte las exhortaciones que se hacían unos a otros aquellos cristianos recordando el mensaje de Jesús. Esa llamada a vivir despiertos cuidando la oración y la confianza es un rasgo original y característico del Profeta de Galilea. Después de veinte siglos, la Iglesia actual marcha como una anciana, «encorvada» por el peso de los siglos, las luchas y trabajos del pasado. «Con la cabeza baja», consciente de sus errores y pecados, sin poder mostrar con orgullo la gloria y el poder de otros tiempos. Es el momento de escuchar la llamada que Jesús nos hace a todos. 

«Levantaos», anímense unos a otros. «Alzad la cabeza» con confianza. No miréis al futuro solo desde vuestros cálculos y previsiones. «Se acerca vuestra liberación». Un día ya no viviréis encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador. Pero hay maneras de vivir que nos impiden caminar con la cabeza levantada confiando en esa liberación definitiva. Por eso «tened cuidado de que no se os embote la mente». No os acostumbréis  a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar su vida de bienestar y dinero, de espaldas al Padre del cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Ese estilo de vida os hará cada vez menos humanos. «Estad siempre despiertos». Despertad la fe en el seno de vuestras comunidades. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. No seáis comunidades dormidas. Vivid «pidiendo fuerza». 

¿QUÉ ES VIVIR DESPIERTOS? 

Jesús no se dedicó a explicar una doctrina religiosa para que sus discípulos la aprendieran correctamente y la difundieran luego por todas partes. No era este su objetivo. Él les hablaba de un «acontecimiento» que estaba ya sucediendo: «Dios se está introduciendo en el mundo. Quiere que las cosas cambien. Solo busca que la vida sea más digna y feliz para todos». Jesús llamaba a esto el «reino de Dios». Hemos de estar muy atentos a su venida. Hemos de vivir despiertos: abrir bien los ojos del corazón; desear ardientemente que el mundo cambie; creer en esta buena noticia que tarda tanto en hacerse realidad plena; cambiar de manera de pensar y de actuar; vivir buscando y acogiendo el «reino de Dios». No es extraño que, a lo largo del evangelio, escuchemos tantas veces su llamada insistente: «vigilad», «estad atentos a su venida», «vivid despiertos». Es la primera actitud del que se decide a vivir la vida como la vivió Jesús. Lo primero que hemos de cuidar para seguir sus pasos. 

«Vivir despiertos» significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Despertar activamente la esperanza. «Vivir despiertos» significa vivir de manera más lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que a veces parece invadirlo todo. Atrevernos a ser diferentes. No dejar que se apague en nosotros el deseo de buscar el bien para todos. «Vivir despiertos» significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más amable. «Vivir despiertos» significa despertar nuestra fe. Buscar a Dios en la vida y desde la vida. Intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Vivir no solo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios. 

CUIDAR LA ESPERANZA 

Todos vivimos con la mirada puesta en el futuro.En el fondo, casi todos andamos buscando «algo mejor», una seguridad, un bienestar mayor. Queremos que todo nos salga bien y, si es posible, que nos vaya mejor. Es esa confianza básica la que nos sostiene en el trabajo y los esfuerzos de cada día. Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga también la vida. La persona ya no crece, no busca, no lucha. Al contrario, se empequeñece, se hunde, se deja llevar por los acontecimientos. Si se pierde la esperanza, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar en el corazón de la persona, en el seno de la sociedad o en la relación con Dios es la esperanza. La esperanza no consiste en la reacción optimista de un momento. Es más bien un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma positiva y confiada, sin dejarnos atrapar por el derrotismo. El futuro puede ser más o menos favorable, pero lo propio del que vive con esperanza es su actitud positiva, su deseo de vivir y de luchar, su postura decidida y confiada. No siempre es fácil. La esperanza hay que trabajarla. Lo primero es mirar hacia adelante. No quedarnos en lo que ya pasó. No vivir de recuerdos o nostalgias. No quedarnos añorando un pasado tal vez más dichoso, más seguro o menos problemático. Es ahora cuando hemos de vivir afrontando el futuro de manera positiva. La esperanza no es una actitud pasiva, es un estímulo que impulsa a la acción. Quien vive animado por la esperanza no cae en la inercia. Al contrario, se esfuerza por cambiar la realidad y hacerla mejor. Quien vive con esperanza es realista, asume los problemas y las dificultades, pero lo hace de manera creativa, dando pasos, buscando soluciones y contagiando confianza. La esperanza no se sostiene en el aire. Tiene sus raíces en la vida. Por lo general, las personas viven de «pequeñas esperanzas» que se van cumpliendo o se van frustrando. Hemos de valorar y cuidar esas pequeñas esperanzas, pero el ser humano necesita una esperanza más radical e indestructible, que se pueda sostener cuando toda otra esperanza se hunde. Así es la esperanza en Dios, último salvador del ser humano. Cuando caminamos cabizbajos y con el corazón desalentado, hemos de escuchar esas inolvidables palabras de Jesús: «Alzad vuestra cabeza, pues se acerca vuestra liberación» .

Quien ama de verdad la vida y se siente solidario de todos los seres humanos sufre al ver que todavía una inmensa mayoría no puede vivir de manera digna. Este sufrimiento es signo de que aún seguimos vivos y somos conscientes de que algo va mal. Hemos de seguir buscando el reino de Dios y su justicia. ¡POR FAVOR, QUE HAYA DIOS! Muchas veces había pensado en la importancia que tiene el contexto socio-político en nuestra manera de leer el Evangelio, pero solo tomé conciencia viva de ello cuando estuve viviendo una temporada un poco más larga en Ruanda. Todavía recuerdo bien la sensación que tuve al leer este texto del evangelio de Lucas. No es lo mismo escuchar este discurso apocalíptico desde el bienestar de Europa o desde la miseria y el sufrimiento de África. A pesar de todas las crisis y problemas, en Europa se sigue pensando que el mundo irá siempre a mejor. Nadie espera ni quiere el fin de la historia. Nadie desea que cambien mucho las cosas. En el fondo nos va  bastante bien. Desde esta perspectiva, oír hablar de que un día todo puede desaparecer «suena» a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes tenebrosas. Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es vivido solo como sufrimiento destructor, es fácil sentir exactamente lo contrario. «Gracias a Dios esto no durará para siempre». Los últimos de la Tierra son quienes mejor pueden comprender el mensaje de Jesús: «Dichosos los que lloran, porque de ellos es el reino de Dios». Estos hombres y mujeres, cuya existencia es hambre y miseria, están esperando algo nuevo y diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz. Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará, y «en la tierra habrá angustia de las gentes». 

Pero el mensaje de Jesús no es de desesperanza para nadie: Aun entonces, en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos, «manteneos en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el sufrimiento cruel de aquellas gentes de África me sorprendí a mí mismo sintiendo algo que puede parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una oración a Dios. Es un deseo ardiente y una invocación ante el misterio del dolor humano. Es esto lo que me salía de dentro: «¡Por favor, que haya Dios!». 


3.- ¿Que respuesta le voy a dar hoy al Señor?
¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? 
¿Cómo podremos «mantenernos en pie ante el Hijo del hombre»? 


Fuente: Varios Autores
Transcripcion: Jorge Mogrovejo 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Comentario al Evangelio del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (18 de Noviembre del 2018)

Evangelio del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Evangelio Segun San Marcos 13, 24-32

24 Después de esa angustia llegarán otros días; entonces el sol dejará de alumbrar, la luna perderá su brillo, 25 las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. 26 Y verán venir al Hijo del Hombre en medio de las nubes con gran poder y gloria. 27 Enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28 Aprendan de este ejemplo de la higuera: cuando las ramas están tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. 29 Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que todo se acerca, que ya está a las puertas. 30 En verdad les digo que no pasará esta generación sin que ocurra todo eso. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32 Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, no lo sabe nadie, ni los ángeles en el Cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre.

1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos en este Evangelio?
El texto de hoy forma parte del capítulo 13 de san Marcos que se conoce como "el discurso escatológico de Jesús" porque vincula la destrucción del templo de Jerusalén con el fin de los tiempos y con la venida del hijo del hombre. 

El mismo se compone de tres partes: 
1) vv. 24-27: describe la venida del hijo del hombre. 
2) vv. 28-31: la parábola de la higuera. 
3) vv. 32-37 (sólo leemos el v. 32): la imposibilidad de saber la fecha del fin de los tiempos. 

La primera parte del texto comienza con una referencia a la gran tribulación que ha sido descrita en los versículos anteriores (cf. Mc 13,14-23). Pues bien, después de la misma seguirán unas perturbaciones cósmicas que afectarán al sol, la luna y las estrellas. Estas imágenes de perturbaciones cósmicas son propias de los textos apocalípticos bíblicos y extrabíblicos. Como fuentes de inspiración bíblicas tenemos: Is 13,10-11: "Porque los astros del cielo y sus constelaciones no irradiarán más su luz; el sol se oscurecerá al salir y la luna dejará de brillar. Yo castigaré al mundo por su maldad y a los malvados por su iniquidad. Pondré fin al orgullo de los arrogantes y humillaré la soberbia de los violentos". Is 34,4: "Se diluye todo el ejército del cielo, los cielos son enrollados como un pliego, y todo su ejército se marchita como se marchita el follaje de la vid, como cae marchita la hoja de la higuera". 

Tal vez convenga aclarar que todas estas imágenes y figuras son propias de un género literario, el apocalíptico, que las utiliza para decir o expresar lo que sucederá al final de los tiempos. Ahora bien, más allá de estas imágenes o figuras literarias, hay un tema de fondo que es la escatología, o sea lo referente al fin, a lo último. Para los estudiosos de la Biblia la escatología se entiende como lo referente a una intervención futura y definitiva de parte de Dios en favor de su pueblo. El mensaje escatológico es dominante en los libros proféticos, por ejemplo a través del anuncio del día de Yavé.

La preocupación por el fin del mundo, o sea por las cuestiones escatológicas, surgen más vivamente en tiempos de aflicción, marginación o persecución de los creyentes. Esto terrible experiencia de la destrucción de Jerusalén y el consiguiente exilio están en la raíz del pensamiento apocalíptico, el cual se vio potenciado luego por la opresión militar y cultural tanto del helenismo como de la dominación romana . Así, en medio de las tribulaciones, guerras y calamidades surge fuerte en el creyente la pregunta: ¿cuándo obrará Dios sus promesas? Y dado el contraste entre la situación presente y el mensaje de salvación, la esperanza de los piadosos se dirige a una futura transformación universal. La espera de este evento es el objeto de la literatura apocalíptica que florece principalmente entre el s. II a.C. y el s. II d.C. y que prevé que este mundo llegará a su fin en medio de terribles convulsiones. Los apocalípticos están obsesionados por este momento y recurren a todo tipo de cálculos para conocer cuándo será el fin. 

Así el juicio de Dios, que será el triunfo sobre las potencias del mal y el surgir del mundo nuevo, tiene su fecha fijada; y por esto en la apocalíptica los números tienen un gran papel. 
Por último, notemos que estás manifestaciones cósmicas son el preludio de la llegada del juicio de Dios, quien hará justicia y castigará a los pecadores. Así, en medio de esta convulsión cósmica – que al decir de J. Gnilka "su lenguaje se sitúa a medio camino de lo metafórico y de lo realista" – se verá aparecer al Hijo del hombre con mucho poder y gloria. 

En cuanto a la figura del "hijo del hombre", si nos remitimos al origen arameo de la expresión, su sentido estricto sería "el humano" o "el hombre". Pero aquí se encuentra una clara referencia a la expresión hijo del hombre en Dn 7,13-14: "Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás." 

Según los estudiosos en el libro de Daniel el título "hijo del hombre" tendría un sentido individual y colectivo a la vez por cuanto representaría a Israel que fue humillado por los dominadores helénicos pero que será exaltado por Dios y constituido en un reino eterno. En la literatura intertestamentaria, especialmente en 1Henoc y 4Esdras, se lo interpreta con sentido individual y mesiánico. En esto última se inspiraría su utilización por parte de Jesús, pero dándole un sentido propio y exclusivo. En efecto "Jesús prefiere este título al de Mesías, por ser menos político, por tener un carácter individual-corporativo y por aludir al carácter humano de su obra, por una parte y, por otra, al carácter de enviado escatológico vindicado por Dios". 

En síntesis: "Marcos refuerza su interpretación de la tardanza del ésjaton afirmando ahora la imposibilidad de determinar exactamente cuándo ocurrirá. En los vv. 28-37 Marcos pone una conclusión parenética al discurso. En su actual posición redaccional en el capítulo la parábola de la higuera y su explicación en el v. 30 se refieren a las señales y al fin. El evangelista le dice a su comunidad que el fin estará precedido por señales (vv. 5-23) y por la venida en gloria del Hijo del hombre (vv. 24-27). Solamente después (cf. kai tóte en v.26) los ángeles serán enviados a recoger a los eklektoí marcando de esta manera el fin de la historia -"el cielo y la tierra pasarán"- y el comienzo del Reino de Dios. Los vv. 32-37, también una parábola y su aclaración, comunican la idea de que aunque es posible anticipar la proximidad del ésjaton por las señales (cf. ginóskete en vv. 28-29) es imposible determinar con total precisión el día y la hora de su realización final"  

2.¿Què mensaje nos trae este pasaje y què compromiso nos pide hoy, el Señor?
Este domingo es para la Iglesia el último domingo del año litúrgico. El proximo domingo celebramos la fiesta de Cristo Rey y dentro de quince días comenzaremos el tiempo de Adviento, que son cuatro domingos con los que la Igelsia toda se prepara para celebrar la Navidad de nuestro Señor. El año litúrgico está terminando y es por eso que las lecturasque hemos escuchado nos hablan del fin de los tiempos.

La palabra de Dios hoy nos invita a examninar una de las realidades fundamentales de nuestra vida: el furuto de todos nosotros y el futuro de cada uno. ¿Cuál es nuestro futuro? ¿hacia dónde vamos? Seguramente que cada uno de los que estamos aqúi tenemos una diferente coneción del futuro y cada uno espera determinadas cosas. Es verdad, también, que hay personas que rechazan el futuro, que no quieren pensar en él. Le tienen miendo al futuro. Pero por más que lo rechacen marchan irremediablemente hacia él. El futuro nos llega y nos está llegando cada día que pasa.

Hay personas que no quieren pensar en el futor porque consideran que "todo tiempo pasado fue mejor" y que el futuro será desastroso. Viven de nostalgias y de recuerdos. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice que el futuro para el mndo será la venidad del Hijo del Hombre, es decir, la venidad del Sñoer con todo su poder y toda su gloria. 

En el evangelio nos ha dicho Jesús: "En este tiempo, después de una terrible tribulación, se producirá una catástrofe cósmica". Es preciso que sepamos entender este lenguaje. Jesús está hablando un lenguaje que en su tiempo era muy utilizado y se llamaba apocalíptico. Pero en resumen lo que nos quiere decir es que todo tiempo de la historia, nuestro tiempo, está marcado por tribulaciones y grandes catástrofes, pero que llegará un día en el que vendrá el Hijo del hombre sobre el mundo y reunirá a sus escogidos para relaizar la salvación última y definitiva.

O sea, que lo que nos anuncia como futuro la palabra de Dios no es el fin del mundo como tal, sino la salvación definitiva que ya comenzó, que ya se está realizando en el corazón de todo creyente, pero que todavía no ha culminado.  No quiere decir que Dios destruirá el mundo, sino que lo transformará. Por eso, en sentido propio no debemos hablar de fin del mundo, sino de fin del actual estado de cosas marcados por la violencia, el sufrimiento, las tribulaciones, las catástrofes y la muerte. Esta situación tendrá su fin y vendrá el Hijo del hombre para establecer la paz definitiva, el reino de la verdad y del amor, o sea, el Reino del Dios. Así pues, el futuro para el cristiano, el futuro de la Iglesia, el futuro que nos anuncia la Palabra de Dios es la salvación. De esto eran muy conscienteslos cristianos de los tiempos primitivos, pro lo cual tenían una oración con la que rogaban insistentemente la venida del Señro. Ellos decían: "Marana-ta": !Ven, Señor Jesús!


3.- ¿Que respuesta le voy a dar hoy al Señor?

  • ¿Estoy realmente preparado para la venida del Señor?
  • ¿Estoy consciente de que la Parusía es real aunque no sepamos cuando ocurrirá?
  • ¿Le considero a la Palabra de Dios como palabra de vida, una palabra que no pasará? 


Fuente:  Varios autores
Síntesis: Jorge Mogrovejo M.

Comentario al Evangelio del Domingo 27 de marzo del 2022

 IV Domingo de Cuaresma. 28/03/2022 Pericopa: Lc 15,1-3.11-32  En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para es...