domingo, 10 de junio de 2018

Evangelio del Domingo 10 de Junio del 2018


DOMINGO 10mo. CICLO ORDINARIO 
CICLO B "CONSAGRACION DEL ECUADOR AL SAGRADO CORAZON DE JESUS" 10 JUNIO 2018
EVANGELIO Mc 3,20-35
"Entró en la casa, y se reunió tal gentío, que no podían ni comer. Sus familiares, que lo oyeron, salieron a calmarlo, porque decían que estaba fuera de sí. Los letrados que habían bajado de Jerusalén decían: Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los llamó y por medio de comparaciones les explicó: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir. Una casa dividida internamente no puede mantenerse. Si Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede subsistir, más bien va camino de su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas si primero no lo ata. Después podrá saquear la casa. Les aseguro que a los hombres se les pueden perdonar todos los pecados y las blasfemias que pronuncien. Pero el que blasfeme contra el Espíritu jamás tendrá perdón; será culpable para siempre. Jesús dijo esto porque ellos decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Fueron su madre y sus hermanos, se detuvieron fuera y lo mandaron a llamar. La gente estaba sentada en torno a él y le dijeron: Mira, tu madre y tus hermanos [y hermanas] están fuera y te buscan. Él les respondió: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de él, dice: Miren, éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre."
1.- ¿Qué nos quiere decir Macos en este evangelio

        En esta perícopa podemos distinguir tres partes o subsecciones. La primera (3,20-21) y la tercera (3,31-35), que enmarcan el texto, tienen como tema en común las relaciones de Jesús con su familia. Y en la parte central (3,23-30) tenemos la acusación de los escribas contra Jesús de estar poseído por un demonio y la respuesta del mismo Jesús antes esta acusación.

      El texto comienza ubicando a Jesús y sus discípulos de regreso a “casa”, que sería la casa que Pedro tenía en Cafarnaúm (cf. 1,29), con la intención de descansar y compartir. Pero la situación que se presenta es otra pues acude tanta gente que no les daba el tiempo ni para comer. Los “suyos”, o sea sus “parientes”, se enteran de esta situación y van a buscarlo con la intención de llevárselo porque “está fuera de sí” o “está loco”. Este juicio de valor sobre la actuación de Jesús por parte de sus parientes no deja de ser duro y fuerte. Posiblemente sientan que el “alboroto social” que causa esta actuación de Jesús esté dañando el honor de su familia. A nivel teológico, debe interpretarse como una manifestación más de la incomprensión ante la obra y el mensaje de Jesús que incluye no sólo a las autoridades judías sino a su propia familia y a sus mismos discípulos (J. Gnilka).


     En 3,22 entran en escena “los escribas venidos de Jerusalén” y hacen un juicio de valor sobre la actuación de Jesús mucho peor: está poseído por un demonio y obra movido por un poder diabólico. La posesión se atribuye a “Belzebul” que puede traducirse como “señor del estiércol” o “señor de las moscas” y que respondería a las concepciones demonológicas de la época y de la región, con cierta ironía sobre las divinidades paganas.

    Entonces en 3,23-26 Jesús llama a los escribas y por medio de “parábolas” o comparaciones les busca demostrar lo absurdo de su acusación. Si el príncipe de los demonios, que es Satanás, es quien expulsa a los demonios, esto indica una división interna que es camino seguro a la destrucción, como sucede con un reino o una familia dividida.

     Notemos que “«Satanás», el antagonista es, en el judaísmo, el nombre de un potente ángel de castigo, que induce al hombre al pecado y obra en contra del plan de Dios secundado por muchos cómplices. Así, cada vez se esclaviza más al hombre bajo el pecado, sometido a las consecuencias desastrosas de la enfermedad y de la muerte”


     El v. 27 nos presenta otra breve parábola o comparación que da razón de la actividad de exorcista de Jesús de modo positivo diciendo que para saquear la casa de un hombre fuerte, primero se tiene que atar a su dueño. Es decir, Jesús es quien domina con el poder de Dios al hombre fuerte, que es Satanás, y libera a los hombres que él mantiene cautivos en su casa, en su reino del mal.

    En los vv. 28-30 se retoma el tono polémico como deja en claro el v. 30: “Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».”

   Aquí Jesús primero establece el principio del perdón total que Dios ofrece a los hombres, de “todos los pecados y blasfemias” que puedan haber cometido (v. 28). Pero a continuación (v. 29) declara que hay una excepción a este principio: no se perdonará jamás la “blasfemia contra el Espíritu Santo”, porque se trata del rechazo de la salvación ofrecida por Jesús, pues en vez de reconocer que está llevando a cabo la acción salvadora de Dios por medio del Espíritu Santo, lo atribuyen a un espíritu impuro, o sea a un demonio.

   Al respecto R. Schnackenburg afirma: “Un pecado contra el Espíritu Santo no es simplemente un hecho, sino una disposición espiritual permanente, es una ceguera culpable por sí misma, un resistirse a la acción salvadora de Dios. En tanto que un hombre persiste obstinadamente en su oposición a Dios, se excluye a sí mismo de la salvación. Y eso es precisamente lo que acontece cuando alguien atribuye al espíritu satánico las acciones del Espíritu divino reconocibles en Jesús”.
   En 3,31-35 se retoma el tema de la familia de Jesús. Nos dice el evangelio que ellos se acercan pero no pueden o no quieren ingresar a la casa; y lo mandar llamar. Entonces Jesús “rechaza las pretensiones de sus parientes aludiendo a una nueva familia que comienza a constituirse en torno a él.” (J. Gnilka). Jesús declara la sustitución de una familia fundada en lazos de sangre (parentesco); por una nueva familia cuyo vínculo está en el cumplimiento de la voluntad de Dios 

    Al respecto, nota L. Lentzen-Deis que “al definir quién es el «hermano, hermana y madre» de Jesús, el texto antepone las palabras «hermano y hermana». De esta manera ya no fija la atención en la madre y los hermanos «históricos» (v. 31), sino en la nueva comunidad, porque las palabras hermano, hermana también estaban en boga en la comunidad del evangelista […] Los miembros de esta comunidad se convierten para él en hermano, hermana y madre de Jesús y convive con ellos. Las exigencias de la llamada en el grupo de los discípulos pueden tener primacía sobre las de la propia familia. Pero la respuesta de Jesús pone también una condición a esta nueva comunidad, que llega a ser una tarea para los lectores. Los que él llama hermanos son solamente los que verdaderamente cumplen la voluntad de Dios”.
En síntesis, el texto nos muestra que para comprender y aceptar a Jesús y su obra no son suficientes ni la mirada simplemente humana, desde una lógica social, que tenían sus parientes; ni mucho menos la mirada de sospecha o recelo de los custodios de la religión oficial, de los escribas de Jerusalén. Para ellos Jesús aparece como alguien loco o endemoniado. Queda como único camino válido hacerse de su familia, pertenecer a su casa, aceptando y cumpliendo la voluntad del Dios que Jesús está revelando, y que es el ofrecimiento del perdón que libera de la esclavitud del pecado y del dominio del mal. Quienes responden a esta llamada de Dios siguiendo a Jesús, creyendo y confiando en Él, podrán comprender “el misterio del reino de Dios” (Mc 4,11) y participar del mismo.


2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y qué compromiso nos pide, hoy el Señor?
       Los textos de este domingo nos recuerdan el proyecto amoroso de Dios y la actitud de incomprensión y de rechazo que este proyecto encuentra en el corazón humano. El pecado del Génesis significa dar la espalda a Dios, y lo que era bondad y armonía se vuelve acusación y hostilidad. Encontramos ecos de aquél pecado, en el evangelio: las palabras de Jesús, sus curaciones y gestos provocan la admiración y adhesión de muchos, pero también la incomprensión de sus familiares y las calumnias de los maestros de la Ley.
          Sin embargo, Jesús convoca una nueva fraternidad, unida en el amor a la voluntad del Padre. Acojamos la Palabra con el deseo de comprender el proyecto de Dios para nosotros y aprender a vivir la nueva fraternidad cumpliendo la voluntad del Padre. Nosotros hoy, que meditamos este pasaje y deseamos formar parte de la fraternidad de en torno a Cristo, seguimos siendo interpelados por su palabra exigente y llena de vida: felices los que cumplen la voluntad de Dios.
        Como aquella gente que estaba con Jesús, nosotros sentimos esa mirada que nos declara familiares suyos. La palabra que hemos leído nos ayuda a reflexionar acerca de nuestra condición de hermanos de Jesús. Esta nueva fraternidad afecta a nuestras relaciones con Jesús y con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y nos invita a contemplar la historia con renovada esperanza.
a.- El pecado imperdonable
       Blasfemar contra su Espíritu es atribuir a Belcebú, Satanás, lo que es acción de Dios. Quien se obstina frente a las señales patentes, se cierra a la acción de Dios, y al perdón, por el cual vencería a Satán. Quien rehúsa el perdón no puede recibirlo. A Jesús que libera a los posesos lo declaran el primer poseso.
El Espíritu nos da el don del discernimiento, la sabiduría para distinguir lo bueno de lo malo, a Dios y al pecado. Blasfemar contra el Espíritu Santo, es el pecado de aquellos que entienden y organizan  su vida desde ellos mismos y para ellos mismos, no desde Dios. Quien se encierra en su orgullo y se niega a reconocer las semillas del Reino y del Espíritu de Dios en la historia. El que se niega a acoger la presencia de Dios humanizando a las personas y dice que ahí está el diablo, él mismo se cierra al perdón.
No sentirse necesitado de salvación, no aceptar ningún salvador, rechazar la liberación distorsionando la misma manifestación de Dios y manipulando interesadamente la llamada que nos hace: eso es pecar contra el Espíritu Santo. Este pecado no tiene perdón, no porque Dios no esté dispuesto a perdonar, sino porque el ser humano  se niega a arrepentirse.
           El bien y el mal no están aquí o allí, divididos en sectores, sino que luchan en el interior de cada persona y de cada institución. Nos encanta  simplificar las cosas para combatir el mal fuera de nosotros, sin darnos cuenta  que está en nuestro propio interior. La realidad es mucho más ambigua. El evangelio es, a este respecto, muy claro: nadie puede meterse  en casa  de una persona fuerte y llevarse su ajuar si primero no lo ata. Dentro de nosotros está la ambigüedad y se da el conflicto entre “el fuerte y el más fuerte”. En esa lucha entre Jesús y Satanás está en juego la gloria de Dios y la vida del ser humano, su consistencia y su libertad. El mensaje de Jesús ilumina la lucha de cada persona contra el mal.
Todos damos por supuesto que una persona es normal y sana cuando cumple dignamente con el papel social que le toca desempeñar. Cuando hace lo que de ella se espera y sabe adaptarse y actuar  según la escala de valores  y las pautas que están de moda en la sociedad. Por el contrario, la persona que no se adapta a esos esquemas y actúa de manera distinta, corre el riesgo de ser considerada como loca, neurótica, tonta, sospechosa. Este es el caso de Jesús.
             El problema está en saber quién es el que está verdaderamente desequilibrado y poseído por el mal, y quién es el verdaderamente sano que sabe crecer como persona. ¡Cuántas personas valoradas socialmente por su eficacia y su capacidad de moverse con agilidad en esta sociedad, son triste caricatura de lo que un ser humano está llamado a ser. No es fácil ser uno mismo y mantener la propia libertad en medio de una sociedad enferma donde la mayoría se conforma  con “adaptarse”, “vivir bien”, “sentirse seguro”,  y “respetar el guión”. Los creyentes olvidamos, con frecuencia, que la fe en Jesús puede darnos libertad interna y fuerza para salvarnos de tantas presiones e imperativos sociales que atrofian nuestro crecimiento como personas verdaderamente sanas y libres.
            Para los bien-pensantes, los cristianos somos una raza de locos, porque nos dejamos llevar por el Espíritu. Pero aceptar el Espíritu de Jesús significa, necesariamente, estar fuera de sí, fuera de las prudencias, de las hipocresías, del mero conservar lo que somos.
b.- La verdadera familia de Jesús.
La resistencia se infiltra entre sus familiares o allegados, aunque sea más incomprensión que hostilidad. Lo que intentan es sujetarlo, impedir su actividad, juzgan que desvaría o que no sabe contenerse. Acusación gravísima que intenta desacreditar por la base toda la actividad de Jesús.
       Su madre y sus hermanos llegan donde está con la gente con intención de levárselo, pero se quedan fuera del círculo de Jesús. Ese quedarse fuera tiene un enorme sentido simbólico: ya no son de su familia. Para él su madre y sus hermanos son los que le siguen. Frente a un concepto estrecho de familia, Jesús abre el horizonte de una nueva comunidad familiar. Un cristiano no debe reducir su capacidad de amor a la familia doméstica y de sangre, sino que, siguiendo el querer de Dios, debe contribuir a la formación de la gran comunidad humana, pues la familia cristiana no es un punto de partida, sino punto de llegada.
Jesús ha venido a formar una fraternidad nueva con los que cumplen la voluntad de Dios, y para ser hermano de Jesús, no hay privilegios establecidos, ni parentescos. La fidelidad a lo que Jesús enseñó es lo que nos hace sus hermanos. Esta es la base de la fraternidad cristiana: somos sus hermanos, somos hermanos unos de otros cuando salimos de nuestro egoísmo para ir al encuentro de la voluntad de Dios.




3.- ¿Qué respuestas le voy a dar, hoy, al Señor?
1.- ¿Qué reclamos me hace el Jesus de este pasaje evangelico?
2.- Por mi forma de vivir, ¿se ve que pertenezco a la familia de Jesus?
3.- ¿Que debe cambiar de mi vida para entrar a formar parte de la familia de Jesus?



Autor: Celam - Lectio Divina / Padre Felipe Mayordomo A. / Padre Jose Pagola
Resumen y Transcripcion: Jorge Mogrovejo M.
 

domingo, 3 de junio de 2018

Evangelio Dominical de Corpus Christi (Domingo 3 de Junio del 2018)

CORPUS CRISTI Ciclo B - 3 de Junio 2018
Evangelio: Mc 14,12-16.22-26
            "El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Síganlo y donde entre, digan al dueño de casa: Dice el Maestro, que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él les mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparen allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Les aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos."
1.- ¿Qué nos quiere decir Marcos, en este evangelio?
            El Evangelio de hoy ilumina la comprensión y la vivencia del Misterio de la Eucaristía. Jesús evoca el rito de la Alianza del Sinaí y sella una Nueva Alianza en su Sangre. En los dones del pan y del vino ofrece libremente su vida al Padre y nos invita a unirnos a él, en la Eucaristía
            Jesús, que en su camino hacia la Cruz actúa deliberadamente, y con plena libertad, envia a los discípulos para preparar la Pascua judía. Y en ese contexto nace la eucaristía como la fiesta de la nueva pascua y de la nueva alianza que reempaza la alianza antigua.
La institución de la Eucaristía, constituye uno de los pasajes más importantes del Evangelio de Marcos. No hay ninguna alusión al cordero, que ocupaba el centro de aquella comida. Aquí el acento recae en los gestos y palabras de Jesús que da una interpretación del significado último de su muerte.
Todo es distinto, porque ahora el cordero es él y el libertador es él y la alianza es él: Con sus gestos y palabras Jesús hace ver a sus comensales que están participando en algo completamente nuevo e inaudito. Está celebrando su propia pascua, cuyo memorial quedará perpetuado bajo el digno del pan y del vino. Jesús es el anfitrión que invita esa tarde, para algo distinto, a los Doce.
            Marcos no presenta la tradición de la cena como una enseñanza sobre la celebración de la Eucaristía, sino con la finalidad inmediata, de hacer una interpretación de toda la misión de Jesús y del rol que los discípulos tienen en ella. Cada gesto está acompañado de una palabra explicativa: Sobre el pan y sobre la copa Jesús pronuncia una oración, “bendijo” el pan y “dio gracias” sobre la copa. Con el pan en sus manos Jesús dice “tomen”. De la copa se dice que bebieron todos, y aunque tampoco lo dice, se entiende que todos comieron del pan. Lo importante es que Marcos nos hace caer en cuenta que los discípulos tienen una participación directa en las acciones de Jesús. Cuando bendice y parte el pan, dice: “Esto es mi cuerpo” Al actuar así, Jesús está usando el pan como un símbolo particularmente profundo de lo que es él mismo y de lo que es su misión, su obra en el mundo.
            Si miramos el término “pan”, o “panes” tal como aparece en el evangelio, notaremos que Marcos ya lo ha presentado como un símbolo eficaz de la tarea mesiánica de Jesús, en los dos relatos de multiplicación de los panes y de tantas comidas de Jesús con los pobres hambrientos, los pecadores arrepentidos y los discípulos amigos. En las dos descubrimos una conexión explícita con la cena pascual de Jesús. Los verbos son los mismos: “tomar el pan”, “dar gracias”, “fraccionar” y “dar”. En las dos multiplicaciones Jesús responde a las necesidades de la gente, son los discípulos los que distribuyan el pan a la multitud y ellos mismos recogen las sobras.
            La palabra “panes” o “pan” tiene claramente en el Evangelio de Marcos la función de símbolo de la misión de Jesús que se propone reunir y alimentar al pueblo de Israel y a todos los pueblos. No podemos entender la última cena sin todo este contexto del Evangelio de Marcos. La última cena es el tercero de los “convites” mesiánicos del Evangelio. Los gestos de Jesús sobre la comida, bendición, fracción, distribución, son los mismos en cada uno de los convites, los dicípulos tienen un papel importante y los convites están conectados con el éxodo liberador: los primeros por su ambientación en el desierto y la última cena por su conexión con la pascua.
            La última cena le da una profundidad mayor al significado de los panes, pues  el pan no es solo signo de su misión universal; ahora el pan es “Su cuerpo”, es él mismo. Jesús se encuentra frente a la muerte que se avecina, y su “cuerpo” está a punto de ser entregado, torturado y asesinado. Ahora podemos entender mejor cómo el poner el pan en manos de los discípulos, un pan que ahora es declarado “su propio cuerpo”, se convierte en un símbolo preciso de la muerte de Jesús.
La palabra “pan” se une a las predicciones de la pasión que ha venido haciendo en el viaje a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser “entregado”. Comprendemos ahora de manera más clara que el ofrecimiento de su cuerpo/pan es la realización de lo que dijo: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su propia vida como rescate por muchos”.
            También el cáliz tiene un significado simbólico en el Evangelio, aunque no tan amplio como el del pan. En este caso, las palabras son claras: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”. “Beber del cáliz que Dios ha preparado” era una expresión hebrea con la que se indicaba el martirio de un profeta. Marcos está pensando en este sentido y en Getsemaní queda claro que el “cáliz” es un símbolo de su muerte: “Padre, aparta de mí este cáliz”. Y se entiende mejor si conectamos el pasaje de los hijos de Zebedeo, que bebieron el caliz de Jesús y compartieron la muerte con él.
            Las palabras explicativas dicen claramente lo que las acciones de Jesús habían comunicado ya: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”. La precisión “por muchos”, es semítica, implica una inclusión universal. Las palabras “de la Alianza” nos orientan a la alianza de Moisés, en este rico mosaico teológico del relato de la institución de la Eucaristía. 
            Marcos no dice explícitamente que se trate de una “Nueva Alianza”, pero se presupone. La Muerte y Victoria de Jesús traza un puente entre las dos mesas. La escena de la cena pascual de Jesús con sus discípulos recibe un énfasis especial por la solemne conclusión que hace Jesús. Sus palabras retoman el significado simbólico de la comida, contenido en las palabras pronunciadas sobre el pan y el vino, y funde todo en una profecía final de la pasión y la resurrección.
           
2.- ¿Qué mensaje nos trae este evangelio y compromiso nos pide, hoy el Señor?
            La fiesta del Corpus nació de la devoción eucarística medieval occidental. Empezó en Lieja en 1246, pero no se impuso como fiesta hasta el siglo XIV. La motivación de esta fiesta: la refutación de la heregía de Berengario, la reparación de la negligencia al recibir el sacramento y la conmemoración de la institución de la Eucaristía. Las solemnes procesiones, que empezaron en el siglo XIII, llegaron a su apogeo en los siglos XIV-XVI con las monumentales y ostentosas custodias, las representaciones escénicas y los Autosacramentales. Se subrayó tanto la presencia real en la hostia, que se marginó la eucaristía como sacramento y como sacrificio. La hostia consagrada era una cosa para verla, no tanto para comerla. Esa época de apogéo del culto a la presencia real, en la hostia, con las Cuarenta Horas y la Adoración al Santísimo quedó marcada como una época de mayor ausencia en la comunión eucarística. El Concilo de Trento tendrá que poner: “Comulgar, al menos, una vez al año”.
            El Concilio Vaticano II al colocar la Eucaristía como sacramento, margino el culto tradicional a la eucaristía, las Cuarenta Horas, o la Adoración al Santísimo, hasta que San Juan Pablo II trató de poner las cosas en su puesto el año 2004, con la “Mane nobiscum dómine”, “Quédate con nosotros, Señor”. No podemos redicir la Eucaristía a un objeto para mirarlo y admirarlo, sino que debemos celebrarlo como sacramento de la fraternidad, con todas las exigencias que eso conlleva.
            La eucaristía es el más bello, el más profundo y más universal signo de comunidad y de fraternidad. Somos unos mil quinientos millones de cristianos que nos sentamos a la misma mesa y comemos el mismo pan. Pero este gesto de comunión se queda muchas veces en simple rito formal, sin que incida en la vida real ¿Cómo sería el mundo si este gesto de fraternidad universal lo lleváramos a la vida y a la convivencia diarías con todo su potencial de transformación?
            ¿Cómo es posible que mucha gente piadosa que frecuenta la Iglesia, que recibe con frecuencia la eucaristía, que se considera cristiana, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad o, peor aún, contribuya con sus opcionens políticas y económicas a mantener las injustas desigualdades sociales? 
            En el pan y el vino entregados está la presencia de una vida vivida como don, dada y rota por todos, que nos obliga a tomar parte en ella. El gesto que Jesús hace es un profético-simbólico, pero recoge todo lo que él ha hecho: él ha ido rompiendo el pan de su vida hasta la muerte. Ha compartido con la gente su pan, su vida, su fe en el reino del Padre. Ahora comparte su cuerpo-pan para la vida, y su sangre será el sello de la alianza que constituye en nuevo pueblo de Dios.
            Compartir la mesa es el gran símbolo de la convivencia, de la reconciliación, de la inclusión. Pero ¿cómo y con quienes compartimos el banquete de nuestra vida, a quienes sentamos a nuestra mesa: la de nuestro tiempo, nuestra amistad, nuestros bienes, a quienes excluimos y por qué? Debemos descubrir cómo crecemos como personas al incorporar, agregar, vincular a otros en nuestra vida. Debemos proyectar estrategias de inclusión, para continuar en nuestra vida diría la experiencia de ser incluidos, vinculados y agregados, que vivimos en cada eucaristía.
            “Entregar”, es un verbo que resulta extraño a nuestra cultura, en la que se conjugan sólo los contrarios: apropiarse, guardar, retener, poseer, acumular. Acostumbrados a esta lógica nos resulta difícil entrar en la lógica de la eucaristía, la celebración del compartir. Pero es precisamente eso lo que se nos invita a celebrar y a vivir: “hagan esto en recuerdo mío”. No dice meditad, escribir, reflexionad teológicamente, componed himnos, celebrad congresos, sino sencillamente “hagan esto”. Celebren y hagan presente la fuerza transformadora de la resurrección de Cristo, que celebrada en cada eucaristía nos compromete vivir la eucaristía, sacramento de la fraternidad, en la solidaridad. 
            Tragarse a Jesús parece un verbo áspero, pero nos es familiar ese verbo cuando decimos: “no trago a tal persona”. Es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar. Pero deberíamos cambiar la expresión “comulgar” por la de “tragarnos a Jesús”, para caer más en la cuenta de que “tragarnos a Jesús” significaría tragar su mentalidad, sus preferencias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar. Para que nos preparemos para “tragar a Cristo”, “tragando primero a los hermanos”. Y para “tragarnos a los hermanos” porque ya hemos “tragado a Cristo”.
            En el discurso del Pan de vida, (Jn 6,28-58) después de la invitación a “creer”, parece una palabra nueva: “comer”, “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”, destaca el realismo sacramental. Es un pasaje estrictamente eucarístico: se habla de comida y alimento. Es necesario comer y beber la carne y la sangre, que el evangelista insiste en que es verdadera comida y bebida. La eucaristía tiene pleno sentido cuando se celebra “en la fe” y “desde la fe”. Y la fe llega a su sentido pleno cuando desemboca en la eucaristía. Las dos deben conducirnos a la vida en Cristo: a “creer en Cristo”, a “comer a Cristo”, a “vivir como Cristo”.
            Por el misterio del pan eucarístico el Señor puede decirnos a cada uno: “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él”. Su vida pasa a nosotros como la savia vivificante de la vid pasa a los sarmientos. Cristo a quien comemos en la Eucaristía es el Cuerpo entregado “por”, la Sangre derramada “por”. La actitud de amor a los demás es consustancial con el sacramento que celebramos y recibimos. El amor que recibimos de Cristo es para compartirlo con los hermanos.
El sacramento de la eucaristía no se puede separar del mandamiento del amor. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados, están encarcelados o se encuentran enfermos. Las obras de caridad no son algo añadido y ocasional, sino exigencia misma del sacramento, que ha de llevar a los que comparten el pan eucarístico a compartir el pan de cada día que Dios ha puesto en su mesa. Hay que pasar de un Cristo que es pan partido a unos cristianos que, comulgando con él, aprenden a ser también ellos pan partido para los demás.
            Con frecuencia se nos queda la fraternidad en el templo. Dentro, todos somos hermanos, hijos del mismo Padre, pero al terminar la celebración nos despojamos del uniforme litúrgico, y al pisar la calle volvemos a convertirnos en empresarios y trabajadores, en personas importantes o simples ciudadanos, en explotadores y explotados. La fraternidad exige igualdad, no por lo que tenemos, sino por lo que somos. Y esa igualdad debe estar garantizada por la verdad y la justicia.
Para muchos, la fraternidad desemboca en la caridad como un medio barato y cómodo de tranquilizar la conciencia. La caridad normal no cuesta mucho, es cuestión de céntimos. Pero de la fraternidad cristiana debe brotar, como algo normal la justicia social. De justicia social nos habla el Evangelio, y a la justicia social nos compromete la celebración eucarística, sacramento de la fraternidad, como memorial de la muerte y resurrección de Cristo.
            La Eucaristía es el centro de todo en la Iglesia, como alimento y fuente de vida nueva. No existe ningún santo que no haya considerado la Eucaristía como la fuente de su santidad. La Eucaristía es el medio que Dios estableció para estar presente en nosotros y comunicarnos su vida divina.
3.- ¿Qué respuesta le voy a dar, hoy al Señor?
  • La Eucaristía dominical ¿la celebro según lo que hemos visto en este comentario?
  • La Eucaristía es la mejor y la mayor oración de la Iglesia ¿la veo y la vivo yo así?
·         El Pan de la Palabra que se reparte cada domingo, despierta en mi hambre de la eucaristía y me compromete a vivir la fraternidad en la solidaridad?
 

Autor:Felipe Mayordomo Álvarez sdb.

Sintesis: Jorge Mogrovejo Merchán
 
 

Comentario al Evangelio del Domingo 27 de marzo del 2022

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