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domingo, 18 de marzo de 2018

Evangelio del Domingo 18 de Marzo del 2018


EDomingo V de Cuaresma Ciclo B 18 de Marzo 2018
Evangelio: Juan 12,20-33.
Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús."Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre." Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré." La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel." Jesús respondió: "No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí." Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.
1.- ¿Qué nos quiere decir Juan, qué mensaje nos trae este Evangelio?
1.- Los griegos que buscan a Jesús. Es una narración teológica colocada en el marco histórico de la vida de Jesús. Refleja una situación posterior a la muerte y resurrección de Jesús, en la que el Evangelio se anunció al mundo griego por medio de sus discípulos. Los griegos se dirigen a Felipe seguramente porque su nombre, y el de Andrés eran griegos, y los dos evangelizaron, después, a los griegos. Es significativo que el deseo de ver a Jesús no haya sido satisfecho. No hay respuesta sencillamente porque la predicación a los no judíos fue después de la resurrección.
La aparición de los griegos en el evangelio de Juan indica que ha llegado la hora de su pasión-glorificación. Glorificación a través de pasión, como el grano de trigo que, para producir fruto, tiene que caer en la tierra y corromperse para poder germinar.
Lo que le interesa al evangelista es la llegada misma de los griegos. Su presencia, signo de universalismo, indica que llegó el momento en que Jesús será glorificado por su muerte y resurrección, para salvación de todos los pueblos. 
2.- El abatimiento de Jesús aparece en los cuatro evangelios. Hay detalles en los que coinciden todos: presentan a un Jesús profundamente humano, su alma está llena de angustia ante la perspectiva de su pasión y de su muerte. Los sinópticos subrayan la teología del Siervo de Yahvé llevado al matadero, sin abrir la boca. En Marcos Jesús, profundamente abatido, siente la tentación de liberarse de ese trance y ora diciendo: “Padre todo es posible para ti, aparta de mi este cáliz”. Y, al final, termina diciendo en la cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.”
En Juan, no es posible esa postura. Jesús se manifiesta soberanamente dueño de sí mismo, dominando toda la escena ante su inminente exaltación en la cruz. Y se interroga con entereza y majestad: “Que diré, ¡Padre, líbrame de esta hora! Estos versículos corresponden a la oración de Getsemaní. Jesús confiesa que se encuentra profundamente abatido y que siente deseos de escaparse de ese terrible trance, pero reacciona reafirmándose en su decisión: acepta su misión y se abraza a la voluntad del Padre en una oración tan breve como generosa: “Padre glorifica tu nombre”. Es decir, Padre, mi vida está en tus manos. Glorifícate tú en mí, manifiesta tu gloria en mí.
Esta invocación corresponde a la petición del Padre nuestro: “Santificado sea tu nombre” con la que pedimos que Dios se haga conocer en el mundo. Jesús sufre ante el momento de librar la lucha decisiva contra Satanás que jugará un papel importante en su pasión y muerte. Pero Jesús es coherente con su predicación y rubricará el cumplimiento de su misión con sus últimas palabras en la cruz: “Padre, todo se ha cumplido”,  misión cumplida.
            "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré." La voz del Padre interpreta el sentido pleno de la pasión del Hijo. Esta voz recuerda las escenas del bautismo y, sobre todo de la transfiguración, en la que ya figuraban los temas de la muerte y resurrección de Jesús. Las palabras del Padre pueden dar testimonio en favor de su Hijo. Los comentarios de la gente: “Lo ha hablado un ángel” evocan al ángel que confortó a Jesús en su agonía.
3.- La hora. Tantas veces anunciada, finalmente ha llegado. La “hora”es un tiempo teológico.” Es la hora del Padre que Jesús hace suya. La hora es la calve para interpretar todas las acciones de Jesús. El evangelista la subraya al situar la muerte de Jesús en la hora sexta, el momento en que sacrificaban el cordero pascual. Así la hora es el momento de la muerte-entrega de Jesús, el Cordero de Dios que pone fin a la antigua Pascua e inaugura la pascua definitiva. La hora-muerte no es de fracaso sino de gloria y de triunfo. La hora, muerte-vida, muestra la fecundidad del amor. La hora de Jesús es su paso al Padre a través de la muerte-resurrección-ascensión.
4.- “Si el grano de trigo no muere”. Tiene un sentido claro en conexión con la muerte de Jesús. En los sinópticos el grano de trigo es utilizado para designar la simiente del Reino. En Juan la parábola del grano tiene un sentido cristológico: Es necesario que Jesús pase por la muerte para producir abundante fruto. Jesús muere, pero resucitará y de él brotará vida en abundancia. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede servir a los demás si uno no está dispuesto a desvivirse por ellos. La vida es fruto del amor y brota en la medida en que nos entregamos. El don de sí es lo que hace que la vida de una persona sea realmente fecunda. Jesús está hablando de sí y está hablando a sus seguidores.
“El que ama su vida”. Tiene este sentido: Jesús morirá para que los hombres tengan vida, pero, a su vez, cada uno de ellos tiene que morir para pasar a la vida nueva del Resucitado. Si alguno me sirve que, me siga. El que sirve a Jesús debe seguirle a dondequiera que él vaya, y donde está Jesús ahí estará su servidor, ya sea en la cruz o en la gloria.
2.- ¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso me pide, hoy, al Señor?
Si el grano de trigo no muere”. Esta imagen expresa muy bien el sentido de la muerte como semilla de fecundidad y de vida. Jesús pone la cruz como condición para la gloria, y la muerte es condición para la fecundidad. El éxito de una vida no se mide por logros parciales, sino por su totalidad. Cargar la cruz o sepultarse como el grano de trigo son momentos de toda una vida cuyo objetivo final, es dar fruto, realizándose como persona.
“Ha llegado la hora. Se trata de vivir la vida, aquí-ahora, siguiendo a Jesús y recorriendo su camino. De vivir la vida con un dinamismo de entrega total aceptando el camino de la pasión por defender la vida y dar vida. La gloria y plenitud de Dios, y nuestra propia gloria y plenitud, no se manifiestan a través del poder, del privilegio, del triunfo, sino a través de la entrega, del desvivirnos por los otros, hasta la muerte en la cruz.
Dios no quiere la muerte, ni el sufrimiento. El Dios-Padre, revelado por Jesús, es el Dios de la vida. Es natural que nosotros rechacemos el dolor, que lo evitemos siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo entre nosotros. Pero en esa lucha por suprimirlo, hay un sufrimiento que es necesario asumir. Es el sufrimiento aceptado como precio y como consecuencia de nuestra lucha y esfuerzo por hacerlo desaparecer en nuestra vida y en las otras personas. El dolor sólo es bueno si forma parte el proceso y de la dinámica de supresión.
Es cierto que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Pero cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede ser indiferente al dolor, sea grande o pequeño, de los otros. Amar a las personas incluye sufrimiento, compasión, solidaridad en el dolor. Ningún sufrimiento nos puede ser ajeno si queremos seguir a Jesús. Esta solidaridad dolorosa es la que hace surgir la salvación y la liberación de las personas; es lo que glorifica y pleno sentido a nuestro esfuerzo; es lo que hace presente a Dios, tal cual es, en este mundo necesitado de perdón y de amor. Esto es lo que descubrimos en la vida y muerte de Jesús. El cristiano ni busca, ni ama el sufrimiento. No sufre por sufrir. Si acepta el dolor, y hasta la muerte, es sólo como precio y consecuencia de su compromiso por la vida y la liberación.
La cruz es la señal del cristiano, pero la cruz no nos atrae, no nos agrada. Ante la cruz se reacciona con alergia, y la sociedad del bienestar la excluye cuidadosamente de sus eslóganes. Hay rechazo a la cruz, y rebeldía ante las cruces inevitables de la vida. Pero la cruz no son dos palos cruzados y vacíos, sino el crucificado que pende de ellos, siendo conscientes de que no hay posibilidad de un crucificado sin cruz.
Es muy importante distinguir claramente entre la cruz y el Crucificado si queremos hacer creíble y dar racionalidad al mensaje y a la filosofía de la cruz. Y tener bien claro qué es lo que la cruz nos exige. La lucha por la vida puede comparase a la carga de la cruz. La vida tiene cruces para todos. Ser discípulo de Cristo no protege a nadie, ni dispensa a nadie de las cruces de la vida. Más bien el seguimiento de Cristo impone otras cruces adicionales para ser fieles a las exigencias de la fe. Saber asumir las cruces inevitables es la clave fundamental para afrontar y resolver los problemas de la vida, de una manera lúcida y responsable, desde la fe.
Dios no manda el dolor, ni se complace en ver sufrir a nadie. Cuando hablamos de amor a la cruz, y que hay que estar dispuestos a llevarla a cuestas cada día, entendemos todo esfuerzo aceptado por amor para ser fieles al seguimiento de Cristo y cumplir fielmente la voluntad de Dios. Esa es la cruz redentora a la que Dios ha vinculado la gloria. Y si alguna vez nos parece insoportable, si nos sentimos agobiados bajo el peso de la cruz, y sin ganas para seguir adelante, quizá sea porque la miramos mal: la miramos por detrás y sólo vemos dos palos cruzados que no pueden entusiasmar a nadie. Hay que dar la vuelta a la cruz para ver a Jesús que pende de ella por amor. Entonces todo será distinto.  Cuando hablamos de amor a la cruz, estamos hablando con más exactitud, de amor al crucificado
“Queremos ver a Jesús, ¿me podrías hacer ese favor? ¿Nos han pedido eso alguna vez? ¿Y si nos lo pidieran en esta Cuaresma, podríamos satisfacer esa petición? Conocer a Jesús, el del Evangelio, el Jesús-Cristo de nuestra fe, es el desafío permanente de los bautizados que quieren vivir como cristianos. Estamos en Cuaresma, cuarenta días de preparación para llegar a la Pascua y poder renovar las promesas bautismales, para asumir, este año, de una manera más consciente y personal nuestros compromisos con Cristo. Desde el siglo XI la Iglesia nos propone la Pascua como meta de la Cuaresma y como objetivo renovar las promesas bautismales. ¿De veras queremos ver a Jesús?
La hora de Jesús nos invita a asumir nuestra hora. El momento de tomar esa decisión que no hemos tomado, esa decisión que tantas veces hemos pensado tomar. La Pascua es paso: de aquí a allá. De este estilo de vida que llevo, al estilo que yo debería vivir, al que pienso que debería llegar. Cristo dio el paso para indicarnos el camino. Para hacernos ver que sí es posible dar el paso con él.
La Pascua es primavera, en algunas latitudes: rebrota la vida, es tiempo de flores. Los frutos vendrán después. La Pascua una época para convertir nuestra vida en primavera. Para dejar que germinen todas las semillas que Dios sembró en nuestro corazón. Abramos nuestra vida a Dios para que el calor de su amor haga florecer el jardín de nuestra vida. 
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
  • Esfuerzo, lucha y sufrimiento expresan el contenido de lo que es y significa la cruz. ¿Es esta la herramienta con la que estoy modelando y construyendo mi vida?
  • Ser libre es ser capaz de tomar nuestra vida en nuestras propias manos para hacer de ella algo maravilloso, pero ¿podremos llegar a ser alguien sin esfuerzo, sin lucha, sin sufrimiento, sin cruz? ¿Podremos decir al final de la vida, como dijo Cristo, Padre misión cumplida?
  • En un ambiente social en el que la Semana Santa se ha convertido en turismo”, ¿he puesto en mi agenda-horario tiempo para las celebraciones religiosas?

Autor: P. Felipe Mayordomo Álvarez sdb.



Transcripcion: Jorge Mogrovejo M. 

domingo, 11 de marzo de 2018

Evangelio del Domingo 11 de Marzo del 2018



la vida, y se aplica a sí mismo la imagen de la serpiente de bronce. Jesús ve en aquél mástil la figura anticipada del madero de la cruz y empieza a explicárselo al ilustre fariseo que le escucha admirado: “Así tiene que ser clavado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.
El término elevar significa, al mismo tiempo, que Jesús será elevado en la cruz y que será exaltado en la resurrección. La cruz es el trampolín para saltar a la resurrección. Para Juan, la cruz no es el lugar de la máxima humillación sino el lugar de la exaltación y la glorificación. “Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre sea glorificado”. La elevación de la crucifixión, incluye dos momento ligados entre sí: la elevación en la cruz y su exaltación por la resurrección, y la ascensión al Padre. Por eso el crucificado es el máximo signo del amor de Dios y fuente de vida para los creyentes.
La victoria de la cruz es la victoria del amor sobre el odio y la violencia, de la verdad sobre la mentira, de la vida sobre la muerte, aunque predomine todavía el odio, la mentira y la violencia. La cruz es signo de la esperanza en la liberación final y en la victoria definitiva de Dios. Nadie puede pasar indiferente ante la cruz como si este acontecimiento nada tuviera que ver con él.
El Evangelio de hoy, del diálogo de Jesús con Nicodemo, nos ofrece una pista deslumbrante del camino del amor: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único”. Detrás del Crucificado está el mismísimo Dios. La Cruz vista desde su lado luminoso, se convierte en el símbolo del amor ilimitado de Dios. En la cruz del Hijo, se demuestra qué lejos va Dios en su amor, al entregarnos lo más querido para él. Y qué lejos va Jesús, al jugársela toda por nosotros los hombres.
Amor significa, ante todo, interés por el otro, participación en su realidad, preocupación en sus necesidades, y jugarse todo por él. El amor solo quiere el bien del amado y trata de favorecerlo en todas las formas posibles. Para quien ama, el destino de la persona amada no le son indiferentes, más bien compromete todas sus fuerzas para hacer posible que ella viva con gozo y plenitud.
Dios se interesa de tal manera por su amada humanidad que manda a su Hijo, y lo expone a los peligros de esa misión, consciente de que puede terminar crucificado. Nosotros significamos tanto para Dios, que él pone en riesgo a su propio Hijo por nosotros. Y el Hijo viene para ocuparse personalmente de nosotros, para mostrarnos el camino de la salvación, para invitarnos a la comunión con el Padre, para que vivamos como hijos de Dios, y como verdaderos hermanos entre nosotros.
No se dice qué es, o cómo es Dios en su esencia, sino qué hace Dios por nosotros, sus hijos, creados por amor y destinados a vivir el amor en Dios mismo, podremos comprender porque Dios hace lo que hace, y descubrir que la esencia de Dios es el amor, sólo comprensible desde la fe.
Otra gran novedad. Frente al pueblo que esperaba un Mesías guerreo que acabaría con los malos, llega Jesús, que no viene a condenar, sino a salvar. La iniciativa procede de Dios que da el primer paso al enviarnos a su Hijo como prueba de su amor. El hombre responde aceptando ese don y, dejándose amar, vuelve a “nacer”. El hombre es sumergido en la vida de Dios con el nuevo nacimiento que nos conduce a la plenitud de nuestro ser, a la verdadera “vida” que no pasa.
Lo sorprendente es saber que si podemos amar es porque hemos sido amados primero. Este es el primer y fundamental paso que Dios dio por nosotros. Y esta expresión máxima del amor de Dios, es una interpelación a nuestra responsabilidad para que aceptemos su amor. Dios quiere salvar, pero desde nuestra libertad somos capaces de rechazar ese amor. La condenación es responsabilidad personal de cada uno. El juicio de salud, o de desgracia no es una decisión del futuro, si no que sucede en este momento, aquí y ahora, por nuestra decisión personal de aceptar o rechazar a Cristo. Dios revela su increíble solicitud por nosotros pero no puede salvarnos sin contar con nosotros, ni mucho menos en contra de nuestra voluntad.
Otro tema importante es la oferta de la luz. Se habla aquí de la luz que es la verdad, de la verdad que es amor, del amor que es la vida eterna. Y se habla de que esta Luz-Verdad-Amor-Vida se acerca al hombre, en la persona de Jesucristo, para iluminarlo y salvarlo, para atraerlo y transformarlo
Jesús es la luz que ilumina a todo el que viene a este mundo, pero la luz fue rechazada y los hombres prefirieron las tinieblas porque sus obras eran malas”. La raíz del rechazo de Dios no está por lo tanto en la mente sino en el corazón: Es problema de obras y no de conceptos. Jesús establece un principio claro: hay una relación directa entre buena conciencia y fe, y entre incredulidad y malas obras. A veces vemos la fe como un conjunto de verdades que hay que aceptar, dejando la fe a nivel de ideas, relacionando fe e inteligencia. Pero Jesús en el coloquio con Nicodemo nos hace otra afirmación: El que obra la verdad se acerca a la luz para que se vean sus obras, pero el que obra mal huye de la luz para no verse acusado por sus obras”. Las buenas obras llevan a creer, las malas obras apartan de la fe. La fe profesada en el credo es sólo una parte de mi aceptación de Dios, la otra parte es mi vida.
2.- ¿Qué mensaje nos trae este pasaje y qué compromiso me pide,  hoy, al Señor?
            ¿Qué sentido puede tener fijar los ojos en una persona crucificada para una sociedad que busca apasionadamente el confort, la comodidad y el máximo bienestar? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo obsesionado por la cruz y las llagas del crucificado?
            Los cristianos, cuando adoramos la cruz, no ensalzamos el sufrimiento, la inmolación y la muerte, sino la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte. No es el sufrimiento el que salva, sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa de los hombres. No es la sangre la que purifica, sino el amor infinito de Dios que nos acoge como hijos. Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar de una forma masoquista el sufrimiento, sino saber acercarnos a los que sufren solidarizándonos con todas las consecuencias, para destruir sus cruces, o ayudarles a llevarlas.
             Descubrir la grandeza de la cruz no es encontrar algún poder o virtud en el dolor, sino saber percibir la fuerza liberadora que se encierra en el amor cuando es vivido en toda su profundidad.
            Hay cruces casi inevitables, como el trabajo, el clima, la convivencia, que debemos asumirlas. Hay cruces que nos endosan, como una calumnia, un contrato de trabajo que hay que aceptar porque no hay más remedio. Hay cruces que nos atrapan como la droga, el dinero, el poder, el juego, habrá que huir de estas cruces. Hay cruces de temporada, como la enfermedad, los exámenes, la muerte de un ser querido, que debemos aceptarlas sin hacerlas más pesadas. Y cruces de competición, como el trabajo, la lucha para mejorar la capacitación profesional, o las condicionen de vida. Estas cruces no pesan, son parte de nuestra manera de ser y crecer como personas, son nuestro aporte, nuestro tributo para conseguir, ese objetivo soñando, es e título. Estas cruces no deberían pesarnos, y debemos  buscarlas y asumirlas. Y cuando es posible destruirlas.
            La cruz de la que habló Jesús tiene una dimensión más redentora y solidaria: se trata de la cruz del dolor, de la injusticia, de la miseria y de la exclusión que los sistemas sociales, de todos los tiempos, les imponen a las personas más débiles. Esas son las cruz que debo admirar y cargar con alegría: la cruz del que procura que el otro no tenga cruz, del que ayuda al otro a llevar su cruz, la del que se mortifica por no mortificar a los otros, la del que sufre para que el otro no sufra, porque le ama. Esta es la cruz de Jesús. Esta es la cruz que da vida, que nos da vida, que nos salva.
            Jesús al invitarnos hoy a negarnos a nosotros mismos y a cargar con la cruz, no nos invita a un ejercicio piadoso, sino a una opción serena y responsable por aquellos a los que el sistema les impone la cruz de la intolerancia, la exclusión y la miseria. No es necesario inventar más cruces, ya hay suficientes. Pocos aspectos del Evangelio han sido tan distorsionados y desfigurados como la llamada de Jesús a “tomar la cruz”. Muchas personas tienen ideas confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Jesús no ama, ni busca el sufrimiento, ni para él, ni para los demás, como si este encerrara algo especialmente grato a Dios. Es una equivocación creer que uno sigue más de cerca a Jesús si busca sufrir sin necesidad alguna, si sufre por sufrir. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume las cruces que nacen del seguimiento fiel a Cristo. Cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye sino que lo asume en una actitud de fidelidad al Padre y de servicio incondicional a las personas.
            La cruz cristiana no es símbolo ni de masoquismo, ni de simple resignación: es el símbolo del máximo gesto de libertad y de amor. Dios eligió la cruz por amor a los crucificados, en solidaridad con todos los que sufren. La cruz aunque absurda, puede ser el camino para una gran liberación, con tal que tú la aceptes con libertad y amor como Jesús. La cruz entra en la historia del amor” L. Boff.
            En la Eucaristía anunciamos la muerte de Cristo y proclamamos su resurrección hasta que venga. En el misterio de la redención lo principal no es la cruz, ni el camino de la muerte, sino el testimonio de amor de Jesús al Padre que le lleva a aceptar la cruz y la muerte. La muerte sin el testimonio de amor solo sería un absurdo y cruel acontecimiento. Jesús llevó la cruz hasta la muerte como testimonio de amor y los que quieran ser cristianos deben seguir su camino e imitar su ejemplo.
La filosofía de la cruz no se limita a la formulación de unos principios doctrinales abstractos, sino que contempla más bien las cruces concretas de la vida humana. No anuncia la vocación cristiana como una situación de privilegio protegido de las adversidades; sino que expresa con crudo realismo, las dificultades que esa vocación conlleva: cargar con las cruces, que la vida impone y cargar con las cruces que el discípulo de Cristo se impone para poder seguirle. Si la cruz puede llenar de sombras el paisaje de la vida, el amor con que se asume proyecta su luz de esperanza sobre el horizonte.
            La cruz no puede ser alabada ni amada por sí misma. No es posible amar ni entusiasmase con dos maderos cruzados, utilizados para un bárbaro suplicio, ni puede ser interpretada como una medida de la capacidad estoica de resistencia pasiva. Lo que la fe predica es el crucificado que pende de ella por amor. La cruz que Cristo nos invita a tomar es la de los esfuerzos que uno asume, o se impone para ser fiel a la voluntad del Padre, y esto como expresión de amor.
            Entendida así la cruz es elemento transformador de todas las realidades humanas. Por eso más que hablar de la cruz como condición para el discipulado de Cristo, se debería hablar de una elección de amor preferencial, y mirando siempre más al crucificado que a la cruz. Las cruces suelen venir sin buscarlas, y tenemos que llevar, a gusto, o a disgusto, las cruces: de la enfermedad, el fracaso, los desengaños, los trabajos. Las previstas y las impuestas, ante las que nos lamentamos y nos preguntamos ¿por qué me vino ahora esto a mí? Todo eso entra en el programa de la vida. Jesús no da explicaciones del origen de las cruces, sólo nos invita a cargar con ellas y seguirle.
            Tanto amó Dios al mundo, es el centro y el eje de la fe cristiana. El amor de Dios es universal y alcanza a la humanidad entera. El objetivo de su amor es que el mundo tenga vida auténtica y que cada uno de nosotros también la tengamos. Debemos ser capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica. Debemos convencernos de que creer en Cristo es tener vida eterna, es decir comenzar a vivir ya, desde ahora, algo nuevo y definitivo que no tendrá fin.
No podemos vivir sin ese Dios, cercano al mundo y a cada uno de nosotros, que toma la iniciativa de amarnos, que ama sin condiciones, con plenitud y lealtad, que anima y sostiene nuestra vida, y que nos llama, y nos urge, desde ahora, a una vida más plena y más libre. Ser creyente es sentirse amado y llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo, desde nuestra adhesión a Jesucristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte de una vida cada vez más humana.
            En el fondo de toda ternura, en el interior de todo encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en la entraña de todo amor, vibra el amor infinito de Dios. Por eso la vida del ser humano no tiene sentido sin amor. Para el hombre o la mujer, creyentes, vivir significa dar, acoger y compartir. Creados a imagen y semejanza Dios, no podemos auto-realizarnos en solitario. La vida humana es vida social, en relación de amor y amistad con los demás. Sin relaciones de amor, ningún ser humano es verdadera y plenamente persona.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
·         ¿Tengo claro lo que significa la cruz y el sentido de cargar la cruz?
·         El Dios en el que tú crees, ¿es el Dios del Evangelio de hoy? ¿Has sentido en tu vida su amor?
·         ¿Ves en la Cuaresma una oportunidad para conocer al Dios verdadero y saber cómo debes vivir?

Autor: P. Felipe Mayordomo Álvarez sdb
Transcripcion: Jorge Mogrovejo Merchan  

Comentario al Evangelio del Domingo 27 de marzo del 2022

 IV Domingo de Cuaresma. 28/03/2022 Pericopa: Lc 15,1-3.11-32  En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para es...