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domingo, 9 de septiembre de 2018

Comentario al Evangelio del XXIII Domingo de Tiempo Ordinario (9 de Septiembre del 2018)

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario
9 de Septiembre del 2018
Evangelio según San Marcos 7,31-37

Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él.
El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua.
Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!»
Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.
Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.
Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

1. ¿Qué nos quiere decir Marcos en este pasaje de su Evangelio?

 La interpretación simbólica del milagro se ha impuesto en la exégesis del mismo; y con fundamento. En efecto, ya la profecía de Is 35,5 se refería principalmente a la sordera espiritual de Israel, es decir, a su cerrazón de corazón a la Palabra de Dios. Por ello el profeta anuncia que en un tiempo futuro Dios mismo abrirá los oídos del pueblo a su Palabra.  A su vez tenemos que recordar la estrecha vinculación entre el escuchar y el creer, fundamental para la tradición judeo-cristiana, como bien lo sintetiza San Pablo: "la fe viene de la audición" (Rom 10,17).   

Por tanto, teniendo en cuenta todo esto más la referencia geográfica a las regiones paganas, el sentido del milagro es la apertura a la fe, la gracia de poder creer en Jesús; y habiendo creído, proclamarlo, anunciarlo.  Al mismo tiempo podemos ver en esta curación una referencia a un mal profundo y muy difundido hoy: la incomunicación entre las personas. La enfermedad de la sordera y la tartamudez siempre han tenido, pero más aún en aquella época, serias consecuencias sociales, en particular el aislamiento fruto de la incapacidad de comunicarse. El evangelio lo denota en la pasividad del enfermo quien es conducido como si fuera un paralítico. Por tanto, la curación obrada por Jesús, al darle la posibilidad de creer, lo libera del "aislamiento del yo" que lo tenía en cierto modo prisionero y que le impedía comunicarse (de hecho el texto griego habla de soltar o liberar una cadena de la lengua). Al respecto decía el Papa Benedicto XVI: “esta pequeña palabra "effatá-ábrete", resume en sí misma toda la misión de Cristo. Él se hizo hombre para que el hombre, que se ha vuelto interiormente sordo y mudo por el pecado, fuese capaz de escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que le habla a su corazón, y así se aprende a hablar a la vez, el lenguaje del amor, a comunicarse con Dios y con los demás. Por esta razón, la palabra y el gesto del "Effatá" han sido incluidas en el Rito del Bautismo, como uno de los signos que explican el significado: el sacerdote tocando la boca y las orejas del recién bautizado, dice: "Effatá", orando para que pronto pueda escuchar la Palabra de Dios y profesar la fe. Por el Bautismo, el hombre comienza, por así decirlo, a "respirar" el Espíritu Santo, a quien Jesús había invocado del Padre con esa respiración profunda, para curar al sordomudo”.  

Por su parte, decía el Papa Francisco en el ángelus del domingo 6 de septiembre de 2015: “Se evidencian dos gestos de Jesús. Él toca las orejas y la lengua del sordomudo. Para restablecer la relación con ese hombre «bloqueado» en la comunicación, busca primero restablecer el contacto. Pero el milagro es un don que viene de lo alto, que Jesús implora al Padre; por eso, eleva los ojos al cielo y ordena: «¡Ábrete!». Y los oídos del sordo se abren, se desata el nudo de su lengua y comienza a hablar correctamente (cf. v. 35). La enseñanza que sacamos de este episodio es que Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia entre Él y nosotros, y sale a nuestro encuentro. Para realizar esta comunicación con el hombre, Dios se hace hombre: no le basta hablarnos a través de la ley y de los profetas, sino que se hace presente en la persona de su Hijo, la Palabra hecha carne. Jesús es el gran «constructor de puentes» que construye en sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre. Pero este Evangelio nos habla también de nosotros: a menudo nosotros estamos replegados y encerrados en nosotros mismos, y creamos muchas islas inaccesibles e inhóspitas. Incluso las relaciones humanas más elementales a veces crean realidades incapaces de apertura recíproca: la pareja cerrada, la familia cerrada, el grupo cerrado, la parroquia cerrada, la patria cerrada… Y esto no es de Dios. Esto es nuestro, es nuestro pecado”.                                                  

El Cardenal Martini ha escrito en su tiempo una carta pastoral sobre el tema de la comunicación y ha tomado como texto base el evangelio de este domingo. Justamente refiriéndose al sordomudo dice: "En este hombre que no sabe comunicarse y es lanzado por Jesús en el vórtice gozoso de una comunicación auténtica, podemos leer la parábola de nuestra difícil comunicación interpersonal, eclesial, social". Más adelante se pregunta por la raíz profunda de la incomunicación que nos lleva a ser una sociedad con una muchedumbre de soledades; y su respuesta es que en el fondo "se esconde una codicia y una concupiscencia de poseer al otro, como si fuera una cosa en nuestras manos para armar y desarmar a nuestro antojo, lo cual deja ver el ansia oscura de dominio". Ante esta realidad, la propuesta del Cardenal Martini es escuchar y contemplar a Dios, quien al comunicarse, nos hace capaces de comunicarnos. Sus palabras, entre muchas, son: "No hay nada que cure tanto el corazón como la contemplación de la comunicación divina en sus diversas formas […] Es Dios mismo quien viene a nuestro encuentro: él es comunicación, es capaz de sanar nuestros fracasos de comunicación y de llenarnos de la gracia de un flujo relacional sano y constructivo […] Toda la Biblia puede leerse, pues, como la historia del diálogo entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí […] La escucha creyente de la Palabra de Dios libera y unifica. Une también entre sí a aquellos que escuchan la misma Palabra, produciendo experiencias de auténtica comunicación"

En fin, el evangelio de este domingo, con la curación de un sordo mudo, nos ofrece la posibilidad de meditar sobre un tema tan vital como es el de la comunicación, tanto entre nosotros como con Dios. Se nos invita a tomar conciencia de que Dios ha roto el silencio y se ha comunicado con nosotros. Ser creyente, tener fe, es primeramente aceptar que Dios nos ha hablado y nos sigue hablando; que Dios ha tomado la iniciativa de comunicarse con nosotros para iniciar un diálogo de amistad. Porque nos hacemos amigos de alguien escuchando y hablando, compartiendo la vida. Y Jesús busca esto con nosotros cuando nos habla a través de los evangelios y de la vida. Pero puede sucedernos lo mismo que le pasó al pueblo de Israel a lo largo de muchos momentos de su historia: se comportó como un pueblo sordo, no escuchó la voz del Señor.   Entonces Jesús, además de hablarnos, tiene primero que curarnos de nuestra sordera, sacarnos de nuestro aislamiento egoísta que nos incomunica con Dios y con los demás. Esta fue la experiencia de San Agustín al convertirse, y nos la cuenta en sus Confesiones, donde le dice a Dios: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en Ti, nada serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume y respiré y suspiro por Ti. Gusté de Ti y siento hambre y sed. Me tocaste y me abraso en tu paz.”  Y no menos grave es la incomunicación que vivimos entre nosotros; pues aunque estamos en la era de los medios de comunicación con celulares, Whatsapp, Twitter, Instagram; sin embargo no vivimos una comunicación profunda y sincera con los demás. Por ello necesitamos que el Señor abra nuestros oídos; pero sobre todo nuestro corazón para una comunicación transparente con Dios y con nuestros hermanos. 

2. ¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso nos pide, hoy el Señor?
Los profetas de Israel usaban con frecuencia la «sordera» como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a su Dios. Israel «tiene oídos, pero no oye» lo que Dios le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchad y oíd” En este marco, las curaciones de sordos narradas por los evangelistas pueden ser leídas como «relatos de conversión» que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento. En concreto, Marcos ofrece en su relato matices muy sugerentes para trabajar esta conversión en las comunidades cristianas. El sordo vive ajeno a todos. No parece ser consciente de su estado. No hace nada por acercarse a quien lo puede curar. Por suerte para él, unos amigos se interesan por él y lo llevan hasta Jesús. Así ha de ser la comunidad cristiana: un grupo de hermanos y hermanas que se ayudan mutuamente para vivir en torno a Jesús dejándose curar por él. 

La curación de la sordera no es fácil. Jesús toma consigo al enfermo, se retira aparte y se concentra en él. Es necesario el recogimiento y la relación personal. Necesitamos en nuestros grupos cristianos un clima que permita un contacto más personal y vital de los creyentes con Jesús. La fe en Jesucristo nace y crece en esa relación con él. Jesús trabaja intensamente los oídos y la lengua del enfermo, pero no basta. Es necesario que el sordo colabore. Por eso, Jesús, después de levantar los ojos al cielo, buscando que el Padre se asocie a su trabajo curador, le grita al enfermo la primera palabra que ha de escuchar quien vive sordo a Jesús ya su evangelio: «Ábrete». Es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. No son momentos fáciles para su Iglesia. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada: desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia, no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. La fuerza sanadora de Jesús nos puede curar. 

Estos relatos son una invitación a dejarse trabajar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio. Vivir dentro de la Iglesia con mentalidad «abierta» o «cerrada» puede ser una cuestión de actitud mental o de posición práctica, fruto casi siempre de la propia estructura psicológica o de la formación recibida. Pero, cuando se trata de «abrirse» o «cerrarse» al Evangelio, el asunto es de importancia decisiva. Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, si no captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero entonces no sabremos anunciar la Buena Noticia de Jesús. Deformaremos su mensaje. A muchos se les hará difícil entender nuestro «evangelio». 

¿No necesitamos abrirnos a Jesús para dejarnos curar de nuestra sordera? NO CERRARNOS AL MISTERIO DE LA VIDA A. Camus ha descrito como pocos el vacío de la vida monótona de cada día. Escribe así en El mito de Sísifo: «Resulta que todos los decorados se vienen abajo. Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de taller, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, descanso, dormir, y el lunes-martes-miércoles-jueves-viernes-sábado, siempre el mismo ritmo, siguiendo el mismo camino de siempre. Un día surge el "porqué" y todo vuelve a comenzar en medio de ese cansancio teñido de admiración». No es difícil sintonizar con los sentimientos del escritor francés. A veces es la vida monótona de cada día la que nos plantea en toda su crudeza los interrogantes más hondos de nuestro ser: «Todo esto, ¿para qué? ¿Por qué vivo? ¿Vale la pena vivir así? ¿Tiene sentido esta vida?». 

El riesgo es siempre la huida. Encerrarnos en la ocupación de cada día sin más. Vivir sin interioridad. Caminar sin brújula. No reflexionar. Perder incluso el deseo de vivir con más hondura. No es tan difícil vivir así. Basta hacer lo que hacen casi todos. Seguir la corriente. Vivir de manera mecánica. Sustituir las exigencias más radicales del corazón por toda clase de «necesidades» superfluas. No escuchar ninguna otra voz. Permanecer sordos a cualquier llamada profunda. El relato de la curación del sordomudo es una llamada a la apertura y la comunicación. Aquel hombre sordo y mudo, encerrado en sí mismo, incapaz de salir de su aislamiento, ha de dejar que Jesús trabaje sus oídos y su lengua. La palabra de Jesús resuena también hoy como un imperativo para cada uno: «¡Ábrete!». Cuando no escucha los anhelos más humanos de su corazón, cuando no se abre al amor, cuando, en definitiva, se cierra al Misterio último que los creyentes llamamos «Dios», la persona se separa de la vida, se cierra a la gracia y ciega las fuentes que le podrían hacer vivir. 

SALIR DEL AISLAMIENTO 
La soledad se ha convertido en una de las plagas más graves de nuestra sociedad. Los hombres construyen puentes y autopistas para comunicarse con más rapidez. Lanzan satélites para transmitir toda clase de ondas entre los continentes. Se desarrolla la telefonía móvil y la comunicación por Internet. Pero muchas personas están cada vez más solas. El contacto humano se ha enfriado en muchos ámbitos de nuestra sociedad. La gente no se siente apenas responsable de los demás. Cada uno vive encerrado en su mundo. No es fácil el regalo de la verdadera amistad. Hay quienes han perdido la capacidad de llegar a un encuentro cálido, cordial, sincero. No son ya capaces de acoger y amar sinceramente a nadie, y no se sienten comprendidos ni amados por nadie. Se relacionan cada día con mucha gente, pero en realidad no se encuentran con nadie. Viven con el corazón bloqueado. su enfermedad, Jesús le pide su colaboración: «Ábrete». ¿No es esta la invitación que hemos de escuchar también hoy para rescatar nuestro corazón del aislamiento? Sin duda, las causas de esta falta de comunicación son muy diversas, pero, con frecuencia, tienen su raíz en nuestro pecado. Cuando actuamos egoístamente nos alejamos de los demás, nos separamos de la vida y nos encerramos en nosotros mismos. Queriendo defender nuestra propia libertad e independencia caemos en el riesgo de vivir cada vez más solos. Sin duda es bueno aprender nuevas técnicas de comunicación, pero hemos de aprender, antes que nada, a abrirnos a la amistad y al amor verdadero. El egoísmo, la desconfianza y la insolidaridad son también hoy lo que más nos separa y aísla a unos de otros. Por ello, la conversión al amor es camino indispensable para escapar de la soledad. El que se abre al amor al Padre y a los hermanos no está solo. Vive de manera solidaria. 

Hay muchas clases de soledad. Algunos viven forzosamente solos. Otros buscan la soledad porque desean «independencia» y no quieren estar «atados» por nada ni por nadie. Otros se sienten marginados, no tienen a quién confiar su vida, nadie espera nada de ellos. Algunos viven en compañía de muchas personas, pero se sienten solos e incomprendidos. Otros viven metidos en mil actividades, sin tiempo para experimentar la soledad en que se encuentran. Pero la soledad más profunda se da cuando falta la comunicación: cuando la persona no acierta ya a comunicarse; cuando a una familia no le une casi nada; cuando las personas solo se hablan superficialmente; cuando el individuo se aísla y rehúye todo encuentro verdadero con los demás. La falta de comunicación puede deberse a muchas causas. Pero hay sobre todo una actitud que impide de raíz toda comunicación, pues hunde a la persona en el aislamiento. Es el temor a confiar en los demás, el retraimiento, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarse dentro de uno mismo. Este retraimiento impide crecer. La persona «se aparta» de la vida. Vive como «encogida». No toma parte en la vida porque se niega a la comunicación. Su ser queda como congelado, sin expansionarse, sin desarrollar sus verdaderas posibilidades. La persona retraída no puede profundizar en la vida, no puede tampoco saborearla. No conoce el gozo del encuentro ni el disfrute compartido. Intenta «hacer su vida», una vida que ni es suya ni es vida. Cuanto más fomenta la soledad, la persona se va aislando en niveles cada vez más profundos, incapacitándose interiormente para todo encuentro. Llega un momento en que no acierta a comunicarse consigo misma ni con Dios. No tiene acceso a su mundo interior, ni sabe abrirse confiadamente al amor. Su vida se puebla de fantasmas y problemas irreales. La fe cristiana está siempre llamada a la comunicación y la apertura. El retraimiento y la incomunicación impiden su crecimiento. Es significativa la insistencia de los evangelios en destacar la actividad sanadora de Jesús, que hacía «oír a los sordos y hablar a los mudos», abriendo a las personas a la comunicación fraterna y a la confianza en el Padre de todos. El primer paso que hemos de dar para reavivar nuestra vida y despertar nuestra fe es abrimos con más confianza a Dios y a los demás. Escuchar interiormente las palabras de Jesús al sordomudo: Effetá, es decir, «Ábrete». 

3. ¿Qué respuesta le voy a dar hoy al Señor?

  • Los gestos y palabras con los que Jesús cura al sordomudo ¿cómo te ayudan a profundizar en el misterio de su persona? ¿Qué rostro de Dios nos revelan?
  • Jesús se hace portador de la salvación de Dios en un territorio pagano, y por lo tanto, marginado social y religiosamente ¿Qué te sugiere este modo de actuar para tu compromiso Evangelizador?
  • ¿Qué esperanzas despierta este Evangelio en mi vida?
  • ¿Cómo puedo ser sembrador de esta esperanza en ambientes en los que nunca han oído hablar del Evangelio de Jesús?


Fuente: Varios Autores
Síntesis: Jorge Mogrovejo M.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Comentario al Evangelio del XXII Domingo de Tiempo Ordinario (2 de Septiembre del 2018)

Domingo XXII de Tiempo Ordinario
Evangelio segun San Mc 7,1-8.14-15.21-23

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.

Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cudadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?».
Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:  Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.
Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

1. ¿Qué nos quiere decir Marcos en este Evangelio?

Esta sección de Mc 7,1-23 (y que la liturgia nos la ofrece entrecortada pues no se leen los vv. 9-13 y 16-20) está centrada en el tema de lo “impuro”. En efecto, el tema es introducido por la pregunta de los fariseos y escribas: "¿Por qué tus discípulos…comen con las manos impuras"? Entonces Jesús toma postura ante la cuestión y enseña cuál es la verdadera impureza, lo que constituye el punto central de toda la perícopa. La sección concluye con el v. 23 que señala una vez más el tema de la impureza. 

El texto comienza sin darnos una indicación geográfica, por lo cual podemos presuponer que Jesús sigue en Genesaret dónde estaba en la escena anterior (cf. Mc 6,53). Allí se le acercan algunos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, quienes notan que los discípulos comían el pan "con las manos impuras", es decir, sin lavar. A continuación el evangelista, según su oficio de narrador, brinda a sus lectores – no familiarizados con las costumbres judías – una serie de indicaciones y ejemplos para entender la narración. 

Por nuestra parte notamos dos cosas necesarias para la comprensión del texto. 

En primer lugar que la distinción entre fariseos y escribas que hace Marcos no es del todo exacta pues había escribas dentro del grupo de fariseos, como el mismo evangelista nota en 2,16. El nombre de "fariseo" deriva del hebreo perûsîm y significa "separados", apodo posiblemente puesto por otros dado su estricta observancia de las reglas de pureza legal que los llevaba a apartarse-separarse de quienes no seguían estrictamente la ley, especialmente de los publicanos, pecadores y extranjeros. Los fariseos eran rígidos observantes de las leyes y de las tradiciones como lavarse antes de las comidas (Mc 7,3), diezmos, ayuno de los lunes y los jueves (Lc 18,12), oraciones y ritos. Más aún, bregaban por imponer estas tradiciones o costumbres a todo el pueblo de Israel. 

Los fariseos, y en particular los escribas de este grupo, desde el comienzo del ministerio de Jesús tienen una actitud hostil hacia él y sus discípulos. Les cuestionan que coman con pecadores (2,16); que no ayunen (2,18); que arranquen las espigas en sábado (2,24). La oposición llegó a un punto tal que se confabularon con los herodianos para matar a Jesús (3,6). 

En segundo lugar notamos que el sentido de estos “usos y costumbres” de los fariseos y judíos en general va más allá de simples normas de higiene, como el lavarse las manos y los cubiertos antes de comer. Se trata de una cuestión religiosa-cultual, por ello se habla de impureza y no de suciedad. En efecto, Israel es un pueblo separado y consagrado a Dios, por ello todos los aspectos de su vida deben reflejar esta santidad o pureza (cf. Lv 19,2; 22,31-33). De aquí la necesidad de la distinción entre lo puro y lo impuro; de lo que puede ofrecerse a Dios (puro) y lo que no se puede ofrecer por estar manchado (impuro), sean personas, animales, comidas u objetos. Y además de los alimentos, también las personas y los utensilios para comer deben estar puros, o purificarse si han estado en contacto con los paganos. 

Después de estas aclaraciones (espero lo hayan sido), podremos entender mejor el cuestionamiento que hacen escribas y fariseos a Jesús por la conducta de sus discípulos: "¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?" (Mc 7,5). 

La respuesta de Jesús tiene cierta dureza y va a tono con el lenguaje de los profetas. De hecho les aplica a los fariseos una frase de Isaías que condena la dualidad o falta de integridad en la conducta de los israelitas contraponiendo lo exterior (los labios) y lo interior (el corazón); el mandamiento de Dios y las tradiciones humanas. 

En el texto litúrgico Jesús se dirige ahora a la gente para enseñarles su doctrina, para sentar su posición sobre esta cuestión. En concreto, Jesús declara que la pureza es ante todo una cuestión moral y, por tanto, depende de lo que el hombre hace, de lo que brota de su corazón entendido como sede de las decisiones. Así, la verdadera impureza es la que brota del corazón y se expresa en acciones pecaminosas, ofreciendo una lista como ejemplo de las mismas. Como bien aclara J. Gnilka: “Es mucho más importante centrar la mirada en el propio corazón, del que sale todo aquello que mancha al hombre. En forma de secuencia de vicios – la única que aparece en los evangelios (y par Mt 15,18) – se describe lo que puede salir del corazón del hombre. La serie se compone de 13 vicios. Los malos pensamientos al comienzo son, al mismo tiempo, un compendio de todo lo que viene a continuación…En cuanto al contenido: robo, asesinato y adulterio se relacionan con el séptimo, quinto y sexto mandamientos del decálogo. Mt 15,18ss ha llevado más a rajatabla la armonización con el decálogo. Si exceptuamos los malos pensamientos y las malas miradas, los restantes vicios aparecen también en los catálogos del corpus paulinum (cf. Gal 5,19-21).”

La posición que deja sentada Jesús en el marco de la controversia con los judíos es que la santidad o pureza moral es absoluta y esencial – y por tanto es la que realmente importa en la relación con Dios – mientras que la santidad o pureza ritual es relativa y no esencial. 

El versículo final es una conclusión, a modo de sentencia, de todo lo dicho hasta entonces: "Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre".


2. ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy el Señor?
En este Evangelio hay dos enseñanzas muy precisas: una que ordinariamente somos esclavos de las tradiciones y los prejuicios. Dos, que el origen del mal está en el corazón del hombre, pues es ahí donde nace la mala voluntad que hace mal uso de las cosas que Dios creó todas buenas. 
Veamos la primera. Cuando el Señor se dirigía a sus contemporáneos diciéndoles que: "Dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres... ¡Qué bien violaís el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición!...", se está dirigiendo también a nosotros, por lo que está haciendo es descubrir una plaga humana que nos hace esclavos.

Un gran pensador del siglo XIX, llamado Federico Nietzsche, decía que en el sociedad hay más mentiras que verdades. El no era, de ninguna manera cristiano, y sin embargo, dijo una verdad que la Escritura nos revela.
La vida social, ordinariamente, está determinada por modas, costumbres, tradiciones, prejuicios y complejos que obligan a la gente a actuar y pensar de determinada manera y la obligan a ser esclava de esos engaños.  Porque es un hecho también que la mentira esclaviza y la verdad hace libres, como nos lo dijo el Señor: "Si os manteneís fieles a nmi Palabra, sereís verdaderamente mis discípulos, y conocereís la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 31-32)"

Hay personas que determinan sus vidas por las mentiras y los prejuicios sociales y de esta manera se hacen esclavos de la mentira. Más cuando uno se somete a la mentira obra el mal, pórque de la mentira sólo puede salir el mal. Todos nos damos cuenta claramente de que cuando una persona nos miente es porque algún mal nos está haciendo o quiere hacernos. El apegarse a la mentira, el dejarse guiar por falsedades, significa al mismo tiempo apartarse del precepto del Señor, de su Palabra, lo cual es la rutina de toda persona y de toda sociedad.

Veamos ahora la segunda enseñanza de que hemos venido habalndo, ésta está intimamente ligada con la primera: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, puede hacerle impuro; sino lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre..." No, el mal no se debe a la mala suerte o al destino o ¡no se a qué demonio!  sino a lo que sale del corazón del hombre, y está es la causa de todas sus desgracias. Si en la sociedad reinan el sufrimiento y la muerte, el dolor, la angustia, el miedo y el tormento es porque del corazón del hombre brotan la mentira, el engaño, la tradición, los asesinatos, el adulterio y toda clase de injusticias.

Nos olvidamos que nosotros somos instrumentos del Señor en este mundo, por lo tanto debemos con nuestros actos crear el Reino de Dios en este mundo, con los valores de la justicia, el amor, la solidaridad, el perdón, a través de entregarnos a Dios en nuestros corazones, solo así podremos erradicar lo mencionado en el párrafo anterior.

Ahora bien, como nos dice la Sagrada Escritura "Todo lo que Dios ha creado es bueno y nada es despreciable... y todo queda santificado por la Palabra de Dios y por la oración" (1 Tim 4, 4-5)

Todos tenemos que pagar impuestos para tener buenos servicios publicos: agua potable, alcantarillado, luz electrica, escuelas hospitales, etc., pero que vemos? las basuras se acumulan en las calles originando el peligro de la contaminación y de plagas que producen enfermedades y muerte. No hay escuelas para educar a los niños y muchas de las cuales parecen hoy una ruina. Entonces que se hace con los millones que se pagan? Pues son mal administrados por los mismos que son elegidos y nombrados para estos cargos. Dónde se origina el mal? No en la suerte, ni en el destino, ni mucho menos es castigo de Dios. El mal social es consecuencia de la mentira, la injusticia, el robo, la mala administración de los bienes naturales y sociales.

3. ¿Qué respuestas le voy a dar, hoy al Señor?
  • "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi"¿Hasta qué punto te sientes aludido por esta crítica protéfica? ¿En qué sentido te hace reflexionar sobre tu relación con Dios? ¿Qué valoro más en mi vida de fe: la conversión del corazón o la seguridad que me proporciona el cumplir con unas costumbres y tradiciones?.
  • Jesús relativizó las prácticas externas e insistió en la importancia de las actitudes interiores ¿Qué tiene que ver todo eso con nuestro modo de enfocar el compromiso cristiano?
  • "Lo que sale de dentro, es eso lo que contamina al hombre" ¿De qué manera deberíamos cuidar nuestro corazón para que aniden en él sentimientos y actividades que nos dañen ni dañen a los demás?
  • ¿Qué sentimientos me provoca saber que Dios quiere relacionarse conmigo desde lo más profundo de mí mismo/a y no tanto desde unas practicas externas?

Fuente: Varios autores
Sintesis: Jorge Mogrovejo M.



viernes, 10 de agosto de 2018

Comentario al Evangelio del XIX Domingo de Tiempo Ordinario (12 de Agosto del 2018)


DOMINGO XIX B 12 Agosto 2018

Evangelio Según San Jn 6,41-51

Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? Jesús les dijo: No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. 

1.- ¿Qué nos quiere decir Juan en este evangelio?

El evangelio este domingo continúa el discurso y la polémica sobre el pan de vida. El evangelista no pierde ninguna oportunidad para establecer la conexión la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida. Juan nos coloca frente a frente con Jesús en su realidad humana, en cuanto “Verbo hecho Carne”, y en su realidad divina, en cuanto Pan “bajado del cielo”. En medio de estos dos polos, el de la divinidad y el de la humanidad, se coloca una vez más el término “Pan”, que adquiere ahora un sentido más profundo. 

La Palabra (=Verbo) se hace “carne” y la “carne” se ofrece como el “pan”. Así como Dios actúa desde el cielo para vivificar el mundo, en la Eucaristía se encuentra el doble movimiento: El de la oblación sacrificial de Jesús que va camino hacia el Padre, y en esa entrega pone al hombre en la dirección de la comunión de vida con Dios. Y el don del Padre que, ofrece a su querido Hijo para salvar al mundo. 

Pero frente a esta “revelación” cuenta mucho la actitud de parte de la persona. En el pasaje que leemos este domingo notamos un giro importante. La multitud buscadora, sedienta de conocimiento de Dios, a la que Jesús llevó pedagógicamente a esta toma de conciencia, se comporta ahora como los judíos incrédulos de otros tiempos en el desierto, cuando ponían en duda la capacidad de Dios para salvarlos. 

Jesús acababa de presentarse como el “Pan de la Vida” y dice claramente que su misión de “dar la vida”, que viene del Padre: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”. Y que después se presentará como el “Pan bajado del Cielo 

El evangelista hace notar que los oyentes de la catequesis no comprenden que el término “pan” es sinónimo de “Palabra” identificada con Jesús, que al “escucharla” se convierte en invitación a la cena, en asimilación, en nutrición, en vida y resurrección. 

En Juan, la bellísima expresión “Pan de Vida”, significa ante todo “Palabra que hay que acoger (=creer) y en encarnar (=comer)”, su verdadero sentido es “Pan de vida = Palabra hecha carne”. La palabra griega “carne” que utiliza Juan en este pasaje es la misma que utiliza para designar la encarnación. El Logos-Palabra se hizo “carne”. La eucaristía es la prolongación de la encarnación. 

Los términos del pasaje que nos ofrece la liturgia de este domingo, nos muestran que la Eucaristía, “Pan vivo bajado del cielo”, acogida en el hoy de nuestra fe, nos coloca de manera permanente frente a la gran riqueza de la persona de Jesús y de la totalidad de su obra en el mundo. Porque, la Eucaristía es una síntesis del Evangelio. 

La catequesis sobre el “Pan de Vida” nos coloca ante una cascada de sentimientos, de imágenes, de afirmaciones cristológicas que hay que saborear una por una, para luego hacer la síntesis en el corazón. El capítulo 6 de Juan está construido de tal manera que nos involucra en la conversación que lo atraviesa del comienzo al fin, provocando también en nosotros un coloquio serio y profundo con Jesús. Este es un pasaje en el que el paso a la meditación y a la oración es casi inmediato. Las partes del capítulo están conectadas por siete preguntas y dos afirmaciones fuertes que articulan una confesión de fe: 

El pasaje de hoy corresponde a la cuarta pregunta: “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora ‘he bajado del cielo’?”. Ante la revelación sobre el origen de su vida y de su obra, comienzan una serie de preguntas contestatarias, calificadas por el evangelista de “murmuraciones”, término técnico de la Biblia para expresar las resistencias para creer. 

Pero es en este momento de crisis, Jesús va a dar nuevas indicaciones para que se pueda comprender la naturaleza de su persona y de su misión. Eso es lo que lo hace distinto y capaz de cumplir con la promesa de vida y de salvación que ha hecho. Con fuertes argumentos bíblicos Jesús no les deja a sus oyentes más que dos alternativas: aceptarle o rechazarle. Jesús es el don del “Pan-Palabra” que baja del cielo. Y es el don del “Pan-Carne” que se nos da en alimento. 

Por detrás de la objeción que le plantean a Jesús está el tema de la murmuración del pueblo de Israel en el camino del desierto durante el éxodo (Éxodo 15,24; 16,2.7.12; 17,3; Nm 11,1). Tampoco ahora reconocen a Jesús como el enviado del Padre. Se escandalizan por su origen humilde. 

Jesús responde así: la fe es, a final de cuentas, un don de Dios, en forma de enseñanza. Quien acoge esta enseñanza, se abre a Dios. Jesús cita Isaías 54,13. Las murmuraciones son el resultado de la resistencia, como ocurrió en el éxodo, para no dejarse conducir por Dios. 

El verbo “comer” ayuda a estructurar esta parte del discurso. Pasamos del acento existencial al acento sacramental-eucarístico. Aquí, la diferencia entre Moisés y Jesús es radical: El maná era simplemente un alimento material. Ahora Jesús mismo, es el verdadero maná que alimenta para la vida eterna. En la frase “Mi carne para la vida del mundo” hay que entender “carne” como el cuerpo de Jesús entregado en la Cruz. El “para”, término que también aparece en los relatos de la institución de la Eucaristía en los otros evangelios, señala el sentido de la muerte sacrificial de Jesús. 

2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor? 

Muchos de nosotros, nacidos en familias creyentes, bautizados a los pocos días de vida y educados en un ambiente cristiano, hemos respirado la fe de manera tan natural que podemos llegar a pensar que lo normal es ser creyente. Pero no nos damos cuenta de que la fe no es algo natural, sino un don. No son los no creyentes los extraños, sino que los que resultamos más extraños somos nosotros. 

El encuentro con increyentes, que manifiestan honradamente sus dudas e incertidumbres, nos puede ayudar hoy a los cristianos a vivir la fe de manera más realista y humilde, pero también con mayor gozo y agradecimiento. Los creyentes deberíamos escuchar hoy, de manera muy particular, las palabras de Jesús: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Más que llenar muestro corazón de críticas amargas, deberíamos abrirnos a la acción del Padre. Porque para creer es importante enfrentarse a la propia vida con sinceridad total, pero lo decisivo es dejarse guiar por la mano amorosa de ese Dios que conduce misericordiosamente nuestra vida. 

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto descorazonados: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”. La expresión “vida eterna” no significa una vida después de la muerte, sino una vida plena, de profundidad y calidad, que va más allá de nosotros mismos, porque ya es, desde ahora, una participación en la vida misma de Dios. 

La tarea más apasionante que tenemos, ante nosotros mismos, es la de vivir en plenitud humana, creciendo como personas. Porque los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir como personas es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. Quizá tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizás tengamos que atrevernos a vivir evangélicamente, pues hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, y una ternura que el mundo no puede dar. Una vida que solo alcanza a descubrir quien acierta a enraizar su vida en Jesucristo. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida, que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que vamos organizando la existencia de espaldas a Dios. Vivimos en una sociedad donde Dios ya no está de moda. Donde él ha quedado arrinconado en algún lugar muy secundario de nuestra vida como algo poco importante. Lo más fácil es vivir “pasando de Dios”. 

¿Qué puede significar hoy, para muchos, la invitación de Jesús a vivir como discípulos de Dios, escuchando lo que dice el Padre? No es que Dios no hable ya. Es que llenos de ruido, avidez de posesiones y autosuficiencia, no sabemos percibir la presencia del que habita entre nosotros, del que se ha hecho como nosotros, del que sigue dándose y encarnándose en el reverso de la historia. Cuando no se escucha la llamada de Dios es fácil escuchar los intereses egoístas de cada uno, las razones de la eficacia inmediata, el miedo de correr riesgos excesivos y la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo. 

El cristiano debe creer en Jesús y en sus palabras. Creer que él es el pan de la vida. Creer que vive en el pan roto y compartido, que es banquete de los pobres y botín de mendigos. Creer en los hechos de Dios que nos plenifican y nos dan vida. Creer en los hechos de Dios y de las personas entregadas. Creer que del cielo solo baja vida, utopía, solidaridad, paz y alimento. Creer en Jesús: en su humanidad, en su encarnación, en su señorío, en su presencia en nosotros. 

En la primera parte del discurso del pan de vida, el protagonista es el Padre, y se habla de la fe en cristo, de creer en Cristo, de creerle a Cristo. En la segunda parte se habla de la eucaristía. El protagonista es Jesús que da su carne y su sangre. Ya no se trata de “creer” en Jesús, sino de “comer” su carne. 

Necesitamos la fe para prepararnos al banquete eucarístico. Se nos invita a “creer” en Cristo antes de “comerle” sacramentalmente. El mismo Cristo nos prepara y nos abre el apetito para comer el pan eucarístico, partiendo abundantemente, para nosotros, el pan de la Palabra: si escuchamos las lecturas bíblicas como Palabra de Dios, y las aceptamos como norma de vida, porque creemos en él. 

La Eucaristía, “pan vivo bajado del cielo” y “carne para la vida del mundo”, destaca el realismo sacramental. Es un pasaje estrictamente eucarístico. Se habla de “comida” y “alimento”. Es necesario “comer la carne” y “beber la sangre”, que el evangelista insiste en que es verdadera comida y bebida. Frente a la confusión de sus discípulos, Jesús, no hizo ningún esfuerzo por suavizar su lenguaje tan duro y realista. No pidió disculpas por ser tan radical, sino que reafirmó su mensaje. Compartiendo la “carne real”, sacrificada y resucitada de Cristo y “su sangre” derramada en la cruz, la Iglesia se convierte en cuerpo de Cristo. 

La eucaristía tiene pleno sentido cuando se celebra en la fe y desde la fe. Y la fe, llega su sentido pleno, cuando desemboca en la eucaristía. Ambas deben conducir a la vida en Cristo: a creer en Cristo, a comer a Cristo, para vivir en Cristo, y vivir como Cristo. 

Porque es cena que invita a la relación estrecha y a la encarnación que nos asimila Cristo, la Eucaristía es ágape fraterno en el encuentro festivo de Jesús con el hombre pecador. Es una gran acción de gracias al Dios que da la vida, los frutos de la tierra y la comunión entre los hombres. Es el signo del entregarse del Hijo bajado del cielo en su camino hacia la casa del Padre y, por eso, redención y comienzo de la resurrección. Cada celebración eucarística debería ser una explosión de alegría y vivísima gratitud. 

Meditemos la oración de la primitiva Iglesia, en la “Didajé”, texto de finales del siglo I dC, reflejo de los antiguos rituales de los primeros cristianos, podría ayudarnos a darle a la vida sabor de eucaristía. 

3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy, Señor? 
  • ¿Qué mensaje me trae este pasaje del evangelio de hoy? 
  • Los domingos voy a oír misa, o ¿voy a alimentar mi fe con el Pan de la Palabra y mi vida con el Pan de la Eucaristía? 
  • ¿Cómo deberíamos celebrar nuestra Eucaristía dominical siguiendo estas reflexiones?


Autor: Varios
Sintesis: Jorge Mogrovejo M.

domingo, 5 de agosto de 2018

Comentario al Evangelio del XVIII Domingo de Tiempo Ordinario (5 de Agosto del 2018)

DOMINGO XVIII B 5 Agosto 2018
Evangelio según San Jn 6,24-35

"Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron en los botes y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús. Lo encontraron a la otra orilla del lago y le preguntaron: Rabí, ¿cuándo llegaste aquí Jesús les respondió: Os aseguro que me buscáis, no por las señales que habéis visto, sino porque os habéis hartado de pan "Trabajad no por un sustento que perece, sino por un sustento que dura y da vida eterna, el que os dará este Hombre. En el Dios Padre ha puesto su sello. Le preguntaron: ¿Qué hemos de hacer para trabajar en las obras de Dios? Jesús les contestó. La obra de Dios consiste en que creáis en el que él envió. Le dijeron: ¿Qué señal haces para que veamos y creamos? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Les respondió Jesús. Os lo aseguro, no fue Moisés quien os dio pan del cielo, es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les contestó: Yo soy el pan de la vida el que acude a mí no pasará hambre el que cree en mí no pasará nunca sed."


1.- ¿Qué nos quiere decir Juan en este evangelio?

Para poder seguir el hilo de la narración del evangelio de hoy hay que notar que en Jn 6,16-23 (que la lectura litúrgica ha salteado) se cuenta que al atardecer los discípulos bajan a la orilla y se embarcan hacia Cafarnaúm que está en la otra orilla. Cuando anochece Jesús va caminando sobre las aguas y alcanza la barca con los discípulos que estaba llegando a la otra orilla. A la mañana siguiente "cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús" (Jn 6,24). Por tanto la escena del evangelio de hoy se desarrolla "en la otra orilla", en Cafarnaúm, dónde la multitud ha encontrado finalmente a Jesús. Y como no lo habían visto partir en la barca con sus discípulos, al encontrarlo, lo primero que le preguntan es: "Maestro, ¿cuándo llegaste?" (6,25).

L. H. Rivas nos informa que el título de Maestro o Rabí aparece en el evangelio de Juan en labios de personas que tienen una fe muy débil (cfr. 1,38.49; 3,2; 4,31; 9,2; 11,8; 20,16). Como vimos el domingo pasado, después de la multiplicación de los panes algunos pensaban que era el profeta que debía venir; otros querían hacerlo rey; ahora lo consideran un “maestro” más entre los judíos.

Jesús no les responde la pregunta sino que les cuestiona la motivación por la cual lo buscan: no por haber visto el signo sino porque "comieron de los panes y se saciaron"; o sea, porque solucionaron el problema de la alimentación diaria. Ya la retirada de Jesús cuando pensaban hacerlo rey ponía de manifiesto su molestia ante esta falta de fe de los judíos mientras que ahora se los dice abiertamente: no supieron ver e interpretar como signo la multiplicación de los panes. Recordemos las características de la fe en el evangelio de Juan según el Card. Martini: "la fe, tal como Juan nos la describe, no logra su objetivo sino por medio de testimonio o de signos; por eso, ella realiza, en su estructura esencial, dos condiciones: capacidad de interpretar correctamente los signos como tales, y capacidad de ir más allá de los signos".

Por tanto, los judíos no han interpretado el signo ni han podido ir más allá del mismo. Se quedaron en el hecho externo y en el efecto subjetivo favorable que les produjo: comieron y se saciaron. Y punto.

Jesús completa el cuestionamiento anterior con una propuesta: obrar no por alimento perecedero sino por el que permanece hasta la vida eterna. Aparece aquí algo típico del evangelio de Juan como es hablar en dos niveles de realidad y de significación. Por una parte tenemos el pan o alimento común. Pero existe otro alimento que no se destruye¿Y quién les dará este alimento? El "hijo del hombre", título que Juan reserva para referirse a Jesús en su condición gloriosa. Y podemos confiar en Él porque ha sido "sellado" por el Padre, tiene el sello de Dios que lo acredita. El verbo aquí utilizado (sfragizein) significa primeramente marcar con el sello; pero Juan lo utiliza en 3,33 con el sentido de certificar, es decir, dar certeza: "El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz". Por tanto, el sentido aquí sería que el Padre nos da la certeza de que Jesús puede darnos el alimento que permanece hasta la Vida eterna.

Jesús les había hablado de obrar o trabajar (verbo ergázomai) por el alimento que no perece. Ahora "ellos" le preguntan: “¿Qué debemos hacer para obrar (rergázomai) las obras (érga) de Dios?” Si leemos esta pregunta en el trasfondo del mundo judío de aquel tiempo la misma podría referirse, como sostiene L. H. Rivas , a las obras de la Ley, es decir, las obras mandadas por Dios en su Ley o Torá. Y como la respuesta de Jesús se refiere a la fe tendríamos entonces en el evangelio de Juan un reflejo de la polémica entre las obras de la ley y la fe tan presente en San Pablo y en el cristianismo primitivo.

Lo cierto es que la respuesta de Jesús nos orienta claramente hacia la fe en Él, pues "la obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado" (6,29).

Siguiendo con el doble nivel de significación vemos entonces que hay un pan, una vida y una obra o acción humana destinada a perecer, no durable; mientras que hay también un pan, una vida y una obra o acción humana perdurable, no perecedera. Ambas vienen de Dios, pero está última es el don superior y definitivo que el Padre nos da en Jesús.

Jesús les ha pedido a los judíos que crean en él como “el enviado del Padre”. Entonces, ellos quieren ver un signo y una obra por parte de Jesús como condición para poder creerle (“¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?” Jn 6,30). Y ponen como ejemplo de signo y de obra el maná que Dios les dio de comer a sus antepasados por intercesión de Moisés, como nos cuenta la primera lectura de hoy. En san Juan se cita la referencia a este hecho presente en el Salmo 78,24. Importa notar que “en Israel todos sabían que en tiempos del Mesías se repetiría esa donación del maná por parte de Dios y los judíos esperaban ese alimento celestial prometido para la era mesiánica […] En la tradición rabínica Moisés era presentado algunas veces como el tipo del Mesías. Se esperaba, por eso, que como Moisés, el Mesías al tiempo de su venida alimentara al pueblo con el maná y calmara la sed con el agua”.

Con esta pregunta de los judíos hemos vuelto al principio, al tema del signo y de la obra. Puede que haya cierta ironía en la forma en que Juan presenta el asunto poniendo de relieve la falta de entendimiento entre Jesús y sus interlocutores, algo típico también en este evangelista. Es que no sólo hay dos órdenes de realidad, sino también de comunicación. Jesús hizo un claro signo: la multiplicación de los panes. Ahora les toca realizar la obra a los judíos: simplemente creer en Jesús como enviado del Padre. Por su parte los judíos piden ver un signo y una obra de Jesús para creerle.

Jesús redobla la apuesta y les contesta que no fue Moisés sino su Padre el que da el verdadero pan del cielo. De modo indirecto se ha proclamado como hijo de Dios, a quien se ha referido como “mi” Padre. Al mismo tiempo notemos que el verbo dar está en presente: el Padre es el que da, está dando ahora; y lo que da es el verdadero pan del cielo. Por tanto, el alimento que recibieron en el desierto (y en la multiplicación de los panes) es sólo imagen- signo del verdadero pan de Dios que desciende del cielo y da Vida al mundo.

Con esto último Jesús logró su objetivo de hacerles desear este pan de Dios pues lo piden utilizando el vocativo "Señor" (kurie); y piden que se los dé siempre.

A este pedido sigue entonces la proclamación de la identidad entre el pan y Jesús: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed" (6,35).

Recordemos que para el evangelista Juan los signos que Jesus realiza son mucho mas que hechos prodigiosos. Son flechas indicadoras que señalan hacia Él revelándonos su verdadera identidad, aunque pueden ser maltinterpretados como al quererlo proclamar Rey luego de la multiplicación de los panes. También el Evangelio de hoy Jesús sospecha que la gente sigue sin entender nada. Por eso toma la palabra y comienza un largo discurso en el que se refiere expresamente al signo que ha realizado, aunque se parece más bien a un diálogo por las preguntas y observaciones de los oyentes. Jesús se dirige a judíos y por lo tanto hay referencias al Antiguo Testamento, a lo que hizo Moisés en el desierto, que ocurre ahora nuevamente, superado por Jesús.

Esta forma de usar el malentendido es propia del cuarto Evangelio y permite volver continuamente a la misma idea central -la que no se entiende o se malinterpreta- para perfilar con mayor nitidez su significado de ahi que existen 3 rasgos que definen la identidad de Jesus:
  • Jesús es el enviado del padre para realizar su obra
  • Jesús es el pan de vida
  • Lo que se pide al hombre es que crea en Él

Rasgos que también se repetirán en la siguiente semana y que se explicará mejor en la siguiente semana es la revelación fundamental hacia la que apuntaba el signo de la multiplicación: Yo soy el pan de la vida.



2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor?

Como la gente sigue al señor, estamos invitados en entrar en díalogo con él, al plantearle nuestras dudas, aunque sirvan para poner en entredicho nuestras falsas imágenes y esperanzas con respeto al Señor.

Lo que Dios espera de vosotros es que creaís en aquel que Él ha enviado.

Esforzaos por conseguir el alimento permanente que da la vida eterna.

Cuando Jesús habla del “pan del cielo”, los judíos no entienden que ese pan de vida es él. Están pensando únicamente en un nuevo maná milagroso. ¿Se puede creer desde el bienestar? Son muchas las personas, que, aspiran como ideal último de su existencia al bienestar y al buen-vivir. Para ellos, lo importante es vivir cada vez mejor, disfrutar de seguridad, tener salud, amor y dinero. Pero el ideal del bienestar crea un modo de vivir tan superficial, tan insensible y ciego que ahoga las dimensiones más profundas del ser humano. Y solo queda sitio para un dios milagrero, donde lo religioso se convierte, con frecuencia, en mero alivio de frustraciones y de problemas individuales. Buscamos a Dios como un elemento más de seguridad personal, al servicio del ideal del bienestar.

Creer en Dios y en su enviado, trabajar por el alimento que da una vida sin término, aceptar que Jesús es el pan de vida, se ha convertido en algo innecesario, superfluo y que carece de interés. Muchos viven al margen de todo ello. El lugar que ocupaba anteriormente la fe religiosa, ha dejado en muchas personas un vacío difícil de llenar y un hambre que debilita las raíces mismas de su vida.

A la larga no se puede vivir con ese vacío interior sin escoger nuevos dioses. Buscamos un líder que nos ahorre esfuerzos y realice el milagro que necesitamos.

La gente busca a Jesús: no como liberador-salvador, sino como solucionador milagroso de problemas. Pero para tener vida se requiere adhesión al proyecto de Dios y a Cristo que es el pan que de vida al mundo. Este pasaje nos dice que creer en Dios significa ser libre para amar la vida hasta el final. Buscar la salvación total sin quedarse satisfecho con una vida fragmentada.

Dar nuestra adhesión a Jesús, el enviado de Dios, dando sentido último a nuestro vivir diario. Vivir en plenitud para poder contagiar esa vida a los demás. El camino hacia el Dios de la vida no es fácil y nos desalienta el esfuerzo. Vamos de un sitio a otro en busca de soluciones fáciles y milagrosas.

Por esa razón Jesús dice a la gente: “No me buscáis porque hayáis percibido las señales, sino porque habéis comido pan hasta saciaros”. Trabajad por …..

En las circunstancias que vivimos oscuras y tormentosas buscamos seguridades. Las obras de Jesús nos hacen conocer que Dios es vida. Nuestras propias obras harán saber a otros que creer en él es no tener miedo, y que es necesario seguir caminando hacia la promesa de libertad y de vida. Cuando se pasan días, semanas y años enteros sin vivir de verdad, solo con la preocupación de seguir funcionado, o aferrados al bienestar, no debería pasar inadvertida la afirmación interpeladora de Jesús: “Yo soy el pan de vida”.

La Palabra que escuchamos y la eucaristía que compartimos y comemos, deben ayudarnos a ir más allá de los ritos, convirtiéndolos en fuente de nuestro compromiso para crear la nueva humanidad, la familia de los hijos de Dios. Debemos dejarnos interpelar por Jesús. Escuchar sus palabras y dejar que resuenen dentro de nosotros. No pasar por alto su mensaje aunque rompa nuestros esquemas. No cerrarnos a lo nuevo. Mantenernos con los oídos atentos, con el corazón dispuesto y con el espíritu abierto.

3.-¿Qué respuesta le voy a dar hoy, al Señor?


  • El Cristo de mi fe, ¿es el Cristo que se autopresenta en el evangelio de hoy?
  • El Cristo de mi fe, ¿es el Cristo que me saca de apuros con sus milagritos, o es el Cristo que da sentido a mi vida, y me hace protagonista de mi destino?
  • ¿Qué exigencias me plantea el Cristo del evangelio de hoy?

  • ¿Hasta que punto la palabra de Dios es mi pan cotidiano?

  • ¿Como me ayuda la Eucaristia a alimentar mi experiencia de fe?

Fuente: Varios
Síntesis: Jorge Mogrovejo Merchán.

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