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domingo, 1 de septiembre de 2019

Comentario al Evangelio del XXII Domingo de Tiempo Ordinario (1 de Septiembre del 2019)


DOMINGO XXII Ciclo C 1 SEPTIEMBRE 2019
Evangelio: Lc 14,1-14
Un sábado que entró a comer en casa de un jefe de fariseos, ellos lo vigilaban. Observando cómo elegían los puestos de honor, dijo a los invitados la siguiente parábola: Cuando alguien te invite a una boda, no ocupes el primer puesto; no sea que haya otro invitado más importante que tú y el que los invitó a los dos vaya a decirte que le cedas el puesto al otro. Entonces, lleno de vergüenza, tendrás que ocupar el último puesto. Cuando te inviten, ve y ocupa el último puesto. Así, cuando llegue el que te invitó, te dirá: Amigo, acércate más. Y quedarás honrado en presencia de todos los invitados. Porque quien se engrandece será humillado, y quien se humilla será engrandecido. Al que lo había invitado le dijo: Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos; porque ellos a su vez te invitarán y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, mancos, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque ellos no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos.
1.- ¿Qué nos quiere decir Lucas en este pasaje?
En la lectura del evangelio de Lucas, en los domingos anteriores, Jesús ha ido sembrando la semilla del Reino que genera una verdadera revolución social frente al estilo de vida de sus paisanos.
Jesús, hoy, se hace presente en una comida, pues en torno a la comida, se viven los grandes valores de las relaciones sociales. No es solo el hecho “funcional” de alimentarse. En la comida compartida se ejerce la hospitalidad, se teje la amistad, se experimenta la gracia del compartir, se abre el corazón a los demás. Los grandes impulsos internos del amor siempre pasan por la mesa.
Jesús hizo de la mesa un espacio de evangelización y de construcción de la comunidad. No sólo compartió la mesa con los pecadores, con el pueblo, con sus amigos y discípulos, sino también con los fariseos, sus adversarios que tanto lo observaban y lo criticaban.
Llama la atención que Jesús, esta vez, esté en casa de un representante de lo más alto de la sociedad judía de su tiempo. Su anfitrión es “uno de los jefes de los fariseos”. Jesús también evangeliza estos “altos niveles” de la sociedad entrando hasta el comedor de sus propias casas.
A partir del análisis de dos puntos importantes del mundo de la etiqueta en los banquetes, la distribución de los puestos en la mesa y la lista de los invitados, Jesús saca dos lecciones importantes para la vida de sus discípulos. Los valores de la sociedad son puestos en evidencia por los convidados que escogían los primeros puestos. Jesús no cuestiona la imagen del banquete, sino las normas que lo rigen, invirtiendo la escala de valores sociales. Después de hablar a todos, a partir del comportamiento de los comensales, Jesús se dirige al anfitrión del banquete. En su enseñanza, Jesús hace un paralelo:
En una primera columna coloca lo que “no” se debe hacer. En la segunda describe el comportamiento deseable. En la primera lista aparecen cuatro grupos: “los amigos, los hermanos, los parientes y los vecinos ricos”. Los cuatro miembros del primer grupo, están trabados por lazos de amistad, parentela, afinidad y riqueza. Son las ataduras que sostienen toda la sociedad clasista en detrimento de los demás. Constituyen las redes de todo poder instalado que se protege. Normalmente las relaciones se establecen con personas que están al mismo nivel. La comunión aquí se fundamenta en la posibilidad del intercambio. Con este criterio, el círculo de los invitados se reduce, llegando al exclusivismo: los pobres quedan automáticamente excluidos.
En la segunda lista, la que Jesús recomienda, la invitación se dirige a todos aquellos que las circunstancias de la vida han marginado: “Los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos”. La marginación es la única atadura que une a este grupo. Son el rechazo de la sociedad, que no tienen como corresponder con otra invitación en la tierra, sino que será Dios quien lo hará en la resurrección.
Llama la atención que Jesús colocó dentro de esta lista, después de los pobres, tres grupos de enfermos: “lisiados, cojos y ciegos” que eran los totalmente excluidos de la vida social y comunitaria.
Jesús no está queriendo decir que no haya que comer con los familiares ni con los amigos. A lo que se opone rotundamente es al exclusivismo y a la marginación de los más desfavorecidos. Hay que vencer el exclusivismo derribando los muros y los círculos cerrados en las relaciones humanas. Hay que vencer la repugnancia y los prejuicios, para abrir el espacio a todos, especialmente a los abandonados, los que sufren, y acogerlos con amor, haciéndolos parte de nuestra propia vida. Jesús subrayan que la gran novedad, del Reino, exige superar el egoísmo que pretende convertirnos en el centro de la vida de los otros: “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será exaltado”. Quien busca solamente su justicia, su ventja y plenitud, no ha entendido la novedosa verdad de Jesús:  Sólo quien da sin calcular, el que se entrega por los otros alcanzará su grandeza
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor?
            La lucha por lo mejor ha sido siempre origen de conflictos, porque se hace a expensas de los demás. La lucha por lo mejor no es simplemente un “más”, sino un “más que”: ser más que el otro, tener más que los otros, figurar más que los otros, que deben ser menos.
            Frente a este estilo de vida, nos deja desconcertados la libertad de Jesús para criticar a los invitados que buscan los primeros puestos, y para sugerir al que lo ha invitado a quiénes ha de invitar en adelante. A los que entran en la dinámica del reino de Dios buscando un mundo más humano y fraterno, Jesús les recuerda que la acogida a los pobres y desamparados ha de ser anterior a las relaciones interesadas y los convencionalismos sociales: que los que menos tienen, tengan todo lo necesario para vivir con dignidad, como personas que son.
El camino de la gratuidad es siempre difícil, pero es necesario aprender a dar sin esperar, a perdonar sin exigir, a ser pacientes con las personas poco agradables, a ayudar pensando solo en el otro: Siempre es posible recortar un poco nuestros intereses, renunciar a pequeñas ventajas, poner alegría en la vida del que está necesitado, regalar algo de nuestro tiempo sin reservarlo siempre para nosotros, colaborar en pequeños servicios gratuitos.
            Hace algunos años se hablaba mucho de la “opción preferencial por los pobres”, aunque para algunos la “opción por los pobres” era un lenguaje peligroso. Parecía que los cristianos habían comprendido de verdad, la llamada del evangelio a vivir pensando en los más necesitados. La “opción por los pobres” fue una consigna que marcó la predicación y la acción pastoral de Jesús. Lucas nos presenta sus palabras: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte, ya te pagarán cuando resuciten los justos”.
¿Cuándo tomaremos en serio estas palabras tan provocativas de Jesús? El, pide invitar a los excluidos, a los marginados y desamparados. Lo prioritario para quien sigue de cerca de Jesús no es privilegiar la relación con los ricos, ni atender las obligaciones familiares o los convencionalismos sociales, sino preocuparse de los pobres. Una vez que hemos escuchado de labios de Jesús “su opción por los pobres”, no podemos eludir nuestra responsabilidad.
            Jesús vivió un estilo de vida diferente. Para seguirle con sinceridad hay que asumir su estilo de vida nueva y revolucionaria, en contradicción con el comportamiento “normal” de nuestra sociedad. Se nos invita a actuar desde una actitud de gratuidad y de atención al pobre, que no es habitual en nuestra sociedad de consumo. Jesús piensa en unas relaciones humanas basadas en un nuevo espíritu de liberad, gratuidad y amor fraterno. Un espíritu que contradice el comportamiento normal del sistema social, que sigue fabricando pobres en su afán acaparar los recursos económicos cada vez en menos manos: porque lo que les falta a unos, es lo que han acumulado los otros.
Los seguidores de Jesús hemos de sentirnos llamados a prolongar su estilo de vida, aunque sea con gestos modestos y sencillos. Nuestra misión es introducir en la historia ese espíritu nuevo contradiciendo la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. No lograremos cambios espectaculares, pero con nuestra actuación solidaria, gratuita y fraterna cuestionaremos el comportamiento egoísta como algo indigno de una convivencia humana sana. El que sigue de cerca a Jesús sabe que su actuación resulta absurda, incómoda e intolerante para la lógica de la mayoría. Pero sabe también que sus pequeños gestos están implantando el Reino con su nueva escala de valores
            La sociedad actual produce un tipo de persona insolidaria, consumista, de corazón pequeño y horizonte estrecho, incapaz de generosidad. Es difícil ver gestos gratuitos. Por eso nos resulta duro escuchar la invitación desconcertante de Jesús: “Cuando des una comida, invita a los pobres”.
Jesús nos invita reflexionar sobre la verdad última de nuestra conducta. Amar al que nos ama y ser amable con el que es amable con nosotros puede ser todavía el comportamiento normal de una persona egoísta, que siempre busca su propio interés, amando mucho a quien le ama mucho.
            Jesús buscaba una sociedad en la que todos piensen en los más débiles e indefensos. Una sociedad diferente y nueva en la que debemos aprender a amar, no a quien mejor nos paga, sino a quien más nos necesita. ¿Nos acercamos a los demás, para dar, o esperando recibir?
            Jesús se atreve a decir al fariseo que lo ha invitado: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte”. Se nos hace difícil entender estas palabras, pues el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño e incomprensible.
Hay en este pasaje evangélico una bienaventuranza de la que hemos hablado poco los cristianos: “¡Dichoso tú si no pueden pagarte!” Esta bienaventuranza ha quedado tan olvidada que muchos cristianos no han oído hablar nunca de ella. Sin embargo, contiene un mensaje muy querido por Jesús. Al estar separada del bloque de las bienaventuranzas que hemos aprendido y como perdida en el evangelio, no la hemos tomado muy en cuenta y con frecuencia la hemos olvidado.
¿Nos sentimos desconcertados e interpelados cuando escuchamos estas palabras? Jesús nos invita a actuar desde una actitud de gratuidad y de comunión solidaria con el pobre, opuesta totalmente a la lógica de quien busca destacar, ser reconocido, acumular, aprovecharse o excluir a los demás de la propia riqueza. Se nos llama a compartir nuestros bienes gratis, sin esperar recompensa. Se nos proponen unas relaciones humanas basadas en un nuevo espíritu de libertad, gratitud y amor, que están en contradicción con la práctica y el comportamiento normal del sistema.
Se nos hace difícil entender estas palabras porque el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño y, en cierta manera incomprensible. Estamos olvidando lo que es vivir gratuitamente y no acertamos ya ni a dar, ni a darnos. Hemos construido una sociedad donde predomina el intercambio, el provecho y el interés. En nuestra “civilización del tener” y del “bien vivir”, casi nada es gratuito. Todo se comercia, se presta, se debe o se exige. Nadie cree que es mejor dar que recibir. Solo sabemos prestar servicios remunerados y cobrar intereses de diversas maneras por todo lo que hacemos. No es fácil vivir de manera des-interesada hoy día. Vivir la gratuidad es duro y difícil, y supone ir contracorriente. Pero ese es el único camino para poder seguir a Jesús.
La vida verdadera no se gana por ganar un simple honor. Ni una persona es grande por cuando busca simplemente su grandeza. La vida se gana en el servicio hacia los otros. La grandeza verdadera es siempre efecto, expresión, del don que se ofrece a los demás y se recibe de los otros.
Jesús añade que, en la fiesta de la vida, la ley definitiva nunca puede ser el intercambio: “Te doy para que me des”, “te invito para que me invites”. Esta actitud convierte el mundo en negocio. Frente a ello el mundo de Jesús está centrado en el amor que da sin esperar recompensa. Jesús subraya: Invita a los que nunca pueden recompensarte. Cuando actúes de esa forma tendrás la impresión de que has perdido, pero estás creando en torno a ti una imagen del Reino. Cristo te asegura que tu gesto es decisivo y lleva la verdad del Reino.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy, al Señor?

  • ¿Con qué criterio selecciono a los invitados a mis fiestas?
  • ¿Qué nueva cultura de las relaciones sociales propone Jesús?
  • ¿Mi grupo o mi comunidad cristiana tienen ese estilo?
  • ¿Qué voy a dar, o como voy a darme desde hoy a los demás?


Fuente: P. Felipe Mayordomo Álvarez sdb.
Transcripcion: Jorge Mogrovejo M. 

domingo, 3 de marzo de 2019

Comentario al Evangelio del VIII Domingo de Tiempo Ordinario (3 de Marzo del 2019)


Domingo VII Ciclo C 3 de Marzo 2019
Evangelio Lc 6,27-38
                A ustedes que me escuchan yo les digo: Amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica; da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames.  Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a sus amigos. Si hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen. Si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan para recobrar otro tanto. Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, que es generoso con ingratos y malvados. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante. Porque con la medida que ustedes midan serán medidos.
1.- ¿Qué nos quiere decir Lucas en este evangelio?
            El Evangelio de hoy es la continuación de los ejemplos del domingo pasado y debemos leerlo a la luz de las Bienaventuranzas. El amor a los enemigos es el núcleo más original y revolucionario, es el culmen del Evangelio. Tanto por las exigencias que representan ese salto cualitativo en la escala de valores, como por las motivaciones que nos ofrece: “sean perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, y “así serán hijos de vuestro Padre del cielo”.

            El estudio de este pasaje nos sitúa en el centro del evangelio de Jesús y nos descubre el verdadero sentido de Dios y de la vida de los hombres. El judaísmo ofrecía una norma de justicia para tratar a cada uno según su comportamiento. El marxismo, con su dialéctica de la revolución, practica la destrucción del enemigo para alcanzar la armonía final. En todos los sistemas políticos se defiende el interés de los grupos de poder sobre el derecho de los pobres. Y a todo nivel, el egoísmo humano, tan arraigado en el corazón, vive el amor a los demás solo cuando representa un valor para su propia vida.

            Frente a estas concepciones, el evangelio de Jesús nos ofrece un ideal de nitidez y fuerza escalofriante: “Amen a sus enemigos”. Jesús reconduce los mandamientos a su raíz y su objetivo último: el servicio a la vida, a la justicia, al amor, a la verdad. No opone a la Ley antigua unanueva ley, sino que la transforma y la lleva a una radicalidad sin precedentes, rompiendo todos los moldes y criterios humanos. En el centro de este pasaje del “Sermón de la llanura” está el respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aún camuflado de artificio legal, atente contra la dignidad del ser humano.



            Es muy duro lo que nos pide Jesús. Si nos hubiera dicho que no  devolvamos mal por mal, que no nos venguemos, o que no recurramos a la violencia. O incluso que perdonemos, como en el caso de David…. Pero Jesús nos pide que perdonemos a nuestros enemigos. Su enseñanza nos interpela y nos invita cambiar nuestro estilo de vida. El odio y el rencor son malos consejeros y pueden bloquear el corazón. La no-violencia es la única respuesta para romper la escala de odio y deseo de venganza   

            Las leyes humanas fueron humanizando el trato con el enemigo desde (Gn 4,24), con un 77x 1, que hace justicia con 77 muertos por 1 muerto. En (Gn 4,15), con 7x1, ya es menos duro el castigo. La Ley del Talión del Código de Hammurabi, rey de Babilonia, hacia el año 1760 a.C. frena la violencia, pone límite a la venganza y hace más humana, la convivencia exigiendo que el castigo no sobrepase la ofensa.


¿No será utópica una sociedad sin esta ley? En realidad, la ley del Talión ha existido en todas las culturas, como mecanismo para que la sociedad controle el caos de una violencia indiscriminada. Su cruda aplicación ha desaparecido de nuestro mundo actual, pero la ley del Talión, por más sofisticada que se muestre en nuestros comportamientos individuales o en los códigos legales, sigue vigente y es considerada necesaria para asegurar una aceptable convivencia humana. Esta violencia legalizada y más o menos controlada parece ser la única respuesta para hacer frente a todo otro tipo de violencia que amenace al individuo, o a la colectividad. Un ejemplo de estas contradicciones, es la pena de muerte.

Jesús propone la subversión de este principio porque corrompe las relaciones de las personas entre sí y con Dios. Este cambio radical sólo podrá partir de la fuerza creadora del amor y será la única respuesta que pondrá fin a toda violencia. No sólo se trata de una no-violencia pasiva, sino activa: “amad a vuestros enemigos”. Esta es la utopía evangélica que propone el Sermón de la Llanura: el amor a todos, tal y como es el amor de vuestro Padre del cielo. El amor no tiene límites como no tiene límites la perfección a la que debemos aspirar. Este ideal de convivencia humana no se basa en la pura filantropía humana, ni por la afinidad temperamental, sino por la imitación de Dios: “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo”. Imitando de esta manera a Dios podremos crear una sociedad justa, radicalmente nueva, marcada por el mandamiento nuevo: Que nos amemos como Cristo nos amó.

Amar sin esperar respuesta, dar sin esperar recompensa, devolver con bien los males recibidos es algo tan novedoso que los primeros cristianos tomaron una palabra griega, “Ágape” para expresar ese contenido. Ágape, amor, para los griegos, consistía en aspirar a la propia plenitud humana. Pero, los cristianos, cambiaron el contenido de la palabra: el amor no es aspirar a la propia plenitud humana, sino, amor es el sacrificio de dar la vida por los otros. Amar es comprometerse a hacer feliz a la persona amada.

Desde esta perspectiva, el amor al enemigo no es un dato marginal, sino el centro del amor cristiano. Todas las demás actitudes esconden egoísmo y búsqueda del propio yo a través de los demás. Sólo cuando se da sin esperar recompensa, cuando se ama sin que el otro lo merezca, cuando se pierde para que el otro gane, sólo entonces se ha llegado comprender y asumir el misterio del amor que nos enseña y nos ofrece Cristo. Vivir esta realidad significaría la verdadera revolución de nuestra historia.
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor?
Tal vez nos parezca que nuestra sociedad aún no está preparada para que la ley evangélica del amor sustituya a la Ley del Talión; pero precisamente porque hemos tocado fondo en los horrores de la violencia y porque la violencia se ha institucionalizado, Jesús nos invita, hoy, a poner en práctica la utopía del amor evangélico como levadura que producirá el cambio: “si te dan una bofetada …  si te quitan” … Las respuestas podrán parecer absurdas; pero solo ellas llevan en sí el poder de cambiar el mundo.

Cuando nos sentimos ofendidos, tenemos una doble opción: o adoptar una postura de venganza más o menos declarada, o perdonar, asumiendo con humildad todo lo que haya habido de ofensa. Esta página de Lucas tiene el inconveniente que se entiende demasiado, pero resulta difícil llevarla a la práctica. Por eso Jesús nos avisa de que “la medida que usemos la usarán con nosotros”. Si pedimos que nos perdone como nosotros perdonamos, deberemos imitar en nuestra vida, su corazón misericordioso. 

            El amor a los enemigos nos señala la voluntad de Dios y la cima de perfección a la que se nos invita. No podemos quedarnos en una lectura literal de los textos, sin entender y asumir el espíritu radical de las palabras de Jesús que invitan a salir de la mezquina dinámica de la venganza y los mínimos morales y entrar en la generosa dinámica del amor sin fronteras ni límites.

            Jesús nos invita a renunciar a toda violencia, no a la acción de la justicia. La no-violencia no se identifica con la no-justicia.  Los derechos humanos son irrenunciables porque marcan los límites de la convivencia humana. Debemos descubrir el mensaje del Evangelio, sin confundirlo con el lenguaje y sin interpretar ciertas expresiones verbales al pie de la letra. Jesús reclamó sus derechos cuando en el juicio ante Caifás, le abofetearon. No presentó la otra mejilla, sino que reclamó: “por qué me pegas”. No toleró la hipocresía de los que llamó “sepulcros banqueados”, ni la frivolidad de Herodes a quien llamó “zorro”.

            Lo que Jesús quiere subrayar es que el mal no se elimina sumando otro mal, sino con el contrapeso del bien: con el amor, el perdón y también con la justicia. Mirar hacia dentro del corazón, donde brotan los sentimientos de “autodefensa”, para compararlos con el ideal evangélico. Nos parece normal el “ojo por ojo” para responder con violencia a la violencia; pero la violencia genera más violencia. “Ganarse un enemigo es la mejor manera de destruir un enemigo”.

            Lo importante es saber qué es lo que se pide y qué no se pide cuando se manda amar a los enemigos. Los sentimientos no los podemos controlar, se escapan de nuestra libertad; pero sí podemos controlar las ideas, los pensamientos. Aunque mi corazón esté lleno de sentimientos de venganza, yo puedo, libremente, pensar en perdonar, y perdonar. Y como amor y perdón son convertibles, el que ama está dispuesto a perdonar y el que perdona es porque ama. Perdonar al enemigo es ya amarle, aunque los sentimientos vayan en otra dirección, por no ser libres. Se nos pide superar la ley del Talión que es una formulación de las exigencias de los reflejos puramente humanos, y se nos pide crear reflejos divinos que no buscan la revancha pero que tampoco excluyen, ni renuncian a los procedimientos conducentes al restablecimiento de la justicia, el orden o la seguridad.

Al enemigo: al violento, al asesino, al preso político no lo rehabilitamos quitándole la vida, sino ayudándole a rehacerla, dándole otra oportunidad. Los derechos humanos nos dicen cómo tratarlos, como encarcelarlos, juzgarlos y castigarlos para que se rehabiliten, pero sin matarlos.

Jesús nos enseñó a perdonar con su ejemplo: Él perdonó, y pidió perdón en la cruz para sus verdugos. Y después de resucitado no habló de revancha ni abrió proceso contra su ejecutores y jueces. Tampoco echó en cara a sus apóstoles su infidelidad, sino su incredulidad. No les dejó abandonados, no eligió otros discípulos. Se apareció a ellos mismos y los eligió de nuevo.

            Amar al enemigo, no nos exige introducirle en el círculo íntimo de nuestras amistades; pero sí aceptarlo como persona, aunque haya perdido el derecho de ser tratado con justicia y humanidad. Amar al enemigo, no significa tolerar las injusticias y retirarse cómodamente de la lucha contra el mal, sino combatir la injusticia y el mal sin destruir al adversario, porque a pesar de todo es una persona, haya hecho lo que haya hecho, reaccione como reaccione. Este es el campo de los derechos humanos que nos señalan las exigencias del amor a los enemigos y del respeto que todo ser humano se merece.

            El criterio para verificar el amor cristiano no son las palabras afables, sino el comportamiento solícito y humanitario por el otro. El amor cristiano, que nace del corazón de la persona como expresión del amor del Padre, no sólo hace el bien, sino que lo hace bien, con cariño. Amar al prójimo es aceptarlo como es y respetarlo: descubrir lo bueno que hay en él, y hacerle sentir nuestra cogida nuestro respeto.

            Frente a la profunda crisis de valores que vive nuestra sociedad, el Evangelio nos pide un cambio y un salto cualitativo de valores. Entendiendo por valores aquellas creencias o convicciones que motivan nuestra vida y nos ayudan a conocer y discernir lo que es bueno y lo que es malo; lo que da sentido auténtico a nuestra existencia y lo que debe marcar las pautas de nuestra conducta.

            Los valores que configuran nuestra sociedad: el dinero, el placer, el triunfo sobre los demás, la lucha poder y el bienestar material, crean un clima de agresividad, de envidia, de violencia y de venganza, como medios para conseguir esos objetivos y como consecuencias de esa lucha para conseguirlos

La calidad de nuestra vida depende del nivel de los valores que hemos asumido. La propuesta de Jesús no es de “mínimos”, sino de
“máximos”. No vino a bajar e listón de las exigencias morales, sino a ponerlo a la altura de la persona auténticamente humana creada a imagen y semejanza de Dios.

El Evangelio no nos ofrece soluciones técnicas para solucionar los conflictos, pero nos ayuda a descubrir con qué actitudes debemos abordarlos. El otro no es un enemigo. Es un ser humano, alguien que salió de las manos de Dios para disfrutar de una vida plena, como yo. El enemigo empieza a ser otra totalmente diferente de cómo lo veíamos, cuando le aceptamos y le tratamos como persona.

“Debemos abstenernos e toda violencia de los puños, lengua y corazón” M. Lutero King.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar al Señor, hoy?
  • ¿Seremos demasiado generosos si tratamos a los enemigos como a seres humanos, respetando sus derechos? ¿El Evangelio no nos pide ir un poco más allá?
  • Pero, ¿cómo tratamos a los que no son enemigos y viven a mi lado?
  • Hacer una escala de valores para ver cómo vamos a tratar a los que viven a nuestro lado.
Autor: Varios
Transcripcion: Jorge Mogrovejo

viernes, 10 de agosto de 2018

Comentario al Evangelio del XIX Domingo de Tiempo Ordinario (12 de Agosto del 2018)


DOMINGO XIX B 12 Agosto 2018

Evangelio Según San Jn 6,41-51

Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? Jesús les dijo: No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. 

1.- ¿Qué nos quiere decir Juan en este evangelio?

El evangelio este domingo continúa el discurso y la polémica sobre el pan de vida. El evangelista no pierde ninguna oportunidad para establecer la conexión la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida. Juan nos coloca frente a frente con Jesús en su realidad humana, en cuanto “Verbo hecho Carne”, y en su realidad divina, en cuanto Pan “bajado del cielo”. En medio de estos dos polos, el de la divinidad y el de la humanidad, se coloca una vez más el término “Pan”, que adquiere ahora un sentido más profundo. 

La Palabra (=Verbo) se hace “carne” y la “carne” se ofrece como el “pan”. Así como Dios actúa desde el cielo para vivificar el mundo, en la Eucaristía se encuentra el doble movimiento: El de la oblación sacrificial de Jesús que va camino hacia el Padre, y en esa entrega pone al hombre en la dirección de la comunión de vida con Dios. Y el don del Padre que, ofrece a su querido Hijo para salvar al mundo. 

Pero frente a esta “revelación” cuenta mucho la actitud de parte de la persona. En el pasaje que leemos este domingo notamos un giro importante. La multitud buscadora, sedienta de conocimiento de Dios, a la que Jesús llevó pedagógicamente a esta toma de conciencia, se comporta ahora como los judíos incrédulos de otros tiempos en el desierto, cuando ponían en duda la capacidad de Dios para salvarlos. 

Jesús acababa de presentarse como el “Pan de la Vida” y dice claramente que su misión de “dar la vida”, que viene del Padre: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”. Y que después se presentará como el “Pan bajado del Cielo 

El evangelista hace notar que los oyentes de la catequesis no comprenden que el término “pan” es sinónimo de “Palabra” identificada con Jesús, que al “escucharla” se convierte en invitación a la cena, en asimilación, en nutrición, en vida y resurrección. 

En Juan, la bellísima expresión “Pan de Vida”, significa ante todo “Palabra que hay que acoger (=creer) y en encarnar (=comer)”, su verdadero sentido es “Pan de vida = Palabra hecha carne”. La palabra griega “carne” que utiliza Juan en este pasaje es la misma que utiliza para designar la encarnación. El Logos-Palabra se hizo “carne”. La eucaristía es la prolongación de la encarnación. 

Los términos del pasaje que nos ofrece la liturgia de este domingo, nos muestran que la Eucaristía, “Pan vivo bajado del cielo”, acogida en el hoy de nuestra fe, nos coloca de manera permanente frente a la gran riqueza de la persona de Jesús y de la totalidad de su obra en el mundo. Porque, la Eucaristía es una síntesis del Evangelio. 

La catequesis sobre el “Pan de Vida” nos coloca ante una cascada de sentimientos, de imágenes, de afirmaciones cristológicas que hay que saborear una por una, para luego hacer la síntesis en el corazón. El capítulo 6 de Juan está construido de tal manera que nos involucra en la conversación que lo atraviesa del comienzo al fin, provocando también en nosotros un coloquio serio y profundo con Jesús. Este es un pasaje en el que el paso a la meditación y a la oración es casi inmediato. Las partes del capítulo están conectadas por siete preguntas y dos afirmaciones fuertes que articulan una confesión de fe: 

El pasaje de hoy corresponde a la cuarta pregunta: “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora ‘he bajado del cielo’?”. Ante la revelación sobre el origen de su vida y de su obra, comienzan una serie de preguntas contestatarias, calificadas por el evangelista de “murmuraciones”, término técnico de la Biblia para expresar las resistencias para creer. 

Pero es en este momento de crisis, Jesús va a dar nuevas indicaciones para que se pueda comprender la naturaleza de su persona y de su misión. Eso es lo que lo hace distinto y capaz de cumplir con la promesa de vida y de salvación que ha hecho. Con fuertes argumentos bíblicos Jesús no les deja a sus oyentes más que dos alternativas: aceptarle o rechazarle. Jesús es el don del “Pan-Palabra” que baja del cielo. Y es el don del “Pan-Carne” que se nos da en alimento. 

Por detrás de la objeción que le plantean a Jesús está el tema de la murmuración del pueblo de Israel en el camino del desierto durante el éxodo (Éxodo 15,24; 16,2.7.12; 17,3; Nm 11,1). Tampoco ahora reconocen a Jesús como el enviado del Padre. Se escandalizan por su origen humilde. 

Jesús responde así: la fe es, a final de cuentas, un don de Dios, en forma de enseñanza. Quien acoge esta enseñanza, se abre a Dios. Jesús cita Isaías 54,13. Las murmuraciones son el resultado de la resistencia, como ocurrió en el éxodo, para no dejarse conducir por Dios. 

El verbo “comer” ayuda a estructurar esta parte del discurso. Pasamos del acento existencial al acento sacramental-eucarístico. Aquí, la diferencia entre Moisés y Jesús es radical: El maná era simplemente un alimento material. Ahora Jesús mismo, es el verdadero maná que alimenta para la vida eterna. En la frase “Mi carne para la vida del mundo” hay que entender “carne” como el cuerpo de Jesús entregado en la Cruz. El “para”, término que también aparece en los relatos de la institución de la Eucaristía en los otros evangelios, señala el sentido de la muerte sacrificial de Jesús. 

2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor? 

Muchos de nosotros, nacidos en familias creyentes, bautizados a los pocos días de vida y educados en un ambiente cristiano, hemos respirado la fe de manera tan natural que podemos llegar a pensar que lo normal es ser creyente. Pero no nos damos cuenta de que la fe no es algo natural, sino un don. No son los no creyentes los extraños, sino que los que resultamos más extraños somos nosotros. 

El encuentro con increyentes, que manifiestan honradamente sus dudas e incertidumbres, nos puede ayudar hoy a los cristianos a vivir la fe de manera más realista y humilde, pero también con mayor gozo y agradecimiento. Los creyentes deberíamos escuchar hoy, de manera muy particular, las palabras de Jesús: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Más que llenar muestro corazón de críticas amargas, deberíamos abrirnos a la acción del Padre. Porque para creer es importante enfrentarse a la propia vida con sinceridad total, pero lo decisivo es dejarse guiar por la mano amorosa de ese Dios que conduce misericordiosamente nuestra vida. 

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto descorazonados: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”. La expresión “vida eterna” no significa una vida después de la muerte, sino una vida plena, de profundidad y calidad, que va más allá de nosotros mismos, porque ya es, desde ahora, una participación en la vida misma de Dios. 

La tarea más apasionante que tenemos, ante nosotros mismos, es la de vivir en plenitud humana, creciendo como personas. Porque los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir como personas es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. Quizá tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizás tengamos que atrevernos a vivir evangélicamente, pues hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, y una ternura que el mundo no puede dar. Una vida que solo alcanza a descubrir quien acierta a enraizar su vida en Jesucristo. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida, que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que vamos organizando la existencia de espaldas a Dios. Vivimos en una sociedad donde Dios ya no está de moda. Donde él ha quedado arrinconado en algún lugar muy secundario de nuestra vida como algo poco importante. Lo más fácil es vivir “pasando de Dios”. 

¿Qué puede significar hoy, para muchos, la invitación de Jesús a vivir como discípulos de Dios, escuchando lo que dice el Padre? No es que Dios no hable ya. Es que llenos de ruido, avidez de posesiones y autosuficiencia, no sabemos percibir la presencia del que habita entre nosotros, del que se ha hecho como nosotros, del que sigue dándose y encarnándose en el reverso de la historia. Cuando no se escucha la llamada de Dios es fácil escuchar los intereses egoístas de cada uno, las razones de la eficacia inmediata, el miedo de correr riesgos excesivos y la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo. 

El cristiano debe creer en Jesús y en sus palabras. Creer que él es el pan de la vida. Creer que vive en el pan roto y compartido, que es banquete de los pobres y botín de mendigos. Creer en los hechos de Dios que nos plenifican y nos dan vida. Creer en los hechos de Dios y de las personas entregadas. Creer que del cielo solo baja vida, utopía, solidaridad, paz y alimento. Creer en Jesús: en su humanidad, en su encarnación, en su señorío, en su presencia en nosotros. 

En la primera parte del discurso del pan de vida, el protagonista es el Padre, y se habla de la fe en cristo, de creer en Cristo, de creerle a Cristo. En la segunda parte se habla de la eucaristía. El protagonista es Jesús que da su carne y su sangre. Ya no se trata de “creer” en Jesús, sino de “comer” su carne. 

Necesitamos la fe para prepararnos al banquete eucarístico. Se nos invita a “creer” en Cristo antes de “comerle” sacramentalmente. El mismo Cristo nos prepara y nos abre el apetito para comer el pan eucarístico, partiendo abundantemente, para nosotros, el pan de la Palabra: si escuchamos las lecturas bíblicas como Palabra de Dios, y las aceptamos como norma de vida, porque creemos en él. 

La Eucaristía, “pan vivo bajado del cielo” y “carne para la vida del mundo”, destaca el realismo sacramental. Es un pasaje estrictamente eucarístico. Se habla de “comida” y “alimento”. Es necesario “comer la carne” y “beber la sangre”, que el evangelista insiste en que es verdadera comida y bebida. Frente a la confusión de sus discípulos, Jesús, no hizo ningún esfuerzo por suavizar su lenguaje tan duro y realista. No pidió disculpas por ser tan radical, sino que reafirmó su mensaje. Compartiendo la “carne real”, sacrificada y resucitada de Cristo y “su sangre” derramada en la cruz, la Iglesia se convierte en cuerpo de Cristo. 

La eucaristía tiene pleno sentido cuando se celebra en la fe y desde la fe. Y la fe, llega su sentido pleno, cuando desemboca en la eucaristía. Ambas deben conducir a la vida en Cristo: a creer en Cristo, a comer a Cristo, para vivir en Cristo, y vivir como Cristo. 

Porque es cena que invita a la relación estrecha y a la encarnación que nos asimila Cristo, la Eucaristía es ágape fraterno en el encuentro festivo de Jesús con el hombre pecador. Es una gran acción de gracias al Dios que da la vida, los frutos de la tierra y la comunión entre los hombres. Es el signo del entregarse del Hijo bajado del cielo en su camino hacia la casa del Padre y, por eso, redención y comienzo de la resurrección. Cada celebración eucarística debería ser una explosión de alegría y vivísima gratitud. 

Meditemos la oración de la primitiva Iglesia, en la “Didajé”, texto de finales del siglo I dC, reflejo de los antiguos rituales de los primeros cristianos, podría ayudarnos a darle a la vida sabor de eucaristía. 

3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy, Señor? 
  • ¿Qué mensaje me trae este pasaje del evangelio de hoy? 
  • Los domingos voy a oír misa, o ¿voy a alimentar mi fe con el Pan de la Palabra y mi vida con el Pan de la Eucaristía? 
  • ¿Cómo deberíamos celebrar nuestra Eucaristía dominical siguiendo estas reflexiones?


Autor: Varios
Sintesis: Jorge Mogrovejo M.

Comentario al Evangelio del Domingo 27 de marzo del 2022

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