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domingo, 3 de marzo de 2019

Comentario al Evangelio del VIII Domingo de Tiempo Ordinario (3 de Marzo del 2019)


Domingo VII Ciclo C 3 de Marzo 2019
Evangelio Lc 6,27-38
                A ustedes que me escuchan yo les digo: Amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica; da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames.  Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a sus amigos. Si hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen. Si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan para recobrar otro tanto. Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, que es generoso con ingratos y malvados. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante. Porque con la medida que ustedes midan serán medidos.
1.- ¿Qué nos quiere decir Lucas en este evangelio?
            El Evangelio de hoy es la continuación de los ejemplos del domingo pasado y debemos leerlo a la luz de las Bienaventuranzas. El amor a los enemigos es el núcleo más original y revolucionario, es el culmen del Evangelio. Tanto por las exigencias que representan ese salto cualitativo en la escala de valores, como por las motivaciones que nos ofrece: “sean perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, y “así serán hijos de vuestro Padre del cielo”.

            El estudio de este pasaje nos sitúa en el centro del evangelio de Jesús y nos descubre el verdadero sentido de Dios y de la vida de los hombres. El judaísmo ofrecía una norma de justicia para tratar a cada uno según su comportamiento. El marxismo, con su dialéctica de la revolución, practica la destrucción del enemigo para alcanzar la armonía final. En todos los sistemas políticos se defiende el interés de los grupos de poder sobre el derecho de los pobres. Y a todo nivel, el egoísmo humano, tan arraigado en el corazón, vive el amor a los demás solo cuando representa un valor para su propia vida.

            Frente a estas concepciones, el evangelio de Jesús nos ofrece un ideal de nitidez y fuerza escalofriante: “Amen a sus enemigos”. Jesús reconduce los mandamientos a su raíz y su objetivo último: el servicio a la vida, a la justicia, al amor, a la verdad. No opone a la Ley antigua unanueva ley, sino que la transforma y la lleva a una radicalidad sin precedentes, rompiendo todos los moldes y criterios humanos. En el centro de este pasaje del “Sermón de la llanura” está el respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aún camuflado de artificio legal, atente contra la dignidad del ser humano.



            Es muy duro lo que nos pide Jesús. Si nos hubiera dicho que no  devolvamos mal por mal, que no nos venguemos, o que no recurramos a la violencia. O incluso que perdonemos, como en el caso de David…. Pero Jesús nos pide que perdonemos a nuestros enemigos. Su enseñanza nos interpela y nos invita cambiar nuestro estilo de vida. El odio y el rencor son malos consejeros y pueden bloquear el corazón. La no-violencia es la única respuesta para romper la escala de odio y deseo de venganza   

            Las leyes humanas fueron humanizando el trato con el enemigo desde (Gn 4,24), con un 77x 1, que hace justicia con 77 muertos por 1 muerto. En (Gn 4,15), con 7x1, ya es menos duro el castigo. La Ley del Talión del Código de Hammurabi, rey de Babilonia, hacia el año 1760 a.C. frena la violencia, pone límite a la venganza y hace más humana, la convivencia exigiendo que el castigo no sobrepase la ofensa.


¿No será utópica una sociedad sin esta ley? En realidad, la ley del Talión ha existido en todas las culturas, como mecanismo para que la sociedad controle el caos de una violencia indiscriminada. Su cruda aplicación ha desaparecido de nuestro mundo actual, pero la ley del Talión, por más sofisticada que se muestre en nuestros comportamientos individuales o en los códigos legales, sigue vigente y es considerada necesaria para asegurar una aceptable convivencia humana. Esta violencia legalizada y más o menos controlada parece ser la única respuesta para hacer frente a todo otro tipo de violencia que amenace al individuo, o a la colectividad. Un ejemplo de estas contradicciones, es la pena de muerte.

Jesús propone la subversión de este principio porque corrompe las relaciones de las personas entre sí y con Dios. Este cambio radical sólo podrá partir de la fuerza creadora del amor y será la única respuesta que pondrá fin a toda violencia. No sólo se trata de una no-violencia pasiva, sino activa: “amad a vuestros enemigos”. Esta es la utopía evangélica que propone el Sermón de la Llanura: el amor a todos, tal y como es el amor de vuestro Padre del cielo. El amor no tiene límites como no tiene límites la perfección a la que debemos aspirar. Este ideal de convivencia humana no se basa en la pura filantropía humana, ni por la afinidad temperamental, sino por la imitación de Dios: “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo”. Imitando de esta manera a Dios podremos crear una sociedad justa, radicalmente nueva, marcada por el mandamiento nuevo: Que nos amemos como Cristo nos amó.

Amar sin esperar respuesta, dar sin esperar recompensa, devolver con bien los males recibidos es algo tan novedoso que los primeros cristianos tomaron una palabra griega, “Ágape” para expresar ese contenido. Ágape, amor, para los griegos, consistía en aspirar a la propia plenitud humana. Pero, los cristianos, cambiaron el contenido de la palabra: el amor no es aspirar a la propia plenitud humana, sino, amor es el sacrificio de dar la vida por los otros. Amar es comprometerse a hacer feliz a la persona amada.

Desde esta perspectiva, el amor al enemigo no es un dato marginal, sino el centro del amor cristiano. Todas las demás actitudes esconden egoísmo y búsqueda del propio yo a través de los demás. Sólo cuando se da sin esperar recompensa, cuando se ama sin que el otro lo merezca, cuando se pierde para que el otro gane, sólo entonces se ha llegado comprender y asumir el misterio del amor que nos enseña y nos ofrece Cristo. Vivir esta realidad significaría la verdadera revolución de nuestra historia.
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy, el Señor?
Tal vez nos parezca que nuestra sociedad aún no está preparada para que la ley evangélica del amor sustituya a la Ley del Talión; pero precisamente porque hemos tocado fondo en los horrores de la violencia y porque la violencia se ha institucionalizado, Jesús nos invita, hoy, a poner en práctica la utopía del amor evangélico como levadura que producirá el cambio: “si te dan una bofetada …  si te quitan” … Las respuestas podrán parecer absurdas; pero solo ellas llevan en sí el poder de cambiar el mundo.

Cuando nos sentimos ofendidos, tenemos una doble opción: o adoptar una postura de venganza más o menos declarada, o perdonar, asumiendo con humildad todo lo que haya habido de ofensa. Esta página de Lucas tiene el inconveniente que se entiende demasiado, pero resulta difícil llevarla a la práctica. Por eso Jesús nos avisa de que “la medida que usemos la usarán con nosotros”. Si pedimos que nos perdone como nosotros perdonamos, deberemos imitar en nuestra vida, su corazón misericordioso. 

            El amor a los enemigos nos señala la voluntad de Dios y la cima de perfección a la que se nos invita. No podemos quedarnos en una lectura literal de los textos, sin entender y asumir el espíritu radical de las palabras de Jesús que invitan a salir de la mezquina dinámica de la venganza y los mínimos morales y entrar en la generosa dinámica del amor sin fronteras ni límites.

            Jesús nos invita a renunciar a toda violencia, no a la acción de la justicia. La no-violencia no se identifica con la no-justicia.  Los derechos humanos son irrenunciables porque marcan los límites de la convivencia humana. Debemos descubrir el mensaje del Evangelio, sin confundirlo con el lenguaje y sin interpretar ciertas expresiones verbales al pie de la letra. Jesús reclamó sus derechos cuando en el juicio ante Caifás, le abofetearon. No presentó la otra mejilla, sino que reclamó: “por qué me pegas”. No toleró la hipocresía de los que llamó “sepulcros banqueados”, ni la frivolidad de Herodes a quien llamó “zorro”.

            Lo que Jesús quiere subrayar es que el mal no se elimina sumando otro mal, sino con el contrapeso del bien: con el amor, el perdón y también con la justicia. Mirar hacia dentro del corazón, donde brotan los sentimientos de “autodefensa”, para compararlos con el ideal evangélico. Nos parece normal el “ojo por ojo” para responder con violencia a la violencia; pero la violencia genera más violencia. “Ganarse un enemigo es la mejor manera de destruir un enemigo”.

            Lo importante es saber qué es lo que se pide y qué no se pide cuando se manda amar a los enemigos. Los sentimientos no los podemos controlar, se escapan de nuestra libertad; pero sí podemos controlar las ideas, los pensamientos. Aunque mi corazón esté lleno de sentimientos de venganza, yo puedo, libremente, pensar en perdonar, y perdonar. Y como amor y perdón son convertibles, el que ama está dispuesto a perdonar y el que perdona es porque ama. Perdonar al enemigo es ya amarle, aunque los sentimientos vayan en otra dirección, por no ser libres. Se nos pide superar la ley del Talión que es una formulación de las exigencias de los reflejos puramente humanos, y se nos pide crear reflejos divinos que no buscan la revancha pero que tampoco excluyen, ni renuncian a los procedimientos conducentes al restablecimiento de la justicia, el orden o la seguridad.

Al enemigo: al violento, al asesino, al preso político no lo rehabilitamos quitándole la vida, sino ayudándole a rehacerla, dándole otra oportunidad. Los derechos humanos nos dicen cómo tratarlos, como encarcelarlos, juzgarlos y castigarlos para que se rehabiliten, pero sin matarlos.

Jesús nos enseñó a perdonar con su ejemplo: Él perdonó, y pidió perdón en la cruz para sus verdugos. Y después de resucitado no habló de revancha ni abrió proceso contra su ejecutores y jueces. Tampoco echó en cara a sus apóstoles su infidelidad, sino su incredulidad. No les dejó abandonados, no eligió otros discípulos. Se apareció a ellos mismos y los eligió de nuevo.

            Amar al enemigo, no nos exige introducirle en el círculo íntimo de nuestras amistades; pero sí aceptarlo como persona, aunque haya perdido el derecho de ser tratado con justicia y humanidad. Amar al enemigo, no significa tolerar las injusticias y retirarse cómodamente de la lucha contra el mal, sino combatir la injusticia y el mal sin destruir al adversario, porque a pesar de todo es una persona, haya hecho lo que haya hecho, reaccione como reaccione. Este es el campo de los derechos humanos que nos señalan las exigencias del amor a los enemigos y del respeto que todo ser humano se merece.

            El criterio para verificar el amor cristiano no son las palabras afables, sino el comportamiento solícito y humanitario por el otro. El amor cristiano, que nace del corazón de la persona como expresión del amor del Padre, no sólo hace el bien, sino que lo hace bien, con cariño. Amar al prójimo es aceptarlo como es y respetarlo: descubrir lo bueno que hay en él, y hacerle sentir nuestra cogida nuestro respeto.

            Frente a la profunda crisis de valores que vive nuestra sociedad, el Evangelio nos pide un cambio y un salto cualitativo de valores. Entendiendo por valores aquellas creencias o convicciones que motivan nuestra vida y nos ayudan a conocer y discernir lo que es bueno y lo que es malo; lo que da sentido auténtico a nuestra existencia y lo que debe marcar las pautas de nuestra conducta.

            Los valores que configuran nuestra sociedad: el dinero, el placer, el triunfo sobre los demás, la lucha poder y el bienestar material, crean un clima de agresividad, de envidia, de violencia y de venganza, como medios para conseguir esos objetivos y como consecuencias de esa lucha para conseguirlos

La calidad de nuestra vida depende del nivel de los valores que hemos asumido. La propuesta de Jesús no es de “mínimos”, sino de
“máximos”. No vino a bajar e listón de las exigencias morales, sino a ponerlo a la altura de la persona auténticamente humana creada a imagen y semejanza de Dios.

El Evangelio no nos ofrece soluciones técnicas para solucionar los conflictos, pero nos ayuda a descubrir con qué actitudes debemos abordarlos. El otro no es un enemigo. Es un ser humano, alguien que salió de las manos de Dios para disfrutar de una vida plena, como yo. El enemigo empieza a ser otra totalmente diferente de cómo lo veíamos, cuando le aceptamos y le tratamos como persona.

“Debemos abstenernos e toda violencia de los puños, lengua y corazón” M. Lutero King.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar al Señor, hoy?
  • ¿Seremos demasiado generosos si tratamos a los enemigos como a seres humanos, respetando sus derechos? ¿El Evangelio no nos pide ir un poco más allá?
  • Pero, ¿cómo tratamos a los que no son enemigos y viven a mi lado?
  • Hacer una escala de valores para ver cómo vamos a tratar a los que viven a nuestro lado.
Autor: Varios
Transcripcion: Jorge Mogrovejo

domingo, 17 de junio de 2018

Evangelio del Domingo 17 de Junio 2018 (XI Tiempo Ordinario)

Domingo XI Ciclo B 17 de Junio 2018

Evangelio: Mc 4,26-34

"Les decía: El reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha. Decía también: ¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves pueden anidar a su sombra. Con muchas parábolas semejantes les exponía la palabra adaptándola a la capacidad de sus oyentes. Sin parábolas, no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos, les explicaba todo."


1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos, qué mensaje nos trae en este evangelio, hoy?
El tema del Reino de Dios es esencial en la predicación y en la misión de Jesús tal como nos lo presenta el evangelio. Como contrapartida, suponemos que Jesús se dirigió a un público que estaba interesado en la llegada del Reino. Por esto, al Reino de Dios dedica Jesús sus primeras palabras (Mc 1,15); y su primera acción es enfrentarse a Satanás para vencerlo (1,12-13), lo cual preanuncia la lucha contra el mal y sus manifestaciones para poder instaurar el Reino de Dios (3,24-27). Sigue luego la creación del discipulado (1,16-20), con lo cual indica la llegada del Reino que es esencialmente comunitario pues está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. En este sentido la expresión Reino de Dios indica la comunidad con Dios en la comunidad de los hombres que se han unido a Jesús.
En castellano la palabra "reino" nos sugiere, en un primer momento, la idea de un 'estado' o un 'lugar', pero cuando los evangelios hablan del Reino de Dios se refieren más bien a la situación que surge del gobierno o reinado de Dios sobre los hombres: al ejercicio de la soberanía o señorío de Dios. Reino de Dios es lo mismo que Dios reina entre los hombres. Por tanto, “cuando se dice reino de Dios, se designa un estado de cosas donde solamente se hace lo que Dios quiere y se evita totalmente lo que Dios no quiere” . Recordemos que en la oración del Padrenuestro la súplica “venga a nosotros tu Reino”; va seguida de “hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”. Es decir, para que se establezca el reino de Dios entre los hombres, tenemos que estar dispuestos a cumplir Su Voluntad.


Ahora bien, en este capítulo cuarto Marcos nos presenta a Jesús que desde la barca describe mediante parábolas el "desarrollo" o la "dinámica" propia del Reinado de Dios. En total son tres parábolas, la del sembrador o de los terrenos; la de la semilla que crece por sí misma y la del grano del mostaza. Sólo estas dos últimas se leen en la liturgia de hoy.
En primer lugar, Jesús dice que el Reino de Dios es como un hombre que arroja el grano en la tierra. Notemos que esta es la única actividad de "este hombre", que permanece anónimo. Una vez sembrada la semilla, el tiempo va pasando, noche y día, mientras la semilla va siguiendo su ritmo de desarrollo de modo autónomo o automático en relación con la actividad y el saber humano. En aquel tiempo el crecimiento de la semilla se consideraba un misterio que sólo Dios conocía y controlaba; y aquí está el centro de atención de la parábola. Como bien nota J. Gnilka, el hombre puede aparecer como un holgazán pero la intención es justamente poner la atención en la actividad propia de la semilla, más allá de la obra, del conocimiento y del control del labrador.
Este proceso de crecimiento "automático" (cf. Mc 4,28 donde utiliza el término griego αὐτóματos) se describe telegráficamente: tallo, espiga y grano. Alcanzado este grado de desarrollo tenemos el grano abundante en la espiga y luego viene la cosecha con la hoz.
Visto esto, el mensaje de la parábola sobre la dinámica del Reino de Dios es claro y nos lo explica bien E. Bianchi: “Esta es la gran fe de Jesús en Dios, que debe ser también la nuestra: lo que importa es sembrar la buena simiente del Reino, o sea, predisponer todo en la propia vida para que el Reino de Dios pueda comenzar a manifestarse en la historia. Una vez realizado lo que está en nuestra mano sólo queda tener paciencia […] El labrador que ha arrojado la simiente ni debe preocuparse de ella ni debe esforzarse por controlar su crecimiento, ya que amenazaría los brotes: el tiempo de la siega, o sea la hora del juicio final (cf. Jl 4,13), llegará irremediablemente; y no a causa de los esfuerzos del agricultor, sino como don de Dios que hace crecer el Reino y prepara la hora de su plena manifestación”.
En cierto sentido esta parábola completa la del sembrador (cf. Mc 4,1-9) por cuanto quien ha sembrado en una persona la semilla de la Palabra debe seguir con paciencia el proceso de su crecimiento dejando que la fuerza de la semilla se desarrolle por sí misma.
El relato sigue con otra introducción (4,30) para la siguiente parábola. También se precisa aquí que el tema sobre el cual nos ilustrará mediante la misma es el Reino de Dios.
La parábola se centra y concentra en la semilla de mostaza, cuya pequeñez era proverbial en tiempos de Jesús. La mostaza negra tiene un diámetro de 1,6 mm; la blanca tiene el doble de diámetro. Y también se sabía de su gran crecimiento, pues en el lago de Genesareth, por ejemplo, la planta de mostaza crecida puede llegar hasta los tres metros de altura. Por tanto, supera a todas las hortalizas y puede servir de cobijo para los pájaros.

En síntesis, el reino de Dios es presentado como algo inesperado, incontrolable e irreversible. El crecimiento del reino de Dios sobre la tierra no depende del ser humano, sino de Dios". Por ello, “los cristianos no deben dejarse seducir por lo grandioso ni abatir por lo pequeño: la fuerza del Reino, la fuerza del Evangelio no se mide con criterios del mundo” 
 

2.- ¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso nos pide, hoy el Señor?
Marcos habla del reino de Dios y pone mucho énfasis en el vigor de sus comienzos y de su capacidad de crecimiento. La virtud operativa de Dios no depende de la voluntad del hombre, ni puede éste ponerla a disposición suya. La virtud de Dios es fecunda en el mundo sin que pueda limitar su eficacia, pero la confianza en el poder de Dios puede hacer más fructífera la actividad humana. Pensemos en la lucha de los países del tercer mundo reclamando igualdad, justicia y democracia. No tienen un proyecto concreto, pero intuyen que pueden romper el esquema político y social que los oprime y margina, y abrir nuevos caminos a la convivencia y a la organización social y política.
El reino de Dios tiene sus propias leyes ocultas que condicionan el proceso de su crecimiento. Muchas veces esas leyes se desarrollan a ritmo lento y con ello desconciertan la impaciencia humana que desea y exige resultados inmediatos, contantes y sonantes. La Iglesia está ahí con sus enormes contrastes: sus grandezas y flaquezas, lo divino y lo humano, sin que la anulen sus propias sombras. La Iglesia sigue siendo una semilla con virtualidad de crecimiento, una luz que atrae y una fuerza que arrastra aunque sea con la indignación de muchos. La Iglesia tiene la misión de sembrar infatigablemente la semilla, pero es Dios quien da el crecimiento. Lo importante es sembrar y regar aunque sean otros los que, a su tiempo, vengan a meter la hoz en lo que no han sembrado. El dueño de la viña es Dios. La creatividad humana es actividad de siembra y esperanza confiada porque Dios hace su parte y la hace bien, cuando nosotros hemos hecho nuestra parte.
El reino de Dios ha llegado con la presencia de Jesús, y se desarrolla. Se puede hablar de logros, desarrollo y crecimiento, de servicios prestados a la causa del hombre, que es también la causa de Dios. El reino de Dios se desarrolla y gana ciudadanía cuando se implantan en la compleja realidad social, valores humanos de pura raíz evangélica, como la justicia social, la igualdad de todos los seres humanos, la solidaridad, el deseo de paz, la corresponsabilidad, el respeto a la persona.
Estamos pasando de una sociedad de creencias, en la que los individuos actuaban movidos por una fe que les proporcionaba sentido, criterios y normas de vida, a una sociedad de opiniones donde la religión va perdiendo la autoridad que ha tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que orientaban el comportamiento de las personas y de la sociedad. Se abandonan las antiguas razones de vivir, y estamos viviendo una situación inédita. Ya no sirven los antiguos puntos de referencia, y los nuevos aún no están bien definidos. Vivimos una crisis de valores, sin puntos de referencia, sin límites: cada uno tiene su propia opinión y decide su vida, a su manera. La libertad personal es la ley suprema. Se toman decisiones, que no implican asumir responsabilidades. Los valores fundamentales se definen por las decisiones de la mayoría, por los votos electorales: el matrimonio homosexual, el aborto, la eutanasia....Ya no es necesario que los valores humanos primarios se fundamenten en ninguna tradición ni en un sistema religioso.
El reino de Dios se desarrolla, pero cuesta creer en la actividad de Dios. En medio de una mentalidad secular, religiosamente indiferente, surgen apasionadas preguntas sobre el sentido de la vida. Es la semilla que germina, porque el que pregunta sobre el sentido de la vida está preguntando por Dios sin darse cuenta. En todo lo humano late la presencia del Dios-Padre creador.
El reino de Dios no es gestión de las políticas humanas. No debemos reducir el misterio y la acción de Dios sólo a lo que nosotros vemos y percibimos. Es importante el trabajo de siembra que realiza el labrador, pero en la semilla hay algo que no ha puesto él. Experimentar la vida como regalo es probablemente una de las cosas que nos hacer vivir de manera nueva, más atentos no sólo a lo que conseguimos con nuestro trabajo, sino también a lo que se nos va dando de manera gratuita.
La acción de Dios y la fuerza vital de su Reino va más allá del ámbito visible de la Iglesia. En ella todos los bautizados, pero muchos bautizados no viven como cristianos. El reino Dios es más amplio y acoge a todos los que están con Cristo, los que viven como discípulos porque promueven y defienden la verdad, la justicia, la igualdad y la dignidad de la persona. Porque Cristo se identifica con las víctimas de toda marginación humana. Y le encontramos también a Cristo actuando en las personas que defienden a las víctimas de todo tipo de injusticia y discriminación.
El grano de mostaza subraya el sorprendente y grandioso resultado final de la acción de Dios, que alienta la esperanza en un futuro esplendoroso, pero insistiendo al mismo tiempo en el decisivo valor del momento presente. En la simplicidad y normalidad de cada día se esconde el germen del reino de Dios y, si descuidamos lo cotidiano, corremos el riesgo de perder la cita con lo eterno. Estamos en tiempo de siembra. Sembrar los valores del evangelio, esa es ahora nuestra tarea.
Hoy, casi todo nos invita a vivir bajo el signo del activismo y la productividad. En el fondo de nuestra conciencia moderna existe la convicción de que, para dar el máximo sentido y plenitud a nuestra vida, lo único importante es trabajar para sacarle el máximo rendimiento y utilidad. Pero pensar y vivir así es estar al borde de dos graves peligros. El primero es ahogarnos en el activismo y el trabajo. Supervalorando nuestro poder y obrar, terminamos por creernos indispensables, pues, pensamos que somos nosotros los que tenemos que hacerlo todo. El segundo es hundirnos en el pesimismo y la resignación al descubrir nuestra propia incapacidad y quedar aplastados por una tarea que nos desborda. El que solamente pone el sentido de su vida en la actividad, en el trabajo, en el rendimiento, corre el peligro de sentirse inútil y fracasado cuando no consigue lo que había planificado.
No es raro que a muchos les resulte difícil y embarazosa esta extraña parábola de Jesús, donde se nos habla de una semilla que crece por sí sola, sin que el labrador le proporcione con su trabajo la fuerza para germinar y crecer. Es una parábola que no se presta a aplicaciones prácticas ni nos dice lo que tenemos que hacer. Sólo nos recuerda que en la semilla hay una fuerza vital que no se debe a nuestro esfuerzo. La vida no se reduce a actividad y trabajo, es un misterio más profundo. Está impregnada de gracia. Es regalo y don. Lo gratuito nos envuelve. Nuestra primera ocupación es respetar y acoger la acción del Espíritu capaz de hacer crecer el Reino en nuestra existencia. Por eso, el estado de ánimo propio del creyente no es el activismo y el esfuerzo, sino la admiración maravillada y el gozo agradecido por todo o que hemos recibido, y seguimos recibiendo.
¿Qué podemos hacer frente a la avalancha de malas noticias? ¿Qué podemos hacer para que el reino de Dios se manifieste y crezca? La mayoría pensamos que muy poco, y que ya tenemos de sobra con librarnos nosotros de la problemática que nos rodea. Y no es así. La parábola del grano de mostaza es una llamada dirigida a todos, una invitación a seguir sembrando las pequeñas semillas de los valores del Reino para que nazca la nueva humanidad. Jesús no habla de grandes cosas. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como un grano de mostaza. Pero es algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizá necesitemos todos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. Probablemente no estemos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir sembrando felicidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo.
Estas parábolas no quieren decirnos que el reino de Dios vendrá en el futuro, o que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos mañana. Quieren hacernos comprender el significado decisivo del tiempo presente, del aquí y el ahora de nuestra historia. Nos invitan a tomar en serio todas las oportunidades presentes, por pequeñas que parezcan. En ellas se esconde la presencia del Reino, y ese es el campo de nuestra siembra, en medio de las oposiciones, los fracasos y los triunfos.
A pesar de todo, detrás de esta sociedad hay un colectivo admirable que nos recuerda también hoy, la grandeza que se encierra en el ser humano. Son los voluntarios. Esos hombres y mujeres que saben acercarse a los que sufren, movidos solamente por su voluntad de servir. En medio de un mundo competitivo, ellos son portadores de una cultura de la gratuidad.
No trabajan por ganar dinero. Su vocación es hacer el bien gratuitamente. Los podemos encontrar acompañando a jóvenes toxicómanos, cuidando ancianos solos, atendiendo a vagabundos, con los chicos de la calle, o trabajando en diferentes servicios sociales.
No son seres vulgares, pues su trabajo está movido por el amor. Por eso no cualquiera puede ser un verdadero voluntario. Al final de la vida se nos juzgará por el amor: “Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed”… Ahí está la verdad última de nuestra vida. Sembrando humanidad estamos abriendo caminos al reino de Dios.
El discípulo ha de ver en todo esto la presencia de Dios y asumirlo, como creyente, en actitud de paciencia histórica. Una visión superficial de lo que sucede en el mundo y de lo que nosotros hacemos puede llevarnos a la desazón y desesperanza. Sólo quien vive y discierne como Jesús, comprende los caminos de Dios, y sabe vivir con gozo y paciencia las situaciones oscuras de la vida y de la historia, esperando, con vencidos, que el resultado final será maravilloso.
Creer en Dios, creer en las personas, creer en el Reino, respetar los ritmos y confiar en la dinámica de su realización aquí, es mucho más que hacer lo que nos toca a cada uno: Es dejar hacer y dejarse hacer por Cristo

3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
¿Soy consciente de que mi tarea como cristiano es sembrar los valores del Reino en el ambiente en que vivo, con obras y con palabras?
El Reino, que empieza como una pequeña semilla, se convierte en una estructura grande de acogida y de servicio a los demás. ¿Cómo me ubico en este proceso, como simple acogido, o como agente de acogida y como artífice de ese mundo nuevo?
¿Soy consciente de ser esa semilla que está creciendo y madurando? ¿Tengo paciencia conmigo mismo para dejarme crecer y hacerme más persona, y abierta a los demás?



Fuente: P. Jose Pagola, P. Felipe Mayordomo, CELAM
Resumen: Jorge Mogrovejo

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